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| 8/15/1988 12:00:00 AM

OJO POR OJO

¿Quién está detrás de la sangrienta guerra entre los carteles de la mafia colombiana?

OJO POR OJO, Sección Nación, edición 324, Aug 15 1988 OJO POR OJO
Hasta el pasado lunes 12 de julio, la tan nombrada, pero oscura, guerra entre los carteles de Cali y Medellín, había sido exactamente eso: un hecho sobre el cual el país venía especulando insistentemente, pero sin mucha seguridad. Además, con ese ingrediente de misterio, y hasta de leyenda, que suele acompañar toda referencia a lo que ocurre en las entrañas de la mafia.
Había sí, serios indicios que, concatenados, de alguna manera la confirmaban: el atrevido y violento atentado dinamitero contra el edificio Mónaco, residencia del hasta entonces intocable Pablo Escobar Gaviria; reveladores documentos escritos y audiovisuales hallados en una de las fortalezas del Cartel de Medellín tras un allanamiento de las tropas de la IV Brigada; algunos informes en la prensa norteamericana que le atribuyen la inusitada escalada de violencia desatada desde principios del año por residentes latinos en las calles de Nueva York; la confiscación de cuantiosos cargamentos de droga como resultado de la delación de un Cartel al otro y, por supuesto, los asesinatos en Colombia, sobre todo en Medellín, de personajes reconocidos como "peces gordos". Todo esto haciendo parte de un escenario digno de las mejores páginas de Mario Puzo. Sin embargo, estos crímenes de Medellín, al menos para la opinión pública, no tuvieron una marca especial que los asimilara a una guerra declarada entre los Carteles. Desde que esta ciudad se convirtió en centro mundial del narcotráfico, a finales de la década pasada, sus calles han visto caer asesinados a centenares de "peces" de todos los tamaños. Así que los más recientes perfectamente podían caer en el mismo saco.
Pero el 12 de julio, cuando aparecieron destrozados a balazos los cuerpos de 5 ex militares en las afueras de la ciudad, algo pareció cambiar. A su lado, una cartulina escrita a mano decía: "Miembros del Cartel de Cali ejecutados por intentar atentar contra personas de Medellín". Era, pues, el primer parte "oficial" de esta guerra y esos muertos eran los primeros que públicamente uno de los bandos parecía reconocer, indicando que esta vez la cosa va en serio.

