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| 11/16/2019 1:15:00 AM

“El descontento social no debe llevar a la violencia”: Sergio Guarín

A pocos días del paro nacional del 21 de noviembre, el director de Reconciliación Colombia explica la relación entre movilización social e insatisfacción con la democracia liberal en el país y en el mundo.

Sergio Guarín sobre la marcha del 21 de noviembre: “El descontento social no de be llevar a la violencia” Sergio Guarín, director de Reconciliación Colombia, explica la relación entre movilización social e insatisfacción con la democracia liberal en el país y en el mundo. Foto: karen salamanca
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*El audio de este artículo está hecho con inteligencia artificial.

SEMANA: ¿Ha aumentado la movilización social en el mundo?

Sergio Guarín: Las protestas que se están dando en todos los rincones –en Francia, Holanda, España, Cataluña, Hungría, Polonia, Indonesia, Hong Kong, Haití, Ecuador, Chile– se deben a una insatisfacción de los ciudadanos por los sistemas políticos. Ese descontento tiene dos elementos en común: uno, la sensación de que el Estado no logró el bienestar para la mayoría de los ciudadanos y generó más desigualdad; y dos, hay un consenso de que la élite y el sistema político son corruptos.

SEMANA: ¿Pero no se supone que la calidad de vida en el mundo ha mejorado en las últimas décadas y que las clases medias se han expandido?

S.g.: Sí y no. Desde la década de los noventa hubo un mejoramiento del nivel de vida en las clases medias, pero ahora se encuentra estancado y su estatus corre peligro. Eso ha generado la sensación de que el sistema no les cumplió sus promesas, porque, aunque tienen un modo decente de vida, es muy frágil. Por ejemplo, ellas sienten, y con razón, que la educación y la salud son muy costosas, que se tienen que endeudar para sobrevivir.

SEMANA: Y eso se traduce en la crisis de la democracia liberal…

S.g.: Digamos que lo que hay es un movimiento mundial que pone en entredicho a la democracia liberal como mecanismo de cambio y de generación de bienestar. Cuando comenzó la tercera ola democratizadora con la caída del Muro de Berlín, muchos países abrazaron la democracia liberal como fórmula para lograr la equidad y la ampliación de los derechos. Con el tiempo, muchas de esas promesas no se cumplieron e hicieron que los ciudadanos comenzaran a cuestionar este sistema. Allí radica la raíz de la crisis.

SEMANA: ¿Cuáles son las consecuencias de este descontento?

S.g.:Aparte del crecimiento de la movilización social, se ha producido un auge del populismo: proyectos personalistas de políticos que ejercen un liderazgo carismático con el que logran capturar ese descontento. Su principal bandera es resolver esa insatisfacción de manera rápida sin importar la institucionalidad, y lo logran, pero esas soluciones son cortoplacistas. El mejor ejemplo es Venezuela. A este problema se suma otro: estos populismos traen consigo un autoritarismo que se traduce en un aumento de la violencia.

SEMANA: ¿Ese descontento con la democracia liberal también ocurre en Colombia?

S.g.:Sí, pero tiene sus particularidades que son paradójicas. Ese descontento sucede en medio de una reducción de la violencia que se viene presentando desde hace dos décadas. Si usted mira la tasa de homicidios por cada 100.000 habitantes de Medellín, en 1992 era de más de 240 muertos y hoy se ubica en 25. Para mí, lo que sucede hoy en Colombia es que justo cuando estamos consolidando el proyecto democrático y una sociedad mucho más pacífica viene este descontento, que genera un choque y una gran incertidumbre. Y eso se relaciona mucho con la percepción que se tiene sobre el proceso de paz. La negociación y la implementación de los acuerdos se dan en medio de una ciudadanía descreída de los políticos, de las instituciones, que piensa que el Estado es corrupto y que la democracia no sirve para solucionar los problemas de la gente.

"En Colombia muchas de las conflictividades han sido mal tramitadas y han dejado un saldo de dolor, y los liderazgos fuertes, en vez de jugarle a la reconciliación, le han jugado a la polarizaición".

SEMANA: ¿Cuáles fueron esas promesas que la democracia incumplió en Colombia?

S.g.:En Colombia hay una cantidad de conflictividades mal manejadas, ignoradas, que han dejado históricamente saldos de dolor y que ahora se suman a ese descontento con la democracia liberal.

SEMANA: ¿Eso significa que el país está fracasando en la reconciliación?

