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| 2/28/2005 12:00:00 AM

Pasión de gavilanes II

El Presidente salió bien librado de la pelea con Andrés Pastrana, pero el episodio volvió a sacar a flote el enorme costo de la reelección.

Pasión de gavilanes II El enfrentamiento entre Pastrana y Uribe es el segundo capítulo de una pelea que empezó hace meses por cuenta de la reelección.
"Esto sí me sacó de casillas", dijo visiblemente disgustado el presidente Álvaro Uribe en la noche del miércoles. Estaba reunido en el Palacio de Nariño con la bancada gobiernista de las comisiones primeras, buscando un difícil consenso sobre el proyecto de 'justicia y paz'. El consejero Luis Carlos Restrepo le informó que Andrés Pastrana acababa de hacer en un foro un duro cuestionamiento al proceso de negociación con las AUC. "Para qué me hicieron ir allá", agregó Uribe poniéndose de pies, refiriéndose a que había inaugurado en la mañana el mismo evento, donde además había tenido un cordial encuentro con su antecesor. "Fui muy generoso con él", les dijo a los sorprendidos parlamentarios.

La ira del Presidente era explicable. En su discurso, leído y de 28 páginas, Pastrana convirtió las últimas ocho en un verdadero torpedo contra los diálogos de Ralito. Cuestionó que su conducción por un Presidente que a la vez es candidato puede terminar en un mal acuerdo -estimulado por las necesidades de Uribe de mostrarle resultados al electorado- y agregó que está viciado por la presencia del narcotráfico en las AUC. No faltaron quienes afirmaronque Pastrana puso un dedo en la llaga y sacó a flote planteamientos que nadie se había atrevido a expresar en público.

Pero más allá de las predecibles simpatías que despiertan este tipo de intervenciones, en Palacio consideran que después de la frustrada experiencia del proceso de paz del Caguán, Pastrana no tiene autoridad para venirse lanza en ristre contra el de Ralito. Uribe está convencido de que su política de seguridad democrática corrige los errores de sus antecesores en este campo. El aspecto más indignante del discurso fue la sugerencia de que la candidatura del actual mandatario se verá fortalecida por el apoyo que le prestarán los paras en sus zonas de influencia. Un candidato con los niveles de popularidad de Uribe no necesitaría de una estrategia tan riesgosa, que se le podría devolver como un peligroso bumerán.

En la otra esquina, la de Pastrana no fue una salida improvisada. De hecho, este ex presidente ha sido muy cuidadoso en sus escasas y calculadas intervenciones públicas. Al gobierno de Uribe, Pastrana le ha hecho tres críticas de fondo: la búsqueda de la reelección inmediata, el manejo del Partido Conservador -considera que el tratamiento al detal lo ha debilitado- y, ahora, el proceso de Ralito. Pero también ha tenido expresiones de apoyo: acompañó a Uribe en su difícil gira por Europa, y en la reciente crisis con Venezuela fue el primer ex presidente en llamar a Palacio para ofrecer su colaboración.

Las relaciones han sido difíciles. Aunque tienen coincidencias en temas como la economía, y Uribe fue elegido con el apoyo de un Partido Conservador del cual Pastrana era el jefe natural, en los últimos dos años y medio ha habido varios incidentes. SEMANA había recogido los principales en un informe a mediados del año pasado titula do 'Pasión de gavilanes'. El nuevo capítulo augura un futuro aún más complejo, sobre todo en un período de campaña electoral en el que el Partido Conservador (cuyo directorio, a raíz del rifirrafe de esta semana, emitió una declaración a favor de Uribe) se mantenga en las toldas reeleccionistas.

La pelea de esta semana no terminó mal para Uribe. Los enfrentamientos con los ex presidentes -el jueves Alfonso López y Ernesto Samper lo atacaron por su política en materia de intercambio humanitario- fortalecen su imagen de innovador en la política e irreverente frente a los poderes tradicionales. Así quedó demostrado en la mayoría de las llamadas a la W Radio en la mañana del viernes. Sin embargo, el episodio volvió a hacer evidente el enorme costo que tiene para Uribe la reelección inmediata. El alto riesgo que implica la suspicacia de que todo lo que hace, y lo que deja de hacer, tiene un propósito proselitista y, de alguna manera, ilegítimo.

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