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| 10/20/2003 12:00:00 AM

Referendo:el voto de SEMANA

El referendo no es la panacea pero el país podría enfrentar serios problemas si no pasa.

Referendo:el voto de SEMANA Referendo:el voto de SEMANA
A ocho dias de la elección nadie sabe si el referendo va a pasar. La cifra de 6.300.000 votos es muy alta pero no inalcanzable para quien está detrás: el Presidente más popular de los últimos tiempos. Los colombianos, por su parte, se enfrentan por primera vez en su historia a un referendo. Y no a uno cualquiera. No tiene una o dos preguntas, como otros que se han hecho en otros países del mundo, sino 14. No versa sobre un tema específico sino que se pasea por un espectro de temas tan variados como salarios, pensiones, contralorías, tamaño del Congreso e investiduras. No es claro y conciso sino complejo y laberíntico. Es tan sui generis que un ciudadano se demora, en promedio, 22 minutos leyéndolo.

Precisamente por su difícil comprensión y por ser demasiados puntos y demasiado técnicos es que captar tantos votos se vuelve una tarea titánica. El gobierno sacó toda su artillería. Y el Presidente es el primero en estar en el frente de batalla para sacarlo adelante. Por eso no hay emisora, programa de radio o entrevista en la cual no aparezca el primer mandatario. Como buen político, a la hora de sumar votos prima su condición de candidato sobre la majestad de su cargo. A tal punto que el primer mandatario apareció en el controvertido programa de televisión Gran Hermano. No importaba: era horario triple A. Pero no sólo el Presidente está en campaña sino también todo su gobierno: la Cancillería está buscando los votos de los colombianos en el exterior, los ministros están en manga de camisa recorriendo el territorio y los embajadores de talla presidencial, como Noemí Sanín, están llegando al país para meterle el hombro en la recta final.

Pero si por los lados del gobierno llueve por los de la oposición no escampa. La dirección del Partido Liberal está publicando avisos full color en la prensa para que la gente no salga a votar, los sindicatos se repartieron los directorios telefónicos de las principales ciudades para llamar a la gente a que no vote, los ex presidentes liberales están divididos y los líderes de la izquierda democrática ya tienen su eslogan para abstenerse de votar el sábado y hacerlo por su candidato el domingo: "Locha el sábado y Lucho el domingo".

La efervescencia es total: en la televisión los debates en favor y en contra del referendo están en boga, no hay foro universitario en el que no se toque el tema, en la prensa los columnistas de opinión se atrincheran en sus posiciones y hasta en los edificios residenciales se ha visto a más de un senador reunido en los salones comunales. Si a esto le sumamos las elecciones a alcaldías, gobernaciónes, concejos y asambleas en el mismo fin de semana, hay un paroxismo electoral que no se veía hace muchos años.

Si bien el debate está caldeado, para la mayoría de la opinión la controversia se da más en torno a los símbolos que a las propuestas. Son tantas las preguntas, tan complejos los temas y tan enredada la redacción que el referendo se ha convertido en un plebiscito presidencial. La pregunta que se hacen los ciudadanos no es si las propuestas son convenientes para el país sino qué tan conveniente es para el país apoyar al Presidente a través del referendo. Hoy es claro que la campaña pedagógica del gobierno no surtió efecto, como era de esperarse, y los mensajes en este sprint final van a estar más dirigidos a las emociones que a la razón. La estrategia del gobierno ya no es convencer sino conmover. Y con un Presidente con una popularidad de 75 por ciento el voto de confianza de la opinión promete un buen caudal electoral.

Pero los opositores no son mancos. Están bien organizados, tienen una tradición de trabajo en equipo con redes y núcleos de base -como los sindicatos- y cuentan con una legión de 940.000 funcionarios públicos dispuestos a jugársela toda para que no pase el referendo ya que, si éste se aprueba, sus salarios se verían congelados por dos años. A diferencia de la masa amorfa del uribismo, cuyo estímulo para salir a votar es un acto de fe en el Presidente -y un día de lluvia los puede dejar en la casa-, muchos de los opositores del referendo tienen sus intereses en entredicho y así llueva, truene o relampaguee van a evitar que éste salga adelante.