S.g.: En este tema ocurren cosas muy interesantes. En el país rural la gente que vive el conflicto ha sido más proclive a hacer procesos de reconciliación, precisamente, porque ellos ven la necesidad de superar el estado actual de las cosas. En cambio, a nivel nacional sí estamos fracasando porque los liderazgos más fuertes les juegan a la polarización, a la exclusión y al cierre de los espacios de conversación, y eso está haciendo que no veamos algunos logros como un triunfo colectivo. Y el metro de Bogotá es un ejemplo de eso.

SEMANA: ¿Cómo así?

S.g.:Más allá de si es mejor una estructura elevada que una subterránea, la noticia del metro no la celebramos como un triunfo de todos los bogotanos, sino que se convirtió en una disputa entre los líderes de la ciudad. La razón: en ningún momento hubo ese espacio de diálogo entre las distintas partes. Y es que aquí tenemos la costumbre de tomar las decisiones públicas como un triunfo de un sector sobre otro. Nunca consideramos que una decisión implica un perdedor y que tenemos que tomar medidas para mitigar ese sentimiento de pérdida. Eso también es reconciliación. Pero como eso no ocurre, un sector de la sociedad colombiana siente que el sistema democrático le ha incumplido y que es antidemocrático. El mejor ejemplo de esa ausencia para tramitar las consecuencias negativas de las políticas públicas es el de la minería y el medioambiente.

SEMANA: Pero a pesar de esa situación no hemos llegado a extremos de Chile y Ecuador…

S.g.: Sí y por unas razones muy particulares. Históricamente, Colombia no ha sido un país fértil para la gran movilización social. Entre otras cosas, porque los sindicatos no cumplieron el papel de proveer bienes, servicios y bienestar a sus afiliados, como en otras partes del mundo. Aquí ese tema lo tomaron las cajas de compensación familiar. Otro asunto es que Colombia tiene una tradición política en la que es muy importante el orden y la estabilidad. En los momentos más críticos de su historia, siempre la dirigencia ha escogido la estabilidad. Eso sucedió con Rojas Pinilla, con Ernesto Samper y cuando la Corte Constitucional rechazó la segunda reelección de Álvaro Uribe.

No queremos que el descontento social nos lleve a espirales de violencia. Por eso pedimos que las marchas sean ordenadas, con calma y pacíficas, cuando generalmente son disruptivas y generan desorden; en ocasiones, por muchas razones, es casi inevitable que terminen en situaciones de confrontación y de violencia.

SEMANA: ¿Por qué esa estabilidad institucional no ha reducido la insatisfacción social?

S.g.: Porque esa estabilidad tiene su lado negativo. Frente a algún problema, el Estado hace un pequeño ajuste institucional sin que se resuelvan los problemas de fondo. El sistema colombiano funciona como una olla de presión que cada vez que está a punto de estallar se salta la válvula para reducir la presión. Eso significa que los problemas profundos, como la tierra o la justicia, nunca se resuelven, pero se hacen pequeños cambios para mantener la estabilidad institucional y evitar que esos problemas se tramiten por otros medios, por ejemplo la movilización social, como ha sucedido en otros países de la región. Fíjese que lo de Chile empezó por el alza en el pasaje de metro, y mire en lo que va.

SEMANA: ¿Y cómo ve la percepción de la protesta social en Colombia?

S.g.: Acá un buen sector de los colombianos cree que movilización social es igual a desastre social. Y eso se debe, en parte, a la estabilidad institucional que se transmite a los ciudadanos. Preferimos el orden a la reivindicación, y yo creo que esa es una consecuencia directa de la violencia que padecemos. No queremos que el descontento social nos lleve a espirales de violencia. Por eso pedimos que las marchas sean ordenadas, con calma y pacíficas, cuando generalmente son disruptivas y generan desorden; en ocasiones, por muchas razones, es casi inevitable que terminen en situaciones de confrontación y de violencia. Y no estoy haciendo una apología de la violencia. Por otra parte, en Colombia también se tiende a identificar a la protesta social como de izquierda. Como la clase media colombiana es más bien de centro, entonces, piensa que si se solidariza con el movimiento social, le está haciendo el juego político a la izquierda.

SEMANA: ¿Cómo solucionar todo ese descontento con la democracia en Colombia y el mundo?

S.g.:En el caso colombiano, yo creo que lo primero es empezar a tramitar todos esos temas que hemos ido postergando. Por otro lado, hacernos a la idea de que la democracia como la conocimos en los noventa está en crisis y hace un tránsito hacia un modelo de democracia que va a tener al menos tres características: un compromiso muy fuerte con el tema de equidad y corrupción, una base en las identidades de los ciudadanos, y un debate más emocional en las deliberaciones públicas. Tenemos que sintonizarnos con esas características.

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