SECUESTRO AL AMANECER
El macabro desenlace había tenido su primer episodio 18 días antes, la madrugada del 23 de junio, cuando un anónimo comando, integrado por unos 15 hombres armados con fusiles R-15, subametralladoras y revólveres ,algunos vestidos con prendas militares, llegó hasta un edificio de apartamentos ubicado en el barrio Simón Bolívar, al occidente de Medellín. Los celadores del sector los vieron llegar las 4 de la mañana, a bordo de dos camperos Toyota, un Renault 21 y otro 18. Varios entraron al edificio pretextando realizar un allanamiento oficial. Al cabo de 5 minutos, se les vio sacar a empellones a 5 hombres. Los subieron a los vehículos y se fueron.
Una hora y media después, al otro extremo de la ciudad, en el barrio El Poblado, los mismos hombres, en los mismos vehículos y con las mismas armas, incursionaron en un lujoso edificio de apartamentos, llamado "El Futuro", ubicado sobre la Avenida Las Vegas. Llegaron preguntando por Hernando Mejía Uribe, un comerciante cuyos negocios a la luz pública están vinculados a la compra y venta de carros. Los hombres no sabían en cuál apartamento vivía y procedieron a abrir a la fuerza uno por uno hasta llegar al suyo, el 401. Pero para ese momento Mejía Uribe se había logrado descolgar en piyama por los balcones de la parte posterior del edificio. Los pistoleros optaron entonces por llevarse como rehén a la señora Emma Posada de Mejía, su esposa. Media hora después, los vecinos vieron entrar de nuevo a Mejía Uribe en paños menores. Sacó a sus tres hijos y con ellos abordó un automóvil Mercedes Benz de su propiedad. Testigos le oyeron decir, iracundo, que se iba para Cali a armar la guerra desde allá.
Para las autoridades, estos dos sucesos fueron un misterio durante varios días. Los presentaron como hechos atribuibles a vendetas entre narcotraficantes. De los 5 hombres secuestrados no se sabía ni siquiera la identidad . Los vecinos del edificio de donde fueron sacados no dijeron mayor cosa de ellos. No conocían sus identidades, estaban recién instalados allí y, por su acento, no eran de Medellín.
Del caso no se volvió a hablar hasta el lunes 27 de junio por la tarde, cuando a varios medios de comunicación de la ciudad llegaron sendos sobres sin remitente. En otro sobre interior los periodistas encontraron las fotografías de 6 hombres y una nota escrita de afán, a máquina, por alguien que se identificaba sólo como "un ciudadano común y corriente", que informaba que esas personas estaban retenidas por ser integrantes del Cartel de Cali y tratar de atentar contra gentes de Medellín. Lo que más llamó la atención fue que en cinco de las fotografías los hombres aparecían con uniforme militar: eran copias de sus carnés oficiales. Estaban identificados con sus nombres y su respectivo grado: un teniente y 4 suboficiales. El sexto era un civil, Hernando Mejía Uribe, el mismo que se había salvado de ser secuestrado. Este detalle, a pesar de ser confuso, remitía inmediatamente a lo ocurrido cuatro días antes en el barrio Simón Bolívar: los militares de las fotos eran los mismos que habían sido secuestrados, se pensó.
Considerando la gravedad de la implicación a la institución militar y la misma oscuridad del hecho, la prensa no le dio mucho despliegue al asunto, hasta diez días después, cuando los cuerpos de los 5 uniformados de las fotos aparecieron cruelmente acribillados, en una cuneta de la carretera a San Pedro, a 9 kilómetros de Medellín. El inspector que diligenció el levantamiento de los cadáveres encontró en el sitio 150 vainillas de fusiles R1-5, pistolas 9 milímetros y revólveres 38 largo. Por versiones de campesinos del sector, el quíntuple crimen se cometió a las 5:30 de la mañana. Los cuerpos tenían los ojos vendados, y esposas y cabuyas en las manos y los pies. Ese mismo día se confirmó que correspondian a los cinco secuestrados, y el comando del Ejército aclaró pronto la condición de las víctimas: se trataba de ex miembros de la institución, 4 retirados por voluntad propia y el otro por irregularidades en el servicio. Fueron identificados como el teniente Oscar Mauricio Bedoya Flórez, 28 años, de Bucaramanga, retirado voluntariamente en marzo de 1987; sargento primero Julio Bolivar Narváez, 42 años, quindiano, separado en junio del 87; sargento primero Gustavo Bedoya Herrera, 41 años, a quien se le aceptó el retiro en julio del 84; cabo Javier Rodríguez, 37 años, del Tolima, retirado por su voluntad en febrero del 83, y el cabo Luis Caicedo Cotes, 35 años, retirado del servicio por incapacidad profesional en octubre pasado. Al día siguiente sus cadáveres fueron trasladados a Cali.Sus familiares no vinieron a recogerlos: encargaron para ello al dependiente de una funeraria de esa capital. La señora Botero de Mejía sigue desaparecida.

