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| 6/25/2001 12:00:00 AM

¿Quién pone las bombas?

Los actos terroristas de las últimas semanas han puesto a pensar a los colombianos si se trata de un nuevo Pablo Escobar o si es que ahora poner bombas es la nueva cara de la guerra.

¿Quién pone las bombas? ¿Quién pone las bombas?
El jueves de la semana pasada Medellín quiso rendirle un culto a la vida. Los paisas organizaron el festival de la Calle 10. Era una fiesta simbólica en homenaje a los muertos de la bomba del Parque Lleras y para levantar una voz de protesta contra los violentos. La cita era a las 7:00 de la noche. Las calles se vistieron de festones y bombas multicolores, y los teatreros y mimos se tomaron las aceras. Se organizaron tarimas para las orquestas y se esperaba una rumba inolvidable.

Pero a las 3:30 de la tarde, una emisora soltó un extra. El locutor dijo lacónicamente: “Las autoridades acaban de encontrar el cadáver del principal jefe de la banda de La Terraza”. La noticia se regó como pólvora. El terrorismo telefónico se apoderó de la ciudad. La gente salió más temprano de sus trabajos y presurosos se dirigieron hacia sus casas. Las caras eran de angustia y el fantasma de la bomba del Parque Lleras recorrió la ciudad. Pero los paisas no cancelaron su festival. No fue como todos esperaban. Ni tampoco asistió la cantidad de gente que se tenía prevista. La ciudad se acostó a la media noche y como todos estos días amaneció desvelada. La ciudadanía estaba con los pelos de punta porque no sabía a qué horas estallaría la siguiente bomba.

Esta actitud, más propia de épocas que se creían ya superadas, se han vuelto común en las últimas semanas. Aunque en Colombia los actos de violencia son el pan de cada día, la explosión de bombas en centros urbanos no lo es y se asociaba con la guerra de Pablo Escobar contra el Estado colombiano.

Si se toma como fecha de partida la bomba del centro comercial El Tesoro en Medellín, en enero de este año, en escasos cuatro meses han explotado cuatro potentes bombas en las tres principales ciudades que han dejado 14 muertos y cerca de 250 heridos. El último capítulo de esta historia de terror fue la explosión de dos petardos el viernes pasado en Bogotá, muy cerca de la Universidad Nacional. Estos hechos han vuelto a despertar ese pánico colectivo que no se sentía desde la guerra contra el narcoterrorismo durante los años 80.

El gran interrogante de los colombianos y de todos los analistas es si se trata de hechos aislados, o si detrás de todo esto hay una estrategia unificada. Las autoridades creen que hay más de lo primero que de lo segundo. Hay tantas guerras en Colombia que la escalada entre los bandos está desembocando en los peores actos de barbarie. Concretamente, los organismos de seguridad ven tres conflictos en los que se puede haber llegado a la utilización de terrorismo indiscriminado como arma de combate.

La bomba de Cali, que dejó 36 heridos, obedecería a una pelea entre carteles del narcotráfico. Específicamente tiene que ver con la guerra que se declaró entre el clan de los hermanos del extinto capo Pacho Herrera y el cartel del norte del Valle. En esta vendetta ha habido más de 20 muertos y se han vivido episodios tan insólitos como la bomba que fue lanzada desde un helicóptero al patio de la cárcel de Cali para atentar contra el narcotraficante Víctor Patiño Fómeque.

La bomba del Parque Lleras en Medellín, que dejó ocho muertos y 138 heridos, ha sido atribuida a otra sangrienta vendetta entre dos viejos aliados: los paramilitares de Carlos Castaño y el grupo de sicarios La Terraza de esa ciudad. Este último, que en un momento fue el brazo urbano de las autodefensas en Medellín, dijo públicamente haber cometido el crimen contra el humorista Jaime Garzón por orden directa de Carlos Castaño. La alianza aparentemente se rompió cuando Castaño acusó a la cúpula de La Terraza de haberle robado 10 millones de dólares. En esta guerra han sido asesinados casi todos los jefes de La Terraza así como varios hombres cercanos a Castaño. Las autoridades suponen que las bombas del Parque Lleras y la de El Tesoro son retaliaciones contra el jefe de las autodefensas, en los que se escogieron como blanco los símbolos de la alta burguesía paisa que, según La Terraza, financia a los paramilitares.

