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| 5/23/1994 12:00:00 AM

NOSTALGIAS DEL FESTIVAL

Al iniciarse la versión nùmero XXVII del Festival de la Leyenda Vallenata, SEMANA retoma fragmentos de algunos de los mejores textos que se han escrito sobre estas fiestas.

NOSTALGIAS DEL FESTIVAL NOSTALGIAS DEL FESTIVAL
DESDE 1968, CUANDO ALEJO DURAN SE CONvirtió en el primer ganador en la historia del Festival de la Leyenda Vallenata, el evento, realizado año tras año en Valledupar, no sólo ha producido las mejores canciones, parrandas y guayabos, sino también excelentes relatos sobre sus magicas fiestas. SEMANA reproduce a continuación algunos fragmentos de los màs representativos.

VALLEDUPAR, LA PARRANDA DEL SIGLO
POR GABRIEL GARCIA MARQUEZ, 1983
UN DIA de 1966 durante el Festival de Cine de Cartagena, le pedí a Rafael Escalona que me reuniera a los mejores conjuntos de música vallenata para oír todo lo que se había compuesto en los siete años en que yo había estado fuera de Colombia.
Escalona, que ya era compadre mío desde unos 12 años antes, me pidió que fuera el domingo siguiente a Aracataca adonde él llevaría la flor y nata de los compositores e intérpretes de las jornadas más recientes. El acuerdo se llevó a cabo en presencia de la muy querida amiga y periodista sagaz Gloria Pachón -que hoy es la esposa del senador Luis Carlos Galán- y ella publicó la noticia al día siguiente con un título que a todos nos tomó por sorpresa: "Gran festival vallenato el domingo en Aracataca". (...)
Aquella pachanga de Aracataca no fue el primer festival de la música vallenata -como ahora pretenden algunos- ni quienes la promovimos sin saber muy bien lo que hacíamos podemos considerarnos como sus fundadores. Pero tuvimos la buena suerte de que le inspirara a la gente de Valledupar la buena idea de crear los festivales de la leyenda vallenata. Así fue, y en 1968 se llevó a cabo el primero con todas las de la ley, y en la ciudad de Valledupar, que es la sede natural por derecho propio. El primer rey elegido fue el rey de reyes, Alejo Durán, que de ese modo le dio al certamen su verdadero tamaño histórico. Aunque ya para esa época la música vallenata empezaba a treparse por la cortina de los Andes tratando de conquistar a Bogotá, todavía no lograba conquistar el corazón de muchos fuera de su ámbito original.
En Bogotá -por los años 40- se transitía los domingos un programa de radio con música para bailar que se llamaba La Hora Costeña, y que muy pronto se convirtió en una parranda para los estudiantes caribes. Allí se tocaban el porro y la cumbia, el fandango y el mapalé, pero ni un solo vallenato. Y no solo porque los costeños sabíamos que el vallenato no era para bailar sino para escuchar, sino porque nadie de allá arriba sabía de su existencia y de su pureza. En la costa caribe, en cambio, el programa de más prestigio en esa época era una hora de canto de un hombre de Ciénaga -Guillermo Buitrago- a quien hay que reconocerle, entre otros muchos méritos, el de haber sido el primero que puso la música vallenata en el comercio. Ya Rafael Escalona, con poco más de 15 años, había hechos sus primeras canciones en el Liceo Celedón de Santa Marta, y ya se vislumbraba como uno de los herederos grandes de la tradición gloriosa de Francisco el Hombre, pero apenas si lo conocían sus compañeros de colegio. Además, los creadores e intérpretes vallenatos eran gente del campo, poetas primitivos que apenas si sabían leer y escribir, y que ignoraban por completo las leyes de la música. Tocaban de oídas el acordeón, que nadie sabía cuándo ni por dónde les había llegado, y las familias encopetadas de la región consideraban que los cantos vallenatos eran cosas de peones descalzos, y si acaso, muy buenas para entretener borrachos, pero no para entrar con la pata en el suelo en las casas decentes. De modo que el joven Rafael Escalona, cuya familia era nada menos que parienta cercana del obispo Celedón, se escandalizó con la noticia de que el muchacho compusiera canciones de jornaleros.
