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| 7/3/2000 12:00:00 AM

Secuestrada

Leszli Kalli escribió en primera persona el drama y el horror que vivió durante 373 días en poder del Eln. SEMANA publica en exclusiva fragmentos de su diario.

Secuestrada, Sección Nación, edición 944, Jul  3 2000 Secuestrada
Leszli Kalli , una joven de 19 años, abordóel 12 de abril del año pasado un avión que la trasladaría de Bucaramanga a Bogotá. Unas horas más tarde tenía pensado tomar otro avión que la llevaría a Israel, donde había planeado permanecer seis meses en un kibbutz. Pero sus sueños fueron truncados minutos después de despegar de Bucaramanga. Cinco hombres fuertemente armados del Ejército de Liberación Nacional (ELN) tomaron el control del avión en pleno vuelo y lo hicieron aterrizar en las selvas inhóspitas del sur de Bolívar. Leszli, junto con otros 32 pasajeros, estuvo en cautiverio 373 días. En ese período escribió de su puño y letra un diario íntimo en el que plasmó los sufrimientos, angustias y temores de su secuestro. Esas vivencias están en cinco cuadernos que ahora se han convertido en un libro que la Editorial Planeta acaba de editar y que saldrá este jueves al mercado. SEMANA obtuvo en exclusiva apartes de ese desgarrador testimonio.



Montañas de Colombia



Miércoles, 17 de mayo de 1999

¿Que pasó, Leszli? Cuando todos tus planes iban tan bien, cuando ya era casi concreta la felicidad del viaje, cuando ya por fin empezabas a ver que tus puertas comenzaban a abrirse... Dios, ¿qué pasa? ¿Por qué todo se oscureció tan rápido, por qué nadie me pregunta si estoy de acuerdo con todo esto? Me parece mentira estar escribiéndote aquí cuando debería estar en pleno kibbutz y hablando de lo bien que lo debes estar pasando, de lo agradecida que estás con la vida porque al fin se hicieron realidad tus sueños... Pero no. Estoy aquí, en Colombia, secuestrada por el Ejército de Liberación Nacional, en plena selva colombiana y más lejos que si estuviera en Israel.

Todo sucedió tan rápido que ya ha pasado más de un mes y aún me cuesta trabajo repetirme a mí misma: ¡Leszli, estás secuestrada!

El único consuelo que tengo es saber que voy a seguir llevándote a mi lado, como siempre. Se me hace extraño escribirte aquí, en estos cuadernos, y más en la primera hoja, pero el resto de ti quedó en la maleta azul que llevaba. No te pude cargar en la cartera: estaba tan llena de cosas que era imposible que estuvieras ahí conmigo, y como la maleta azul era tan grande, no me dejaron llevarla como equipaje de mano y la echaron en la bodega del avión. Te pido perdón, porque ya tuvieron que haberte leído.

Tú eres y serás la única forma que tengo de decir lo que siento. La última vez que te escribí fue en libertad, y después de un largo tiempo no había querido volver a hacerlo ya que pensaba que tú, al igual que yo, estabas aburrido de que mi vida fuera tan vacía y monótona. Prometí no escribirte más hasta que pasara algo que valiera la pena.

Ahora te voy a contar todo. Y con los más mínimos detalles, ya que gracias a Dios encontré una hoja y puse ahí el resumen de todos mis días a partir del 12 de abril.

Te cuento que el año pasado recibí una propuesta de un amigo de Salvador. Se trataba de ir a un kibbutz en Israel. El plan me pareció excelente, ya que siempre busqué una aventura en mi vida, algo que se saliera de la horrible cotidianidad en la que mi vida estaba convertida.

Los fines de semana, como tú sabes, me reunía con mis amigas para ir al sitio de moda, pero yo me sentía tan vacía. Así fue mi vida hasta ese día de finales de diciembre.

