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| 3/24/2007 12:00:00 AM

Rumba en Itagüí

El pabellón de máxima seguridad en donde está recluida la cúpula de los paramilitares se parece cada vez más a 'La Catedral'.

Rumba en Itagüí Este no es un bar cualquiera. Es el bar de la cárcel de La Catedral en donde ‘Popeye’ y los otros lugartenientes de Pablo Escobar se divertían al calor de unas cervezas y unos aguardientes
La época en que los 59 paramilitares recluidos en la cárcel de Itagüí, en Antioquia, hacían huelga de hambre para protestar contra las arbitrariedades a las que estaban siendo sometidos, quedó atrás. De las condiciones precarias de las que se quejaban hace cuatro meses Mancuso, 'Jorge 40', 'Macaco' y los demás reclusos -cuando protestaron y no comían sino galletas o chitos por miedo a ser envenenados- pasaron a las comodidades de un hotel.

El chef que le cocinaba al extinto capo Pablo Escobar es ahora su hombre de confianza para la preparación de sus alimentos que ingresan desde afuera de la prisión. Ninguno está incomunicado. Les permiten más acceso de visitas que a cualquier otro recluso del país. Tienen el privilegio de mantener sus contactos con el mundo a través de líneas telefónicas con tarjeta, celular y sala de cómputo con Internet. En sus celdas hay televisor, grabadora y DVD con sus películas favoritas. Entran y salen de sus celdas en cualquier momento. Para su esparcimiento, unos ven la programación habitual de la televisión en el patio, mientras otros se dedican a tocar organeta eléctrica, hacer ejercicio o a leer. Y para relajarse, nada mejor que un buen trago de sello azul, el whisky preferido por la mayoría de los paras.

Algunos funcionarios del Inpec están preocupados porque, aunque ellos son los responsables de lo que pase en Itagüí, este tipo de privilegios proviene de un funcionario del alto gobierno.

Aunque siempre los paras han sostenido que todos pertenecen a la comandancia de las AUC, sólo 17 son realmente los comandantes principales, y los demás son lugartenientes que tienen la obligación de velar por la seguridad de sus jefes. Esos mismos combatientes pertenecían a sus cordones de seguridad cuando no estaban tras los muros de la cárcel.

Pero en la cárcel de alta seguridad su obsesión va más allá de los privilegios que gozan o de los placeres que disfrutan. Concentrados en su defensa y con el temor a que fracase el proceso de su desmovilización, a veces ni siquiera pueden conciliar el sueño. Decenas de abogados de todo el país en donde tienen procesos criminales circulan permanentemente por el patio, mientras los colombianos están a la espera de que digan la verdad, y miles de víctimas confían en que se haga justicia.

Aunque sobre esto último es que se debería concentrar la atención, este episodio sobre la falta de seguridad de la cárcel de alta seguridad se vuelve un lamentable y recurrente episodio de la historia de Colombia. A pesar de la peligrosidad y el poder corruptor de estos criminales, de las medidas que se han tomado y de la plata que se ha invertido, las cosas no parecen cambiar. Quién no recuerda la espectacular fuga del narcotraficante José Ramón Matta Ballesteros cuando salió orondo por la puerta principal de La Picota en marzo de 1986; o la evasión de Jaime Eduardo Rueda Rocha, el asesino de Luis Carlos Galán, quien en septiembre de 1990 se disfrazó de abogado; o el célebre escape de La Picota de José Santacruz Londoño, que huyó en enero de 1996 con la ayuda de un fiscal. Y ni qué decir de las bacanales en la seudocárcel de 'La Catedral', donde Pablo Escobar hizo las mejores fiestas de Medellín y donde hubo desde pista de baile para las modelos hasta cementerio para sus enemigos.

Y si de lujos se trata, bien vale la pena recordar la vida de ex capo Henry Loaiza, 'El Alacrán', cuando estaba preso en la cárcel La Modelo. Festejó el cumpleaños de su mujer con 40 almuerzos contratados al restaurante japonés Hatsuhana y pidió que "mataran un caviar" para celebrar una de las tantas navidades que ha pasado tras las rejas. Los compañeros de celda de Víctor Patiño Fómeque tampoco se olvidan cuando el capo les ponía a manteles las mejores modelos del país. Y el escándalo que protagonizó el coronel Royne Chávez, ex jefe de seguridad de Andrés Pastrana, cuando le encontraron en su celda un celular y tres cajas de aguardiente.

Y ni hablar de las mujeres que en sus celdas están pendientes de la visita de la esteticista para su sesión de botox. El caso más reciente es el de Enilse López. En la cárcel El Buen Pastor, de Bogotá, permanecía con kimono, pantuflas peludas y un abrigo de mink, para protegerse del frío. Luego, en la cárcel de Santa Marta, compraba el cupo de visitas de sus compañeras de celda para poder recibir la peregrinación que llegaba de Magangué. Y como el tiempo no le alcanzaba para recibir a tanta gente, los políticos pagaban hasta 200.000 pesos por un cupo para hablar un segundo con la empresaria del chance, según la denuncia del propio vicepresidente de la República, Francisco Santos. "Es una vergüenza para el país", sostuvo la semana pasada.

Aspirar a que en Colombia el sistema carcelario sea como el que se ve en las películas gringas es una ilusión. Ninguna cárcel llegará a ser como la legendaria y aterradora Alcatraz o la de Marion, en Illinois, que son sinónimos de miedo y terror. Penitenciarías subterráneas, control estricto, cámaras de vigilancia en cada rincón, celdas fotoeléctricas: nada de esto ocurre en el pabellón de máxima seguridad en donde están recluidos los jefes paramilitares, mientras los congresistas señalados de colaborar con ellos fueron recluidos al lado de La Picota, en un antiguo sanatorio para tuberculosos lleno de pulgas. Es tal el deterioro del lugar, que muchos de los políticos presos estarían dispuestos a cambiar sus condiciones de austeridad, por una celda en un pabellón de máxima seguridad con todas las comodidades.

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