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| 3/5/2001 12:00:00 AM

Sin palabras

El Día del Periodista los reporteros son noticia por las amenazas y los atentados cada vez más frecuentes

Sin palabras, Sección Nación, edición 979, Mar  5 2001 Sin palabras
El sábado 27 de enero Claudia Gurisatti, periodista estrella del canal RCN y como tal conductora del programa La Noche, se enteró de una noticia nefasta. Ese día las autoridades le dijeron que habían recibido una información creíble sobre un plan para asesinarla. Durante meses, sobre todo después de las entrevistas al jefe paramilitar Carlos Castaño y al prófugo Alvaro Leyva, había recibido oleadas de amenazas contra su vida. No las había desestimado, pero tampoco las había tomado muy en serio. Eran un gaje más de un oficio que, a medida que se intensifica el conflicto armado y se polariza el país, se ha vuelto cada vez más peligroso. Lo que le contaron el sábado era diferente y muy serio. “La ‘Guri’ hizo un balance y decidió irse por un tiempo. Al comienzo estaba muy sensible y ella, que es lágrima fácil, estaba muy triste al darse cuenta de lo que implicaba dejar el país, el trabajo, los amigos”, cuenta un amigo que la acompañó en ese momento tan difícil.

A mediados de la semana pasada Claudia Gurisatti, una vallecaucana que a los 26 años había conquistado la audiencia televisiva y estaba en su cuarto de hora profesional, salió del país hacia Estados Unidos por tiempo indefinido. Su partida fue un escándalo que confirmó el pronóstico que la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) había dado esa misma semana al Ministro del Interior en su informe ‘Violación de Derechos Humanos contra Periodistas y Comunicadores Sociales 1999 – 2000’: “Si en el último año se han duplicado las modalidades de agresión contra los comunicadores, la situación actual del conflicto interno hace prever que en el año 2001 va a incrementarse mucho más”.

El año pasado, según la Flip, 12 periodistas fueron asesinados, 13 salieron exiliados, 15 fueron secuestrados y 11 recibieron amenazas de muerte. Los comunicadores muertos trabajaban en regiones donde se ha agudizado el conflicto armado. La mayor parte de los asesinatos fueron cometidos por paramilitares. “Reportar sobre cualquier aspecto de la guerra civil en Colombia es un asunto peligroso (…). Cubrir a las AUC, sin embargo, es aún más peligroso, porque la organización es tan despiadada como extremadamente sensible sobre su imagen pública”, escribió el año pasado el periodista Frank Smyth en una crónica sobre el exilio de Ignacio Gómez, quien salió hacia Estados Unidos a mediados del año pasado.

La ‘Guri’, como la llaman en confianza sus amigos y como terminaron identificándola cientos de colombianos, fue más afortunada que muchos de sus colegas. Ella recibió el apoyo irrestricto del canal RCN, pudo viajar en el menor tiempo posible, instalarse en condiciones aceptables y continuar con su trabajo en La Noche a larga distancia. La mayoría de los que se exiliaron por razones de seguridad no corrieron con tanta suerte y algunos de los que se quedaron en el país, como Jineth Bedoya, de El Espectador (ver recuadro), tienen que andar escoltados día y noche.



De mal en peor

Entre 1977 y 1999, según la Flip, fueron asesinados 146 periodistas en Colombia. En los últimos años los ataques se han intensificado y, en palabras de Ignacio Gómez, “los periodistas, al igual que los trabajadores de derechos humanos, los funcionarios del sistema judicial, los líderes sindicales y políticos de todas las tendencias, están identificados claramente como objetivos específicos de la violencia política”. El asunto alcanzó proporciones tan escandalosas que el gobierno tuvo que crear el Programa de Protección a Periodistas y Comunicadores Sociales, adscrito al Ministerio del Interior, para colaborarles a los profesionales del ramo que se encuentren en alto riesgo.

La Flip, por su parte, estudia ahora la manera como puede colaborarles a 10 periodistas que se encuentran amenazados por uno u otro motivo. La ayuda puede consistir en la entrega de tiquetes aéreos para salir del país o de pasajes para movilizarse dentro del territorio nacional de una ciudad a otra donde estén más seguros. También puede ser ayuda humanitaria para la subsistencia de los afectados o la asignación de escoltas que los acompañen en sus labores cotidianas. El caso del caricaturista y columnista Alvaro Montoya Gómez, de 51 años, por ejemplo, está en manos de la Flip.

‘Alfin’, el seudónimo con el que se ha identificado durante 30 años de ejercicio profesional, dice con humor que por las amenazas ha sufrido una crisis de identidad: “Yo no sé si soy desplazado, refugiado o desaparecido”. Hace 14 meses dejó de publicar sus caricaturas y sus columnas. Este tiempo ha sobrevivido gracias a los 300 dólares que le envió una agremiación de caricaturistas estadounidenses por cuenta de unos originales suyos que fueron rematados entre sus miembros. No sabe qué pensar de su futuro: “A mí me ha tocado quedarme más por necesidad que por gusto. No tengo plata para irme ni para quedarme”.



Exilio incierto

Los periodistas que se fueron obligados no están más tranquilos que los que se quedaron en Colombia. “La experiencia es traumática, muy amarga y la gente no entiende. La gente piensa que es una bacanería. Es como volver a nacer pero grande”, dice William Parra, periodista de televisión, exiliado en España gracias al apoyo de Amnistía Internacional, una de las organizaciones no gubernamentales más importantes del mundo. Parra no ha podido conseguir trabajo en su medio porque, aunque habla español, no tiene acento ibérico. Además una apendicitis fulminante lo sacó de circulación tres semanas el año pasado y le hizo perder un contrato en un canal educativo. Más que conseguir trabajo lo que anhela es volver a Colombia.

Algunos periodistas amenazados lo han hecho, rendidos por la nostalgia o la necesidad económica. Otros no tienen más opción que adaptarse a su nueva vida. Martín Movilla, periodista de Caracol Televisión hasta su partida a comienzos de 2000, vivió su primera Navidad en Canadá. Fue una experiencia buena, pero no lo suficiente como para dejar de seguir extrañando todo de Colombia. La semana pasada, todavía enfermo porque su estómago se resintió por el cambio de la comida colombiana de la época de festividades a la canadiense del resto del año, vio con unos amigos el video del diario El Tiempo sobre el país y “se me encogió el corazón”. Algo similar deben estar sintiendo tantos otros colegas en su misma situación. Con su partida involuntaria Colombia se va quedando poco a poco sin palabras.

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