Empecé a incubar la idea en mi cabeza y luché por el viaje con todas mis fuerzas. Hice rifas para recolectar dinero pues en mi casa la situación no era la mejor. Por parte de mi papá los pasajes me salían gratis, pues él es piloto, y adonde viaje su compañía yo viajo gratis. Pero papá no quería que yo fuera a Israel, ya que la niña de sus ojos, mujer y bonita, se fuera sola al otro lado del mundo, se le hacía terrible. Me dijo que no, que él no me apoyaba con esa idea loca, y que lo mejor que podía hacer era meterme a estudiar una carrera universitaria y olvidarme de semejante pendejada. Cada vez que él me repetía eso a mí se me metía más la idea en la cabeza, pues siempre fui rebelde.

Le dije que lo único que necesitaba de él era su permiso y los pasajes Bucaramanga-Bogotá-Madrid, que el resto lo hacía yo. Claro está, con la ayuda de mi mamá. Ella siempre me acolita en todo. Dos semanas antes del viaje empecé a tener sueños muy feos (siempre he dicho que éstos nos dan aviso de cosas que pueden ocurrir).

Ya tenía la maleta hecha, los pasajes listos, unos dólares y muchísimas ganas de iniciar mi aventura en Israel. Una vez saliera del kibbutz iría a pasar unos días en dos de los países que siempre he querido conocer: Egipto y Grecia. Me habían comentado cómo se podía lograr sin que saliera tan costoso. Una vez terminada mi aventura llegaría a Colombia para ponerme a estudiar juiciosa en una universidad. ¿Qué más le podía pedir a la vida?

Todas las noches le rezaba a Dios para que me ayudara a conseguir mi meta.

La noche del 11 de abril hablé muchísimo con mi mamá. Entre las cosas que le dije se me salió un “Mami, tengo miedo”.

—Leszli, me dejas preocupada, porque tú nunca sientes miedo —me dijo ella.

—No, mentiras, mamá —me apresuré a decirle para tranquilizarla—. No sé ni porqué te lo dije. Deben ser los nervios normales del viaje.

Desperté a las 5:00 a.m., me despedí de mi hermano mayor, Nandor, que trabajaba en el hospital y tenía turno a las 6:00. Me abrazó y me dijo:

—Te cuidas, nena.

Me bañé, me cambié y me puse a hablar con mami y Carolina, mi otra hermana. Papá me acompañaría hasta Bogotá y me dejaría en el avión que me llevaría a Madrid el mismo día a las 7:05 p.m. El vuelo a Bogotá estaba programado para las 2:00 p.m.

Cuando estábamos en la sala entró una llamada:

—Hola, nena. Tenemos que adelantar el viaje, pues el vuelo de las 2:00 fue cancelado. ¿Estás lista?

—Sí, papá, ya estoy lista.

—Bueno, nena. Ya paso por ti.

Me despedí de mamá y de mi abuelita y bajé las escaleras. Iba con mi hermana, pues ella volvería con el carro. Mami no fue, pues papá y mamá se divorciaron en el año 86 y, como tú ya sabes, no se pueden ni ver.

En el camino hacia el aeropuerto de Bucaramanga papi me dijo:

—Nena, ese viaje no conviene, pues se arregló muy rápido y... yo no sé... No deberías viajar, pues ha habido muchos contratiempos y eso debe ser que no conviene.

Yo solté una carcajada.

—¡Huy, sí, cómo no! ¿Estás loco, papá?

Llegamos, y cuando estábamos en la cafetería me repitió, pero esta vez con un tono más serio:

—Mira, Leszli, todavía estás a tiempo de retractarte.

—Mejor dicho, ahora sí que estás reloco —le dije.

Nos chequeamos. A mí me dieron el puesto 12F y a papá el del lado, el 12C. La despedida de mi hermana fue poco emotiva. Yo no lloré: estaba feliz y ella también lo sintió así.

Abordamos y yo me acomodé en mi silla. Papi me dijo:

—Leszli, nena, voy tres puestos más adelante con Uriel, un compañero de trabajo, para preguntarle unas cosas, y después vuelvo.

—Ok.

Así fue.

Me puse a mirar por la ventana. A mi lado los puestos estaban desocupados. El avión despegó y lo primero que hice fue mirar al cielo por la ventana y decir con el pensamiento: “Gracias, Dios mío. Hasta que por fin es una realidad. Mil gracias”.

Me coloqué las gafas y empecé a leer una revista de las que ponen en los aviones. Iba muy entretenida con la lectura. Decolamos y después de un rato se escuchó la campanita que anunciaba que se habían apagado las lucecitas de los cinturones.