Pero más allá de las estrategias del gobierno y de los opositores, de si los primeros ven en la aprobación del referendo la posibilidad de relegitimar un gobierno de derecha y autoritario o de si los uribistas ven en los opositores una actitud antidemocrática al promover la abstención, de si se vota por Uribe o contra Uribe, es importante analizar qué dice el referendo en lo político y en lo económico (ver recuadros).

Lo cierto es que el referendo es un mal negocio para Uribe y un buen negocio para el país. Con la popularidad de Uribe todavía por las nubes el referendo se convierte para el gobierno en un plebiscito innecesario. Sobre todo al tener en cuenta que hay medidas bastante impopulares, como la congelación de los salarios del sector público y la reducción de las pensiones. Lo hizo porque su campaña tenía dos banderas: la autoridad y la renovación de la política. Con la primera, cumplió. Con la segunda, lo ha intentado pero la difícil situación del país lo ha llevado a cambiar las prioridades. El primer borrador del referendo era todo un catálogo para desterrar la vieja política e incluía hasta la revocatoria del Congreso.

Pero resulta que antes que la política había dos toros más grandes y más peligrosos: el de la seguridad y el de la economía. Y no hay torero, por bueno que sea, que lidie tres toros al tiempo. Tan grave era la situación económica que el director de Planeación dijo a finales del año pasado que el país estaba a bordo de un Titanic. Era tal el tamaño del hueco fiscal que el referendo pasó de ser un as en contra de los corruptos y los politiqueros a convertirse en pocos meses en un flotador para la estabilidad económica. Hoy por hoy el referendo no va a cambiar a fondo las costumbres políticas, aunque sí contribuye en algunos puntos (ver recuadro), pero sí va ayudar a aliviar la frágil situación de las finanzas públicas.

En este sentido es muy grave que el referendo no pase. Pero no por las razones que dicen los enemigos de Uribe: que es un tatequieto al inminente autoritarismo del actual gobierno. Es grave que no pase porque el país podría dar un paso más hacia el colapso económico. En este momento el país está, por primera vez en su historia, en el tope de su endeudamiento. Los ingresos del petróleo están cayendo, el Plan Colombia tiene los años contados, la inversión extranjera directa ha caído en los últimos cinco años, la economía no despega del todo y los colombianos no aguantan más impuestos. Pero, por encima de todo lo anterior, de no aprobarse el referendo el mensaje que se le envía a la comunidad financiera internacional podría costarnos en desconfianza varias reformas tributarias (ver recuadro).

Otro coletazo del hundimiento del referendo es que al gobierno se le reduce su margen de maniobra con el Congreso, un aliado clave para superar la crisis. El gobierno ha logrado manejar una inusual independencia frente al Legislativo gracias a su prestigio y su enorme respaldo popular. Y gracias a eso ha logrado sacar leyes tan importantes como impopulares como las reformas laboral y pensional. Pero un resbalón en las próximas elecciones deja al gobierno mucho más vulnerable a los muñequeos clientelistas de los congresistas. Y eso definitivamente terminará erosionando la gobernabilidad del Presidente.

A Uribe le quedan tres años de gobierno. Tiene todavía una altísima popularidad y los colombianos le han dado su voto de confianza ya que sienten que después de ocho años alguien cogió las riendas del país. Por eso la luna de miel va a durar un poco más que con otros presidentes.

Pero si el referendo no pasa el próximo sábado, por mucho que los pasajeros aplaudan a su capitán, si no se tapa el hueco fiscal el barco terminará hundiéndose. Al Titanic de hace un año se le pudieron soldar varios de los boquetes y hasta se esquivó el iceberg. Pero el país sigue en alta mar, el oleaje está bravo y el temporal no ha cesado. Y no votar el referendo es como lanzar al agua, en medio de la tormenta perfecta, los botes salvavidas.




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