Fue tal el escándalo domèstico, que Escalona no se atrevió nunca a aprender a tocar el acordeón (.. .). Sin embargo, la irrupción de un bachiller en el vallenato tradicional le introdujo un ingrediente culto que ha sido decisivo en su evolución. Pero lo más grande de Escalona es haber medido con mano maestra la dosis exacta de ese ingrediente literario. Una gota de más, sin duda, habría terminado por adulterar y pervertir la música más espontánea y auténtica que se conserva en el país.
De modo que hay una prehistoria del vallenato que sus fanáticos de hoy -que son muchos, aún más allá de nuestras fronteras- apenas si han oído nombrar. Es un mundo cerrado, con un olimpo propio, cuyos dioses viven ya respirando los aires enrarecidos de la leyenda. Francisco Moscote, a quien se recuerda con el buen nombre de Francisco el Hombre porque le ganó al diablo en un duelo de acordeón, está tan implantado en la mitología popular que ahora no se sabe a ciencia cierta si en realidad existió. Pacho Rada, otro de los primitivos grandes, tenía raíces tan bien sembradas en el corazón de su pueblo, que una noche le tomaron preso en la población de Plato, pero el inspector de policía cometió el error de dejarle el acordeón en la cárcel. Pacho Rada, tal vez de puro aburrido, se puso a tocar y a cantar, y el pueblo se despertó escandalizado de que estuviera preso un hombre investido de tanta gloria, y entonces invadieron la cárcel y lo sacaron a la calle. De estos dos precursores se habla como si hubieran muerto sin edad después de haber vivido durante siglos. Uno piensa que tal vez fuera cierto cuando ve a los que todavía quedan vivos, y cuya serenidad y sabiduría hacen pensar que viven en un tiempo distinto del nuestro. Leandro Díaz es una especie de patriarca mítico. Sin embargo, a su lado no era menos mítico Emiliano Zuleta, cantando, con su voz estragada por los años y el alcohol de caña los versos magistrales de La gota fría, que para mi gusto es una canción perfecta, y por tanto, un punto de referencia que no pueden perder de vista los creadores de hoy.
(...) Fue dentro de ese ámbito místico donde transcurrió el XVI Festival de la Leyenda Vallenata, y fue por eso y por nada más por lo que tuvo la autenticidad y la resonancia que había empezado a perder en años anteriores. Un equipo de la televisiòn holandesa que registrò cada minuto de aquella parranda sin una sola tregua se llevó una impresión de la cual no alcanzarán a reponerse en mucho tiempo. No podía entender que existiera en este mundo de horrores un lugar como aquel, donde las casas no se cerraban nunca, y todo el que quería entrar a comer donde quisiera a cualquier hora del día y de la noche en que tuviera hambre y siempre encontraba una mesa servida, y todo el que tuviera sueño entraba a dormir a cualquier hora donde quisiera y siempre encontraba una hamaca colgada. Y todo eso sin un instante ni un resquicio de silencio: el espacio total estaba saturado de música.
Convencido de que aquel no era un fenómeno local sino una condiciòn propia del país, uno de los técnicos holandeses que se dejaron arrastrar por aquel torbellino anotó en su diario: "Todos los colombianos están locos". Lo cual será, por fortuna, una nota de alivio para la mala imagen que también ganada tenemos por estos días en la prensa extranjera. En síntesis: el XVI Festival de la Leyenda Vallenata ha sido una prueba más -y de las mejores- de que la cultura popular no es tan aburrida, no huele tan mal como lo creen y lo sienten los intelectuales puros. Mal de muchos, consuelo de corronchos.