Empecé a escuchar unos ruidos en la parte de atrás. El avión tiene 15 filas y, por si no lo sabes, no hay número13: del 12 se pasa al 14 y sigue el 15, y ahí finaliza. Lo primero que pensé fue que se habían agarrado a pelear unos tipos, y volteé a mirar.

Quedé sin respiración: un tipo que se estaba poniendo una capucha le apuntaba al auxiliar en la cabeza con una pistola. Después de unos segundos se paró otro hombre que iba atrás, y que se haría a mi lado por el resto del trayecto. Otros dos hombres que estaban en el medio se pararon, y otro de la parte de adelante. Todos armados y con capuchas. El hombre de adelante se fue a la cabina y uno de los dos que estaban en el medio pasó a coordinar la parte de adelante. El tomó la vocería y nos dijo:

—Aquí ninguno se las venga a dar de héroe, porque le va mal. Todos pongan las manos en el espaldar de la silla que tienen en frente y agachen la cabeza. Nosotros somos de las Autodefensas y vamos a bajar a un comandante. Después ustedes continúan su rumbo...

Yo empecé a descontrolarme, pues pensé: “Mi papá se va a levantar para venir a calmarme, y le van a pegar un tiro pensando que se las va a dar de héroe”. Yo miraba para todos lados, y el tipo que coordinaba me hizo señas con la mano para que fuera hasta donde él estaba. El otro secuestrador, el que se me hizo al lado, me dijo:

—Mona, la están llamando. Yo me paré, di cinco pasos y el tipo que mandaba me dijo:

—No, que se siente y agache la cabeza.

Retrocedí y volví a mi puesto. Estaba tan nerviosa por lo que ocurría que el hombre que se encontraba a mi lado me dijo:

—Cálmese, mona, que nada les va a pasar.

—Señor, ¿es que nos van a sacar del país? —le pregunté, y me miró como diciendo: “¡Qué imaginación!”.

—No, mona, vamos a aterrizar y ustedes continúan...

Tú sabes, yo uso gafas para leer y las tenía puestas. Llevaba unos dólares para el viaje en mi cartera. Entonces le dije al hombre que me dejara guardar mis gafas, pues me daba miedo de que en el aterrizaje se fueran a partir y se me metieran los restos en los ojos. Me dijo que sí. Metí rápido las gafas en mi cartera y saqué el sobre donde tenía los dólares y me los eché en el bolsillo.

El aterrizaje estuvo ‘mantequillero’, muy suave, aunque salpicó mucho barro y el Fokker quedó enterrado. Abrieron la puerta y el que estaba adelante como coordinador se abrazó con otro y ambos empezaron a gritar:

—¡Coronamos!

Se felicitaron los unos con los otros y nos dijo el tipo:

—Todos con el documento de identidad en la mano.

Nos tocó darle el documento al hombre que llevó la vocería en el asalto del avión.

El calor del Magdalena Medio es algo insoportable: la ropa se queda pegada al cuerpo. Ese día el sol estaba dando todo su calor. Empezamos a caminar por la pista. Yo veía hombres vestidos de verde pero sin ninguna insignia o algo que fuera un distintivo. Era como una calle de honor. Nos estaban filmando. Nunca me sentí tan rara en la vida como en aquel momento: que me filmaran como si fuera una mercancía que se va a negociar. Se me hizo bien extraño.

—¿Qué pasa aquí? —le pregunté a papá.

—Esto, Leszli, es un secuestro.

—Papi, ¿y quiénes son?

—Nena, son de la guerrilla, pero ni idea de cuál de todas, pues no tienen nada que los identifique.

Esa gente nos miraba como bichos raros. Llegamos al final de la pista y cruzamos. En ese momento nos empezamos a meter en pantanos. El agua nos llegaba hasta la cintura. Gracias a Dios, llevaba tenis, pero había algunas mujeres que tenían tacones y sandalias. Salimos y nos montaron en unas chalupas. En éstas anduvimos dos horas y algo más, hasta que llegamos a una casita donde todos orinamos. Había una especie de baño, pero muy pequeño.