EL PROBABLE ITINERARIO DE LA GUERRA
Si el crimen múltiple de los ex militares constituye el episodio más elocuente de la ya famosa guerra entre los Carteles, no es, sin embargo, el único con trazos evidentes de hacer parte de ella. Si se ubica el origen del conflicto hacia finales del año pasado, y en eso parece coincidir toda la precaria información de que se dispone, a raíz de la intromisión del Cartel de Medellín en los negocios de la cocaína en Nueva York, plaza reservada desde el principio al Cartel de Cali, con todo lo que eso significa en millones de dólares, hay que señalar como la primera víctima de peso caída en la guerra, a Rafael Cardona, "Rafito", considerado el brazo armado y el estratega bélico del Cartel de Medellín. Fue acribillado en su propia oficina de Envigado junto con su secretaria el 4 de diciembre del año pasado, tras un impresionante operativo tipo comando que dejó sin ninguna opción a su guardia personal.
Le siguió la masacre de la familia Meza, en Envigado: 8 de sus miembros fueron sacados de una residencia. Esta familia tenía lazos de consanguinidad con "Juangui", el más famoso sicario que ha tenido el Carte de Medellín. Al lado suyo, dicen los que le conocieron, los "Priscos" eran unos querubines.
Vino después, el 13 de febrero, lo que pudo haber sido la chispa del recrudecimiento de la guerra: el atentado contra el edificio Mónaco, residencia personal de Pablo Escobar y de su esposa. El objetivo de ese lance según el general Jaime Ruiz Barrera, comandante de la IV Brigada, era matar al jefe del Cartel de Medellín.
Después de este incidente, las cabezas del Cartel de Medellín trasladaron su acción al Valle. La información de las autoridades y de fuentes generalmente bien enteradas sobre el asunto, asegura que, sin escatimar dinero ,hombres ni armas, compraron extensas propiedades rurales y urbanas, algunas al lado de las de los capos de Cali. Se dice que el propio Pablo Escobar estuvo dirigiendo esa operación, según se infiere de lo encontrado en una de esas residencias allanadas por la policía, en la cual se hallaron indicios de una reunión de "la pesada". Sin embargo, al parecer ese cerco no pasó de ser un hostigamiento que no tuvo mayores consecuencias. Eso es lo que aseguró el comandante de la Policía Valle, coronel Carlos de la Torre Alarcón, quien, basado en investigaciones, dijo que ni en esos días ni en los recientes, la sonada guerra entre los Carteles ha tenido como escenario al departamento del Valle. El único incidente que se puede asociar a la confrontación fue el asesinato, el 22 de abril, de Nicolás Duque Duque, cometido por sicarios en moto. Al allanar el sitio donde este individuo se alojaba, la policía encontró un arsenal de 8 fusiles R-15. Se dijo que era un emisario del Cartel de Medellín. Ese mismo día fue secuestrado en Pereira, aparentemente por orden de Pablo Escobar, un lugarteniente de la mafia caleña.