GRACIAS, VALLEDUPAR
POR GONZALO ARANGO
QUERIDA CONSUELO Molina, querido Lácides Daza, queridos todos los vallenatos: aquí yo, 'El Enviado', otra vez de regreso al exilio, porque sé que mi patria está allá, entre las cuatro esquinas de Valledupar, entre los amigos que amé, y cuya amistad exhibiré orgulloso como un triunfo de mi poesía.
Fui al valle, como un pobre poeta, amargo de razones, estéril de fè, desesperado y regresé enriquecido, limpio de corazón, agotado de felicidad, fértil a la lucha. La nobleza de ese pueblo viril hechizó mi alma, y la belleza de sus mujeres me deslumbró. Ustedes ejercen la amistad como un don natural que distingue a los hombres de otros seres, y la prodigan como agua de lluvia, como la alegría candorosa de los acordeones en la fiesta del pueblo.
Estoy asombrado de cuánto los amé, pero sobre todo de cuánto me amaron. Me pregunto quién soy para merecer el raro honor de esa amistad que me dispensaron sin medida, tan entrañablemente. (...) Ustedes no ignoran que todo lo que soy y poseo es un humilde valor de poeta enamorado de la vida, la naturaleza, el espíritu, las causas de los hombres y sus luchas. Entonces, ¿qué podría ofrecer yo en gratitud de lo que recibí, como no sea mi fidelidad a honrar la grandeza humana de esos recuerdos? (...)
Cuando mi alma me dé vacaciones, ya sé el camino y el santo y seña que abre el sésamo de los mundos de la hospitalidad vallenata. No es un secreto ni un enigma para nadie: basta decir Amigo, y serlo, para entrar en el reino de los elegidos, sin más identidad ni méritos que ser sencillo de alma y tener un corazòn alegre.
La frase "deshacer los pasos" carece de sentido metafísico para mí, si esa es la vía para viajar al más allá. Mi espíritu errante no borrará esas huellas que mi corazón sembró, a pie limpio por los caminos de piedra y algodón, rutas en que cada paso conquistaba una leyenda, un imperio arruinado, o cinco siglos de arte.
Yo, si muero, no desharé nada de mi aventura; que la deshaga la lluvia o el óxido. Me iré resignado por el sendero del eterno retorno que conduce al cielo, y pediré asilo en Valledupar, en el cuarto de San Alejo con los gatos del doctor Molina, o en el patio de Sarita Socarrás con los 724 loritos que cantan en el mango por la mañana. Allí me contentaré como Melquiades viendo pasar los siglos sobre los tejados de Macondo, tratando de inventar otra vez la vida para enseñar a los hombres el prodigio maravilloso de estar sobre la tierra del imán y del sol. (... )

VALLEDUPAR, CAPITAL MUNDIAL DEL VALLENATO
POR JUAN GOSSAIN, 26 DE ABRIL DE 1971
CUENTA LA leyenda vallenata que el 27 de abril de 1576, el conquistador español García Gutiérrez de Mendoza visitaba los campamentos y hatos del cacique Uniaymo, con la intención especial de recoger el estipendio de ganados y vituallas con que los súbditos sojuzgados proveían las despensas del reino ultramarino, el rancho de la tropa y la mesa de los oficiales.
Mientras la tropa volteaba grupas de un caserío a otro, llenando sus alforjas, el sol arreciaba sobre los territorios del Valle de Upari y los filos de la serranía y hacía reverberar las aguas hirvientes de la laguna Sicarare. Faltaba ya poco para que el recorrido de los alcabaleros reales finalizara en los últimos bohíos y la soldadesca deshiciera el camino reandando de regreso los vecindarios de la ciudad de los Santos Reyes. Pero antes de que doblaran el recodo de Atánquez, un mozalbete nativo que servía de estafeta a Gutiérrez de Mendoza, (...) aprovechó un descuido de los soldados para fugarse entre los potreros y volver a la ranchería de su tribu Tupe.
Refirió entonces (...) todas las atrocidades que el conquistador blanco cometía contra los aborígenes, y relató los pormenores de un implacable castigo con azotes que habían propinado a la india Francisca.