Ahí empezamos a hablar unos con otros, aterrados por lo que ocurría. Nadie sabía qué pasaba. Todo fue tan rápido... Unos tenían cigarrillos y empezaron a fumar. Después habló uno de esos hombres con uniforme verde.

—Bueno, móntense en los camperos.

Eran cuatro o cinco camperos. Ahí nos hicimos. Nos dieron agua y me dejaron a mí adelante con una señora que estaba recién operada.

Al señor que estaba manejando la camioneta le pedí el favor de que pusiera noticias. Me respondió con un “sí ”seco. En las noticias decían que un avión estaba desaparecido. Se hablaba del sitio del supuesto siniestro, de las posibles personas muertas o de que podía ser un secuestro.

En ese campero pasamos por rancherías y caseríos. La gente salía de sus casas para vernos pasar por la carretera. Nos miraban con cara de preocupación, como con pesar.

A mí todo me parecía mentira, algo irreal. Pensaba mucho en mi mamá, en que ella no tendría ni idea de lo que había ocurrido. Pensaba segundo a segundo en el dolor que le podía estar causando, y me sentí muy mal.

Después de viajar cinco horas en los camperos llegamos a una escuelita, en un caserío. Ahí nos bajamos, y para que calmáramos el hambre nos dieron papas de paquete, salchichas enlatadas, galletas, Coca-Cola, Pepsi y jugos. Después llegó un comandante, nos reunió a todos y habló así:

—Nosotros somos del Ejército de Liberación Nacional. Esto, compas, es una retención.

Lo dijo con un tono suave, como amistoso. Pero en ese momento uno no veía a nadie con cara de bueno.

Papá preguntó:

—¿Esto es un secuestro político o económico? —y le respondieron:

—Primero, es retención, y segundo, no sabemos. Puede ser político o también puede ser económico... O pueden ser los dos. La verdad es que eso yo no lo sé. Pero sea lo que sea, esto no va a demorar mucho tiempo.

Preguntábamos cuántos días, y respondían:

—No sabemos, pero, eso sí, es cuestión de un par de diítas...

Esa noche nos repartieron linternas, pilas, crema dental y cepillos de dientes. Cuando vi que repartían estas cosas miré a papá, y él me dijo, como si supiera lo que yo le quería decir:

—Sí, nena, esto va pa’ largo.

Esa noche no dormimos. Yo empecé a hablar con la otra niña, Ana María Gómez —éramos prácticamente de la misma edad— y con otras dos personas: Abelardo Arciniegas y Abner Duarte. Después nos dijeron que pondrían la planta eléctrica para ver el noticiero. Así fue: vimos el noticiero, vimos dónde quedó el avión, y nos pareció todavía más irreal. ¡Cuándo había de imaginarme que algún día sería parte activa de semejante noticia! Nunca veía noticieros, y ahora ver mi nombre en esa lista de personas me parecía bien raro. (…)

(…) Cuando despertábamos todo parecía mentira. Durante unas décimas de segundo nos decíamos: “¿Dónde estamos?”, y pronto caíamos en la cuenta de la horrible realidad: estábamos secuestrados.

¿Cuándo iba a imaginarme que esto me iba a suceder? Siempre pensé que a la gente la secuestraban porque tenía los miles de millones. Jamás imaginé que eso tan ajeno a mí también podía vivirlo yo. Qué ironía. La vida me ha dado una cachetada. El secuestro llegó a mi familia y no por un pariente lejano, sino por papá y por mí, por dos personas de la misma familia. ¡Sin duda, algo trágico!

Cada día, a cada instante, me pregunto: “¿Por qué esto nos pasa a nosotros? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?”. Lo único que he conseguido es llenarme de odio hacia la vida, porque siento que me había dado la espalda. Siempre supe que en la vida hay cosas injustas, pero hasta ahora sólo he visto espejos; jamás pensé que me tocaría afrontar una injusticia de semejante magnitud.

Los días pasaban largos. Hablábamos mucho. Unos dibujaban con hojitas tableros de ajedrez en el barro: marcaban en la tierra un cuadrado con 64 cuadritos interiores y colocaban en ellos hojas de diferentes formas; las más pequeñas eran los peones, otras los caballos, otras eran torres, y así sucesivamente. Después de un tiempo el juego se perfeccionó con pilas viejas, piedras, trocitos de madera; igual pasó con las damas chinas.