El 2 de mayo tuvo lugar, en la Florida, EE.UU., lo que quienes han seguido de cerca los pormenores de la guerra creen que es el golpe más contundente que el Cartel de Medellín le ha asestado al de Cali en lo que a dólares se refiere: la captura del más grande cargamento de cocaína en la historia de las confiscaciones en ese país: 4.4 toneladas. Con él, cayó detenido Mike Tsalickis, un aventurero griego nacionalizado en Estados Unidos, con probados vinculos con la mafia caleña, según las autoridades. La DEA le venía siguiendo el rastro desde 1984, cuando su nombre apareció en la libreta personal de Gilberto Rodríguez Orejuela, cuando éste fue capturado por la policía española en ese año. La cocaína venía camuflada en un cargamento de madera enviado desde Leticia, donde este griego tenía un bien montado feudo para sus operaciones ilegales. La DEA descubrió el cargamento gracias a una delación anónima colocada en el correo desde Cali, pero muy seguramente no por alguien del Cartel de esa ciudad.
Otras víctimas que se pueden cargar a la cuenta de la guerra entre Carteles, fueron los tres hombres cuyos cadáveres aparecieron acribillados en el basurero de Itagui el 23 de mayo:
Eduardo León Mejía Chica, Gustavo Adolfo Garcia y José Silvio Toro Rojas, este último ex mayor del Ejército. Dos semanas después un escuadrón armado sacó del céntrico Hotel Amarú de Medellín al dirigente deportivo y reconocido narcotraficante, Octavio Piedrahita. Apareció muerto en descampado al día siguiente, junto con dos de sus guardaespaldas. No se descarta que este crimen tenga origen en viejas cuentas pendientes distintas a las que han originado la guerra de los Carteles. Por su vida nadie daba nada. Se había salvado de dos atentados el año pasado.
Es conocida la alianza entre los mafiosos pereiranos y los de Cali. Por eso se atribuye al Cartel de Medellín el crimen de José de Jesús Vallejo Lopera y de Hernando Sierra Echeverri, dos narcotraficantes de Pereira cuyos cadáveres fueron encontrados dentro de un vehículo e Envigado el 15 de junio. El segundo había sido hace años gerente del Instituto de Crédito Territorial en esa ciudad y ambos tenían millonarias propiedades en Risaralda.
Ocho días después del secuestro de los 5 ex militares, tuvo lugar en una lujosa zona residencial en Envigado el secuestro múltiple de otras cuatro personas, en idénticas circunstancias . Hombres vestidos con prendas militares, con fusiles R-15 y en vehículos costosos, a las 3 de la tarde del 1° de julio irrumpieron en la Unidad Residencial Santa Bárbara y se llevaron a Carlos Alberto Tobón Campos, William Guillermo López, Hernando Arias y a otro no identificado, de quien se dijo es un comerciante de Buga. Estos siguen desaparecidos.
Pero el dato que mejor puede calibrar la dimensión de la llamada guerra de Carteles, apareció en e] diario La Prensa, periódico editado en español en Nueva York. En su edición del 27 de junio, dio cuenta de que Gonzalo Rodríguez Gacha, "El Mexicano" convertido en el brazo armado y hombre duro del Cartel de Medellín, había llegado a Estados Unidos para participar en una cumbre con sus socios de Bogotá, Putumayo y el Brasil, con el objetivo de preparar una estrategia de guerra total contra el Cartel de Cali. Mencionaba el artículo, el lío por el control del mercado de Nueva York y la supuesta negativa de los Rodríguez Orejuela a cumplir con sus compromisos en gastos de transporte, sobornos y lavado de dólares. Según el diario, en desarrollo de esas desaveniencias, en las calles de Estados Unidos habían muerto acribillados cien colombianos en lo que va corrido del año. Esa nota periodística echó al traste dicha reunión, que debía cumplirse ese mismo día en Atlantic City, aprovechando la congestión provocada por la pelea entre los boxeadores Tyson y Spinks. Claro que algunas fuentes afirman que este episodio no fue más que una fantasía del periódico latino de Nueva York. Según algunos contactos hechos por SEMANA en Bogotá y Medellín, "El Mexicano", al igual que la familia Ochoa, los socios de Escobar en el Cartel de Medellín, se han abstenido de intervenir en la guerra, que Escobar estaría librando solo contra el Cartel de Cali.
Pero, ¿quiénes encabezan entonces el Cartel de Cali? Sobre ese punto, todas las fuentes coinciden en señalar a un tal Pacho Herrera socio de José Santacruz Londoño, viejo cabecilla del Cartel de Cali y quien según una publicación de New York Times a mediados de 1986, controlaba el 70% de la distribución mayorista de cocaína en el área de Nueva York. Quienes lo conocen, definen a Herrera como un hombre culto, que habla varios idiomas y que hasta la captura de Tsalickis, habría estado liderando la exportación de cocaína de Colombia a Estados Unidos. El y Santacruz habrían sido los grandes perjudicados con la supuesta intromisión de Escobar en las redes neoyorquinas, razón por la cual habrían decidido vengarse golpeando su organización en las propias calles de Medellín.

LAS SORPRESAS DE LA "OPERACION CRISOL"
Todo lo anterior no sería más que una discutible versión, sino fuera por los resultados de los análisis hechos al conjunto del material encontrado hace algunos meses por los hombres del general Jaime Ruiz Barrera durante la llamada "Operación Crisol", en la, que habría estado a punto de caer el propio Pablo Escobar.
En la residencia de un hombre de confianza de los capos del Cartel de Medellín, de apellido Escobar y apodado "El poeta", se encontraron los primeros documentos que le darían piso de credibilidad a los inciertos rumores sobre la guerra entre las mafias. Se hallaron dos cartas cruzadas entre Medellín y Cali, fechadas en febrero. Una relataba los episodios más significativos que hasta ese momento había tenido la confrontación y la otra contenía un ambiguo llamado de reconciliación y ultimátum. No tenía remitente, pero por el tono provenía de uno de los capos del Cartel de Cali, quien reprochaba con energía el seguimiento y la vigilancia montada contra su organización por la gente de Medellín, por Pablo Escobar concretamente; mencionaba su descarada intromisión en el mercado de la cocaína en Nueva York y terminaba con un párrafo del siguiente tenor:"Sobre la mesa se arreglan los problemas, que pudieran llevarnos a una confrontación inocua y con resultados fatales para nosotros, nuestros negocios y nuestras familias. Yo trataré de evitar a toda costa un enfrentamiento. Pero si las circunstancias son adversas, estaré dispuesto a enfrentar lo que sea y llevarlo hasta sus últimas consecuencias". En la posdata afirmaba no tener conocimiento sobre dos supuestos hombres enviados a Medellín para matar a Pablo Escobar.
Se encontró igualmente un casete con una conversación entre Pablo Escobar y Ever Villegas Quintero, su jefe de seguridad, que antaño había sido mayor del Ejército. Este le solicitaba dinero para terminar un "trabajo" iniciado en Pereira contra unos particulares. Y el país pudo ver por la televisión el video que mostraba el seguimiento que gente del Cartel de Medellín había hecho a las propiedades y residencias de los jefes de la mafia de Cali. Ya no quedaba duda de la guerra.