Enfurecido por la narración de los desmanes hispánicos, el cacique de los Tupes se unió al Coroponiaimo, que vivía con su pueblo en otro lugar de la Serranía, y junto con el Chimila Curuniaimo organizaron una diabólica emboscada a las tropas que regresaban de la recolección.
Aguardaron a que los hombres blancos cargados de bastimentos pasaran al frente de los paralelos del camino, y entre gritos de guerra y clamores de venganza se lanzaron sobre ellos. (...) Quedaron muertos todos, incluido el comandante Gutiérrez de Mendoza, con la excepción de uno que llamaban Peñalosa, y el cual pudo llegar mal herido a la población, y todavía sangrante contó la desdichada historia de sus compañeros, de modo que los habitantes de la ciudad de los Santos Reyes pudiera malamente prevenirse del ataque de los guerreros indígenas. Porque al fin y al cabo la turba mulata enfurecida de los aborígenes se precipitó sobre ella la noche del 28 de abril. (...). Es entonces cuando, según el relato de los cronistas de la época, la Virgen del Rosario se apareció entre la furiosa gritería de los indios, vestida como una mujer hermosa y resplandeciente, y cubierta por un hálito más esplendoroso que el de las llamas del incendio. Y se dice que detuvo las flechas envenenadas y que apaciguó la candela con sus propias manos.
(...)
El cacique Coroponiaimo, altivo y belicoso, decidió combatir también contra los prodigios y ordenó a sus súbditos que envenenaran con la hierba maldita del barbasco las aguas de la laguna, en previsión de que los españoles que los perseguían a campo raso bebieran en ellas, como en efecto sucedió al ejército y a las bestias que comandaba el capitán Antonio Suárez de Flòrez. Y fue por las primeras horas del 29 de abril, cuando los soldados de la hispanidad fueron muriendo poco a poco, junto con sus caballos que abrevaban, al pie de la laguna Sicarare, oportunidad que quisieron aprovechar los indígenas que se escondian entre los arbustos para luego rematar a los enemigos fallecientes. Pero cuando el cacique y sus hombres salían de la espesura apareció otra vez flotando por encima del viento y la sabana, transparente en un lugar indefinible del vacío, la misma mujer hermosa que había apagado las llamas en el Valle de Upari. Tocando con el báculo de oro que llevaba en la diestra a los moribundos, les devolvió la vida ante la mirada atónita de nativos que fueron hechos prisioneros, y conducidos como rebeldes alzados en armas contra la soberanía del rey a los calabozos de la ciudad, donde se les trató como a insurgentes.
***
El relato histórico, como el mismo periodista lo estima, es la efemérides que se conmemora en la ciudad de Valledupar, como rito religioso y reconocimiento al valor indígena escenificado en la Sabana de Sicarare.


GUAYABO POR VALLEDUPAR
POR ENRIQUE SANTOS CALDERON, JUNIO DE 1983
CUATRO DIAS de ininterrumpida parranda vallenata es lo más cerca que se puede estar de la felicidad en este Macondo del Sagrado Corazón, donde la ficción cojea tan lastimosamente tras la realidad. Y si hay algùn lugar en el que a cada instante se comprueba que García Márquez es un pobre notario sin imaginación (definición suya, por supuesto) es en Valledupar, durante el Festival de la Leyenda Vallenata.
Desde el recibimiento apoteósico y totalmente espontáneo al premio Nobel -en un aeropuerto donde revoloteaban mariposas amarillas que nadie había llevado-, hasta esa noche final en la tarima de la Plaza Alfonso López con la gente colgada de los árboles, con finalistas que habían olvidado sus guacharacas y se las pedían prestadas al público, con un ganador que tocó con acordeón ajeno, todo parecía irreal y mágico cuando era perfectamente normal y casi previsible.
Hay que saber de vallenato y sobre todo saberlo gozar para apreciar en toda su profundidad la riqueza creativa, el calor humano y la fuerza cultural de un Festival que concentra lo mejor del más auténtico y vivo de nuestros géneros musicales. Para captar su alucinante dimensión surrealista que solo se abre ante los ojos de quienes comprenden que por fortuna aquí no hay racionalismos paramunos ni pedanterías salsómanas que valgan.(...)