En las noches nos reuníamos en el salón de juegos o comedor, como lo llamábamos, y rezábamos, hacíamos una gran súplica por nuestra pronta liberación y entonábamos cantos de paz.

A este campamento lo bautizamos ‘Campamento de los 32’, pues allí llegamos 32. Pero el 25 de abril nos reunieron y nos dijeron:

—Los vamos a dividir en dos grupos. Unos salen hoy mismo a caminar. Ellos son: Francisco López, Juan González, Laureano Caviedes, Uriel Velasco, Ana María Gómez, Gloria Amaya, Yezid Gómez, Nicolás Pérez, Abner Duarte, Juan Manuel Corzo, Daniel Hoffmann, Fernando Torres, Diego González, Fernando Buitrago, Laszlo Kalli y Leszli Kalli. Alístense. Salimos en una hora.

Papi se fue a hablar con el que nos dio la noticia, y después llegó y me dijo:

—Leszli, a los que se quedan los van a liberar primero. Dime si quieres quedarte.

—Papá, aquí llegamos los dos y nos vamos los dos. Yo me voy pero contigo. Espero que respetes mi decisión —le respondí.

Le dio rabia pero me entendió. Su gran preocupación era yo, pero para mí en ese momento él era mi todo.

Dios sabe porqué hace sus cosas de ese modo. Ante sus ojos todo vale, todo se comprende y todo puede suceder; pero a los hombres nos queda difícil ver y aceptar dichas realidades.

Nos despedimos de los que se quedaban y salimos. No sabíamos en qué dirección íbamos, pues el único medio de orientación era el sol y éste no se veía por la espesura de la selva.

Larga jornada. Eramos 16 y rendíamos un poco más, y por supuesto nos sacaban más el jugo. Salimos a las 10:00 a.m. y hacia las 6:00 p.m. llegamos a otra casita abandonada. La comida fue arroz y fríjoles enlatados; la misma limonada o agualimón.

Descansamos y nos bañamos, y al rato empecé a sentir dolores muy fuertes, pues no había podido hacer del cuerpo. Creo que era por la misma presión, el estrés y la idea de ir por ahí en el monte. Era difícil; aún no lograba adaptarme. Hablé con Ana María y Gloria, porque eran mujeres y les tenía más confianza, y para mi sorpresa me enteré de que no era la única que en dos semanas no había podido defecar. Ellas, las dos, estaban en las mismas. Después comenté con papá, a ver si nos podían dar algo. Entonces supimos que varios hombres tenían el mismo problema que nosotras. Le comunicamos el asunto al mando del grupo y nos dijo que no tenía nada para darnos, pero nos prometió que lo más pronto posible solucionaría el problema.

Era tan pequeña aquella casa que la mitad de nosotros dormía en hamacas y los que tenían colchonetas dormían debajo de las hamacas. Para entonces ya el ELN se había atribuido el secuestro del avión Fokker, pero aún no se sabía, ni se sabe, si es político o económico. Me preocupaba que fuera económico, pues gente millonaria no somos. Si era político, ahí sí el cuento cambiaba, porque sólo sería una forma de presión al gobierno. (…)

(…). El 26 de abril comenzamos la marcha al amanecer. Hizo mucho frío en la madrugada y amaneció lloviznando. A mitad de camino a Yezid Gómez lo picaron las avispas, pues la mula que él montaba las alborotó. Nosotros caminamos en dos grupos. En uno estaban Ana María, Gloria, Yezid, Manuel Fernando Torres, Juan Manuel Corzo, Abner Duarte, Nicolás Pérez y Daniel Hoffmann; en el otro grupo estábamos nosotros, los dos tripulantes de a bordo y yo, la hija de uno de ellos, el comandante Kalli.