Al cierre de esta edición, las autoridades hacían cábalas sobre alguna posible explicación de las bombas que estallaron el viernes en la mañana en Bogotá y que mataron a cuatro personas e hirieron a 24. La conclusión preliminar de los organismos de inteligencia es que se puede haber tratado de un acto de terrorismo del ELN para presionar al gobierno a que despeje el sur de Bolívar.

Las bombas mencionadas fueron las que estallaron. Pero el número de bombas encontradas y desactivadas ha sido aún mayor. Se encontraron en Itagüí (20 kilos) y Bello (30 kilos) dos días después de la que explotó en el Parque Lleras; luego vino la ‘bomba papaya’ (250 kilos) camuflada en el platón de una Luv estacionada al frente del semanario comunista Voz en Bogotá; y también la semana pasada se encontró en Barrancabermeja una bomba (20 kilos) en el puente que comunica a esta ciudad con el nororiente del país.

Aunque no se puede suponer que cada bomba que se encuentra está confeccionada para estallar (muchas son colocadas sólo con la intención de generar zozobra o enviar un mensaje de advertencia), si se suman las bombas que explotaron y las que no lo hicieron, han sido ocho en cuatro meses. Dos al mes, lo que significaría que algo nuevo y muy grave está sucediendo en Colombia desde que comenzó el año.



El descarte

Hoy en día no se sabe cuál de las siguientes interpretaciones es más preocupante. La de que en el país haya un nuevo Pablo Escobar detonando bombas. O que en Colombia todo el mundo coloca bombas.

La primera hipótesis, la del único autor, no es la que barajan las autoridades. El terrorista clásico siempre busca un fin y la fuerza de su mensaje radica en que su medio de propaganda es el terror. Escobar quería eliminar la extradición. La ETA quiere la independencia del País Vasco de España. El IRA busca con atentados que los ingleses abandonen el norte de Irlanda. Y el Hamas busca con sus ‘hombres bomba’ un territorio palestino con un Estado soberano.

En todos estos episodios, la lógica del terrorismo pretende un objetivo específico, casi siempre de presión al gobierno. Y hay sólo dos formas de que este se entienda: bien sea reivindicándolo, como en el caso del secuestro y posterior ejecución de Aldo Moro por las Brigadas Rojas italianas a finales de los 70; bien sea sin atribuírselo pero en el cual la intención es tan evidente que todo el mundo sabe quién es el responsable, como fue el caso de las bombas contra el general Miguel Maza Márquez que ponía el cartel de Medellín.

Sin embargo, en los atentados de los últimos días, no ha habido reivindicaciones ni intenciones evidentes. De ahí que la ciudadanía no tenga más remedio que aceptar las conjeturas de las autoridades, que hasta ahora no son muy convincentes. Pensar que el ELN, para presionar el despeje en el sur de Bolívar, pone bombas en la esquina de la Universidad Nacional en Bogotá desafía no sólo la lógica sino el modus operandi de este grupo insurgente. En primer lugar, porque el ELN no tiene necesidad de presionar al gobierno con actos terroristas porque es éste el más convencido de la conveniencia de la zona de encuentro. Además cada vez que ha querido presionar una decisión —o buscar financiación— reivindica sus actos, como lo hizo con los secuestros masivos del Fokker de Avianca y de los feligreses de la iglesia La María en Cali.

