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| 10/15/2001 12:00:00 AM

Otra noticia de las Torres Gemelas

Oscar Osorio un escritor y profesor de literatura, cuenta como fue estar en la isla de Manhattan durante el día más tenebroso de su historia.

Otra noticia de las Torres Gemelas Otra noticia de las Torres Gemelas
A las 10: 30 a.m. mi corazón se aplastó de aire usado. Acostumbrados como estamos los colombianos a las razones de la muerte, me faltó la respiración cuando me entró un e-mail de mi esposa diciéndome que se encontraba terriblemente asustada, que por favor me comunicara con ella. En lo primero que pensé fue en mis hijos, en que los dientes filosos de esta terrible violencia que padecemos los hubiera alcanzado a ellos: sentí un duro desaliento de sangre que se arruga; luego imaginé a mis padres y al resto de la familia. El mensaje era realmente escueto: "estoy terriblemente preocupada, por favor, comunícate".

Inmediatamente le envié un mensaje: "¿Qué pasa? Aclárame lo que ha ocurrido". Pasaron cinco minutos y ella no aparecía en mi messenger service. Fueron cinco minutos en los que las especulaciones me ensombrecieron, cinco minutos que se estiraron larga y perezosamente en el pecho: Al dolor de la ausencia se sumaba el aleteo de la desgracia. Mi corazón se empolvó en esos cinco minutos, se deshilachó, como si hubiese estado olvidado por generaciones en los viejos tibungos de la abuela.

Al fin, apareció una ventanita en mi computador anunciándome la entrada de Julieta en la red. Regresó el desconcierto del aire, su perplejidad. Fui al mensaje: "Estamos muy preocupados por lo de las Torres Gemelas, pensé que te había ocurrido algo". "Dios mío, casi me matas del susto", tipeé rápidamente; "no sé de que me estás hablando", insistí, recuperando el aliento. "Pues las noticias aquí son terribles, dicen que se estrelló un avión contra las Torres Gemelas y otro contra El Pentágono, que en Estados Unidos hay un caos tremendo, y como tú estudias relativamente cerca yo pensé…". "No, yo no escuché nada, yo estoy encerrado en este edificio desde las 8 a.m. y no me he enterado de nada", le respondí reconfortándola. Intercambiamos dos o tres frases más y nos despedimos.

Ya estaba recuperado. Mi familia estaba bien en Colombia y, bueno, con tanta sangre que habita mi memoria desde que me especializo en leer literatura de la violencia en Colombia y con la diaria dosis de sangre en los diarios y noticieros colombianos, no me demudaban unos accidentes aéreos, aunque sí los lamentaba, por supuesto.

Me metí a los diarios de internet y ahí estaba la noticia, y no se trataba de unos accidentes sino de terrorismo contra Estados Unidos, contra sus símbolos más preciados: Torres Gemelas, El Pentágono y, seguramente, otro avión tenía como destino la Casa Blanca. Una nueva preocupación me nubló: esto podía continuar, un ataque tan exitoso y tan temerario posiblemente tuviese su continuación. Cerré rápidamente mi computador y salí a la calle.

La 5a. Avenida estaba repleta de gente que avanzaba hacia las Torres Gemelas y que contemplaba el espeso matrimonio de humo y polvo. Me fijé en sus rostros, en ninguno, tengo que decirlo, se adivinaba la tragedia. En Empire State Building había sido evacuado, y a partir de allí, la 5a. avenida se cerraba para el paso de vehículos. Nadie podía evitar mirar la amenazante asta en la azotea del Empire State, yo tampoco; y creo que a todos nos cruzaba simultáneamente el mismo pensamiento.

Caminé tres cuadras hacia las Torres Gemelas, pero perdí ánimo: la multitud, la larga caminata de 30 ó 40 cuadras, la clase de la tarde que no había terminado de preparar. Decidí regresar. Miré el reloj, eran las 11:30 a.m. Entré a McDonalds y ordené mi acostumbrada hamburguesa, esta vez un poco más temprano.

Caminé la media cuadra hasta la univesidad y me interné de nuevo en la biblioteca, en el sótano. Miré de nuevo el internet, repasé la noticia y volví a mi trabajo. Retomé la lectura de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de Bartolomé de las Casas. Pensé en las atrocidades del imperio y en la larga y vieja cadena de dolores que nos esclaviza desde entonces. Mi imaginación tendía puentes.

A las 2 p.m. cerraron el edificio, imagino que era un mal agüero la riegosa vecindad del Empire Stated Building. Nos avisaron que los túneles y los puentes estaban cerrados y que no estaban funcionando todas las líneas del subway. Salí a la calle de nuevo. El sol abrasaba goloso, caminé hacia la parada de la 5a. Avenida, con la esperanza de que el tren 7 estuviera funcionando. The Public Library of New York estaba cerrada, en soledad sus dos leones de piedra mantenían la inútil vigilancia. Un hombre de unos 50 años se enflaquecía en su cigarrillo a los pies de un león enmohecido, sus ropas sucias, su pelo ceboso, sus ojos ennubecidos hacia el cielo y su tremenda y costrosa sonrisa le disolvían el dolor de los aviones.

Bajé las escaleras. El calor en la estación del subway era fatigante, y la espera tensa. Regresé a casa, releyendo en el vagón Redoble por Rancas, de Scorza, "la crónica exasperantemente real de la lucha solitaria llevada a cabo, entre 1950 y 1962, por los campesinos de los Andes Centrales contra los grandes propietarios peruanos y los intereses imperialistas de la Cerro de Pasco Corporation", según reza en la contracarátula. Mi imaginación tendía lazos.

Al llegar a casa, mi primo me privó con la noticia: "Las Torres Gemelas se cayeron, donde estaban ya no hay nada". Mis oídos acostumbrados a las barbaries de la guerra en Colombia se desvanecieron en una sorda incredulidad: 220 pisos llenos de personas. "No puede ser, Dios mío", y subí corriendo a ver la noticia. Mis ojos se enfriaron con las imágenes que recorrían el mundo: el avión embistiendo, personas manoteando en un interminable aullido de 90 pisos, las torres desplomándose, las montañas de polvo… No pude pararme en toda la tarde, una y otra vez repetía las escenas. La tragedia se fue dimensionando, engarzándose trabajosamente en la conciencia: toda la maldad, todo el dolor, toda la muerte.

En la noche traté de llamar a mi esposa en Cali, pero no hubo comunicación. Repetí las imágenes y me acosté. Dormí, debo confesarlo, sin mayores trabajos. Hoy he madrugado a cumplir con mis clases (pues no se han cerrado las universidades de CUNY) pero no hubo suficientes estudiantes, y tampoco tenía ánimo para dar la clase. La cancelé. De regreso a Manhatan pude ver en las desiertas estaciones del subway cercanas a World Trade Center pequeños montículos de polvo y papel que atestiguaban la desgracia.

Ahora, en la comodidad de mi oficina, me ocupo en leer la enorme lista de mensajes que me llegan por e-mail y no puedo sacudirme del corazón el peso abrumador de las palabras de mi querida amiga Carmiña Navia: "Yo no tengo muchas palabras para expresar lo que he sentido, lo que siento… creo que el horror se ha instalado en medio de los hombres y mujeres de este mundo y no hay nada que podamos hacer". Y continúa el inquietante aullido de ambulancias doblegando la ciudad.



*Escritor y profesor de literatura.

Oosorio@gc.cuny.edu

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