El grupo de Yezid nos llevaba como 10 minutos de ventaja. En el momento en que lo picaron las avispas él se quedó atrás de su grupo, les avisó a los guerrilleros que era alérgico a las avispas y les pidió que le consiguieran un Advil o algo así. Cuando los del segundo grupo llegamos adonde estaba él, ya se encontraba tirado en la tierra botando babaza, morado, totalmente helado y convulsionando. La lengua se le puso como una bola y perdió el conocimiento. Fernando Buitrago y yo empezamos a darle masajes cardiovasculares (él me enseñó); cuando se cansaba yo continuaba. Pasaron 20 minutos antes de que volviera en sí. La verdad, pensé que se moriría. Jamás había visto una cosa así en toda mi vida.

La guerrilla que se encontraba en ese momento con nosotros salió corriendo a conseguir droga y a avisar por radio de lo ocurrido. Me sentí bien después, cuando Yezid despertó y nos dijo a Fernando y a mí:

—Gracias, les debo mi vida.

Nosotros le contamos lo ocurrido, pero él no alcanzó a imaginarse la dimensión de lo vivido. Esperamos a que descansara. Después continuamos la marcha.

Llegamos a una casita muy linda donde Ana María y yo le pedimos a la guerrilla que nos dejara hacer melcochas. Cuando terminamos nos acomodamos y dejamos listo el sitio donde dormiríamos. Después nos fuimos a bañar. Ana María y yo seguíamos con estreñimiento.

Ahí nos dejaron descansar dos días. Después continuamos la marcha hacia otra casa abandonada en medio de la selva. Esta vez la jornada no fue tan larga. En esta casa había unas tablas que corrimos para acomodarnos, y de debajo salieron dos alacranes gigantes y una tarántula.

Nos repartieron sábanas. La comida fue arroz, plátanos, fríjoles, y de postre leche condensada; de tomar, esta vez sí hubo una naranjada bien hecha.

Siguió otro día de marcha. Esta vez nos tocó dormir en un cambuche en medio de la selva. No se podía prender una linterna porque llegaban millones de zancudos. Estábamos todos sudados, y cuando nos quitamos las botas fue tenaz: salió una pecueca impregnante. Esa noche nos repartieron gaseosas, papas de paquete, chocolatinas, arroz, carne de res, papas cocidas... Fue muy rico. Dormimos muy incómodos pero con la ilusión de que llegaríamos a un campamento donde nos acomodaríamos mejor.

Llegamos a un campamento lleno de fango, al cual bautizamos ‘Campamento de los 16’, pues éramos 16 personas las que allí llegamos. Era como esas tiendas que hacen en medio de la guerra para curar a los enfermos, muy parecidas todas. Nos acomodamos y después nos bañamos en la quebrada, que era lo único lindo que tenía el campamento. Descansamos esa noche y al otro día nos levantamos un poco más tarde. Ya no teníamos que caminar. Hablábamos con más tranquilidad. (…).

(…). Para Ana y para mí, Gloria Amaya era como una mamá: ella nos daba consejos; nos bañábamos juntas. Esa semana las tres logramos hacer normalmente del cuerpo con unas pastillas que la guerrilla nos dio.

Pero como todo no podía ser perfecto, el 7 de mayo nos reunieron y, ¡sorpresa!:

—Los vamos a dividir en dos grupos de ocho. Los que voy a nombrar salen hoy mismo a caminar: Francisco López, Juan González, Laureano Caviedes, Uriel Velasco, Diego González, Fernando Buitrago, Laszlo Kalli y Leszli Kalli.

Sentí que todo se me desmoronaba. Me hice la fuerte, traté de no llorar... Odio las despedidas. Además, sabía que me tocaría sola, única mujer en el grupo de la tripulación. Dejar a Ana María, que era como mi hermana, y a Gloria, que era como mi mamá, se me hizo tenaz. Papá siempre me ha dicho: “Leszli, tanto en los aviones como en los barcos, en caso de accidente o en algún tipo de emergencia, los últimos en salir son los de la tripulación”. Esa frase llegaba a mi mente una y otra vez. Ahora me repetía a mí misma: “Leszli, tienes que ser fuerte y aguantar”.

La despedida fue horrible: Gloria lloraba, Ana también, y yo con un nudo en la garganta. Tenía miedo. Dijimos una oración. Me senté al lado de mamá Gloria y no aguanté: me puse a llorar. Cuando nos dijeron “Listo, vámonos”, fui la primera en salir para no sentir más dolor.

EDICIÓN 1874

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