Para el autor de ese vallenato de 350 páginas que lleva el título de Cien años de soledad (definición suya, por supuesto), el regreso al Festival que él contribuyó a lanzar hace 16 años con Alvaro Cepeda Samudio, fue emocionante pero poco sorprendente. Nos alojamos junto con otros invitados especiales, en casa de Alvaro Araújo, uno de los ejes vitales del Festival, donde los primeros ritmos de caja, guacharaca y acordeón arrancaban hacia las diez de la mañana -porque la cosa comienza al desayuno, o termina, al final no se sabe bien- y que a lo largo de las diez o doce horas de paseos, merengues y piquerías, la hipnótica maratón de conjuntos y cantantes, era invadida por toda clase de gente que exigía retratarse con Gabito, o pedirle que firmara un libro o un recibo de farmacia (...). "Esto es lo que siempre he tratado de describir", me decía cada vez que recibíamos algún golpe macondiano.
El premio Nobel fue motivo de alborozo pero no la atracción central del Festival. Aquí la cosa es en serio y gira alrededor de la rigurosa competencia entre conjuntos de todas las edades y categorías, en una eliminatoria de cuatro días que comienza a las 10 de la mañana, termina al atardecer y cuenta con la presencia y estímulo permanentes de la gente.
(...) Bastaba ver los nudos humanos que rodeaban los quioscos donde se competía, comentando que fulanito tocaba mal el bajo o estallando en aplausos ante una puya bien ejecutada. Bastaba pasar por la Casa de la Cultura durante las eliminatorias de piquerìa o canción inédita y verla colmada de público que escuchaba a jóvenes trovadores quinceañeros o ancianos campesinos que improvisaban versos al son de prehistóricos acordeones remendados con alambre. Había que ver, en fin, ese mar de personas que la noche de la final colmó la plaza desde las cuatro de la tarde y que sin moverse, pero rechiflando lo malo y alabando lo bueno, escuchó hasta media noche a todos los conjuntos finalistas.
Lo que contó Daniel Samper sobre la cuenta de hotel de 1953 por 67,50 pesos que le presentó Víctor Cohen a García Márquez en casa de Edgardo Maya fue apenas uno de los innumerables toques de realismo mágico de esos días. Como oír a Poncho Cotes, el viejo, recitar sin titubear las primeras cinco páginas de Cien años de soledad. Como ver la fantasmagórica procesión del Sagrado Corazón que en medio de la rumba colectiva atravesaba solitaria las calles al compás de un extraño y pagano pasodoble. (...) O como dejarse llevar por el embrujo del Patillal, ese legendario pueblito al borde de la Sierra que vio nacer a Rafael Escalona y morir, tan prematuramente, a Freddy Molina.
Para mantenerse vivo, atento y despierto durante 100 horas de Festival se requieren dosis continuas de tres cosas esenciales: sancocho de chivo, whisky y acordeón. Ah, y mamadera de gallo. También intensa y continua. Que, como bien decía ese insigne e inolvidable mamador de gallo que fue Alvaro Cepeda, es la única forma de hablar en serio. (...)
Pese a las dificultades económicas, el Festival de este año tuvo un auténtico relanzamiento y terminó en medio de un entusiasmo que asegura el éxito del entrante. Y, por parte de quienes tuvimos que abandonar el Cesar, en medio de un guayabo que no es solamente físico sino sobre todo sentimental, aterrizar en Bogotá es pasar del realismo fantástico a la dura realidad. Pero queda por fortuna la ilusión del que viene. Porque en estos casos no queda más remedio que volverse como Pacho Herrera, ese apasionado y sectario vallenatólogo bogotano (en el vallenato la pasión sectaria no es solo necesaria sino saludable), que ha asistido a 12 festivales. Y que no cesa de lamentarse de los cuatro que se perdió.

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