UNA PIEDRA EN LA BOTA DEL GENERAL
La "Operación Crisol" trajo consigo también otra desconcertante sorpresa. El general Jaime Ruiz Barrera, comandante de la IV Brigada, fue acusado ante la Procuraduría General de la Nación de estar involucrado con un sector de la mafia. Precisamente él, que para muchos a sido el único militar que al frente de su tropa, ha golpeado duro y donde más le duele a Pablo Escobar y sus hombres. El mismo se apresuró a solicitar una investigación al respecto y el pasado viernes fue absuelto de todo cargo. Se sacó asi esa incómoda piedra de la bota. Le restó toda importancia al incidente, lo consideró como parte de la campaña de despretigio contra la brigada como respuesta a la "Operación Crisol".
La posición frente a la llamada "guerra de carteles" es inflexible y no es distinta, según él, de la que le impone la Constitución Nacional. "Este es un país de leyes. La autoridad no se puede poner de espectadora porque se nos desbarajusta el Estado", dijo a SEMANA. Sin embargo, el haber hecho públicos los planes de agresión del Cartel de Medellín contra el de Cali, lo incluye en la lista de logros de la "Operación Crisol", pues ello contribuyó a enconar sus diferencias y los ha hecho más vulnerables a la acción militar.
Según su análisis, los otros logros son: lesionó seriamente la estructura delictiva del Cartel de Medellín y sus cabecillas están ahora en desbandada; limitó el contacto entre la producción y la comercialización del alcaloide; perdió importantes zonas e infraestructura de producción, como laboratorios, plantios, pistas clandestinas y residencias, y finalmente, significó un severo golpe económico, pues no es sino evaluar las 6 y media toneladas de pasta de coca y cocaína decomisadas, las armas, los vehículos, las 28 avionetas y otros enseres.
Sin embargo, los golpes al Cartel de Medellín por parte de la IV Brigada no han ido acompañados por golpes similares de las autoridades militares del Valle del Cauca. Eso es lo que, según las fuentes, ha hecho pensar a Escobar y a sus hombres, que están siendo víctimas de una represión selectiva, y que los del Cartel de Cali están gozando de una generosa protección.
Como puede verse, a pesar de lo mucho que se ha avanzado en la recopilación y análisis de la información disponible sobre la guerra de los Carteles de Cali y Medellín, o, como lo prefieren algunas fuentes, sobre la guerra del Cartel de Cali contra Pablo Escobar, todavía no se tienen a la mano todas las piezas del rompecabezas. Hay incluso algunos conocedores que consideran que buena parte de la guerra está siendo alentada por falsas informaciones divulgadas a uno y otro bando por los llamados "gatilleros" o "ferreteros", o sea, los jefes e integrantes de las bandas de sicarios. Para ellos, el negocio consistiría en enemistar a unos y otros con el fin de obtener los jugosos contratos que se pactan cuando de mandar a matar a alguien se trata. Nada es descartable, ni siquiera lo que afirman otras fuentes según las cuales las partes están buscando mediadores y tratando de llevar a cabo algunos contactos para firmar la paz. Lo único claro es que esta guerra interna de la mafia colombiana le ha hecho más daño que todas las guerras que los distintos gobiernos le han declarado desde que la historia del narcotráfico comenzó en Colombia.

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