Con frecuencia también se menciona el nombre de las Farc como posible responsable de bombas y actos de esta naturaleza. Por razones parecidas a las del ELN esto tampoco es probable. Los dos grupos guerrilleros son sangrientos y no les tiembla la mano para cometer atrocidades como lo han atestiguado la mayoría de los colombianos. Pero siempre lo hacen dentro de su lógica militar e ideológica. Cuando atacan a la estación de Policía de un pueblo con pipetas de gas siempre hay muertos inocentes pero son considerados ‘víctimas colaterales’ de un operativo militar contra el enemigo. La detonación indiscriminada de bombas contra la gente en plena calle no ha sido, hasta ahora, una táctica de guerra de los movimientos guerrilleros.



¿De la derecha?

Más probable a que sea la extrema izquierda es que haya sido la extrema derecha. Los blancos de algunas de las bombas, como el periódico Voz y la Universidad Nacional en Bogotá, simbolizan para muchos a la izquierda, lo que apuntaría al otro extremo del abanico ideológico. La extrema derecha podría estar interesada en desestabilizar, sobre todo cuando el gobierno está tan empeñado en concretar el acuerdo humanitario de soldados por guerrilleros, y en iniciar conversaciones con el ELN en una zona de encuentro en el sur de Bolívar. Y, no hay la menor duda, el terrorismo debilitaría la capacidad de maniobra del gobierno.

Las autoridades consideran factible que los paras sean autores de algunas de las bombas. De hecho, Carlos Castaño, jefe de las autodefensas, dijo haber sido autor de la ‘bomba papaya’ que no estalló frente al semanario Voz. Pero así como quiso que no estallara pudo haberla detonado. Y fue una clara y escalofriante advertencia de los que está en capacidad de hacer. Al respecto, los analistas políticos coinciden en que Castaño tiene motivos para estar muy bravo: el gobierno se ha negado a negociar con él como un actor político y lo ha comenzado a perseguir en forma real. Pero en contraste, le ha concedido a las Farc el canje y respalda con firmeza al ELN en su pretensión de despejar el sur de Bolívar.

Castaño, por su parte, ha demostrado de sobra que es capaz de cometer actos de terror. Sin embargo está metido en un dilema. El, más que nadie, sabe que el terrorismo es efectivo en este país. Pero también sabe que su única posibilidad de llegar a una mesa de negociación es gracias al respaldo que tiene hoy en algunos sectores poderosos de la sociedad. Y éstos serían los primeros en abandonarlo si Castaño se ‘escobariza’.

La reciente ofensiva del gobierno contra los paramilitares puede radicalizarlos. De ahí que no sean pocos los colombianos que creen que es imposible lograr la paz, si se deja por fuera a un hombre que ha montado un ejército de 8.000 uniformados que controla grandes porciones del territorio nacional.



Todos ponen

Si bien en esta cadena de actos terroristas hay tantas bombas como teorías queda una cosa clara: no hay un único autor. Y esto lleva a pensar que Colombia está en el más irracional de los escenarios: que en el país todos ponen bombas.

Y esto es un síntoma más —quizás el peor— de la acelerada degradación del conflicto. Cada protagonista de la guerra, sea narco, guerrillero o paramilitar, está recurriendo a la modalidad de terrorismo que más pánico genera: la de los carros bomba en sitios públicos. Ya sea para solucionar conflictos personales, manifestar su inconformismo político o satisfacer su sed de venganza. A este paso se terminarán viendo como actos de caridad los otrora frecuentes secuestros de personalidades para enviar mensajes o presionar decisiones .

Dada la cantidad de autores y motivos que pueden estar detrás de las bombas no se puede hablar de una ola de terrorismo, como la que desató el cartel de Medellín a finales de los 80. Y en ese sentido la ciudadanía no debe interpretar las últimos hechos como una campaña terrorista sistemática con un fin específico.

Y es precisamente porque no responde a esa lógica sino a la propia degradación del conflicto, que ahora se expresa a bombazos, que es peligroso que los colombianos terminen por acostumbrarse a las bombas, como un pincelazo más del paisaje de la violencia, y aprendan a convivir con ellas como lo han hecho con el secuestro y las masacres.

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