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| 10/12/1987 12:00:00 AM

SOLAMENTE UNA VEZ

El único caso en que un Presidente colombiano ha sido reemplazado por enfermedad fue el de Laureano Gómez por Roberto Urdaneta de 1951 a 1953

SOLAMENTE UNA VEZ, Sección Nación, edición 280, Oct 12 1987 SOLAMENTE UNA VEZ
En docenas de ocasiones la Presidencia de Colombia ha sido ocupada por designados, vicepresidentes o ministros delegatarios. A algunos de ellos les tocó turno varias veces: los generales Domingo Caicedo y Jorge Holguín, el maestro Darío Echandía, de quienes llegó a decirse que, como las mucamas, trabajaban "por días" en el Palacio Presidencial. Otros lo hacían por años: Carlos Holguín reemplazó a Rafael Núñez de 1888 a 1892; Miguel Antonio Caro gobernó en la práctica durante diez años sin haber sido más que -durante medio período de Núñez- vicepresidente encargado.
Sin embargo sólo existe un ejemplo en nuestra historia de suplencia que haya tenido su origen en una enfermedad del presidente titular. El Libertador Simón Bolívar, en 1830 confió el poder al general Caicedo para ir a reponerse de sus quebrantos de salud en la Quinta de Fucha (hoy quinta de Bolívar) jugando billar y madrugando al ordeño. Pero sus verdaderos motivos eran políticos: la decisión irrevocable -que pocas semanas más tarde anunciaría ante el Congreso Admirable- de dejar el mando para siempre. Los sucesivos abandonos del poder de Nuñez -en manos de Holguín o de Caro- venían más bien de la pereza de vivir en Bogotá que de alguna enfermedad específica. No fue su propia mala salud, sino la de su mujer, la que obligó a López Pumarejo a dejar por unos meses la Presidencia a Darío Echandía en 1943. Y fue por razones estrictamente políticas que la entregó definitivamente a Alberto Lleras un año más tarde. De modo que, si se exceptúa la brevísima "paloma" presidencial que Turbay Ayala cedió en 1981 al designado Mosquera Chaux mientras se operaba de los ojos, el único precedente de reemplazo por enfermedad es el de Laureano Gómez por el designado Roberto Urdaneta Arbeláez, quien gobernó como presidente encargado desde noviembre de 1951 hasta el golpe de Estado del general Rojas Pinilla, el 13 de junio de 1953: un año y siete meses.
Más frecuente ha sido, páradójicamente, el fenómeno exactamente opuesto. La permanencia en el mando, por razones políticas, de presidentes que por razones de salud eran incapaces de ejercerlo. Fue el caso de Francisco Javier Zaldúa, elegido a principios de 1882, después del primer gobierno de Núñez. Sus médicos le ordenaron que saliera de Bogotá -cuyo clima y altura no le convenían- pero el Congreso no se lo permitió. Y el señor Zaldúa no duró ni nueve meses: falleció en el palacio de los presidentes el 21 de diciembre de 1882, y fue reemplazado por el segundo designado a la Presidencia, José Eusebio Otálora, porque el primero -Núñez- prefirió quedarse en Cartagena.
Pero el caso más pintoresco, y a la vez el más trágico, fue el del señor Manuel Antonio Sanclemente, escogido por Caro para sucederlo en la Presidencia en 1898. Tenía 86 años, y Caro calculó que no podría venir desde Buga a Bogotá para ejercer el poder, que de ese modo seguiría en sus propias manos a través del vicepresidente, José Manuel Marroquín. Así fue, y Marroquín asumió como encargado; pero de inmediato, y para gran indignación de Caro, tomó en serio sus funciones y se empeñó en gobernar personalmente. Caro obligó entonces a Sanclemente a que subiera a Bogotá a posesionarse. Pocos días después, para que no muriera, lo dejaron ir a temperar a Anapoima. Y entre tanto en Bogotá gobernaban los hombres de Caro (el ala "nacionalista" del Partido Conservador) mediante el sencillo expediente de estampar en los decretos la firma de Sanclemente con un sello de caucho.
Devastaba el país la guerra civil de los Mil Días, y el sector pacifista del Partido Conservador (los "históricos") consideró necesario dar un golpe de Estado para ponerle fin. Así lo hizo el 31 de julio de 1900, y fue instalado otra vez Marroquín en la Presidencia. El señor Sanclemente, que protestó, fue llevado en una jaula a la cárcel de Villeta. Caro se indignó en verso, denunciando a "la histórica bandera" que "daba tortura a inmaculado anciano". Pero éste fue olvidado en la cárcel de Villeta hasta año y medio más tarde, cuando una conspiración palaciega contra Marroquín (bajo cuyo gobierno había arreciado la guerra, en vez de apaciguarse) tuvo la idea de rescatarlo -o de recuperar al menos su sello de caucho- para llevarlo a Bogotá y ponerlo a la cabeza de un nuevo gobierno. Nada se hizo, sin embargo, y el señor Sanclemente murió en Villeta el 24 de marzo de 1902, sin que nadie volviera a hacerle el menor caso.
No queda pues, en fin de cuentas, sino un único precedente: el de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta Arbeláez. Tampoco ahí, sin embargo, las circunstancias son compárables a las que corresponderían a un eventual reemplazo del presidente Virgilio Barco por el designado Víctor Mosquera Chaux, pues pese a que los diarios oficialistas de la época dijeron que se trataba de una transmisión de mando perfectamente rutinaria, nada podía ser más distante de la verdad.
No era sólo el detalle de que, como se anunció, "debido al estado de salud del señor Presidente la ceremonia se llevará a cabo dentro de una etiqueta de media gala (saco-levita) y no de gran gala como ha sido la costumbre tradicional en estas ocasiones". Sino de cosas de mucha mayor envergadura. Como en los tiempos de Sanclemente y Marroquín, el país se hallaba en plena guerra civil: la que luego se llamaria "La Violencia". Y, también como en aquellos tiempos, el Partido Conservador en el gobierno se hallaba dividido en dos facciones rivales: la del presidente Gómez y su "camarilla" (la expresión es de Alzate), dueña del gobierno, y la de Gilberto Alzate Avendaño (y, en el trasfondo, el ex presidente Mariano Ospina Pérez), abrumadoramente mayoritaria en el Parlamento. Un Parlamento, por lo demás, exclusivamente conservador, puesto que a causa de "La Violencia" los liberales no habían participado en las elecciones de ese año 51, como no lo habían hecho tampoco en las presidenciales de dos años antes.
De modo que cuando al presidente Gómez, que venía enfermo desde semanas atrás, le dio un derrame cerebral en Palanquero el 29 de octubre, el atropellamiento que siguió no tuvo nada de rutinario. La primera medida consistió en expedir un decreto con la firma de todos los ministros destituyendo al designado que había, el liberal Eduardo Santos, que venía siéndolo desde los tiempos del último Congreso disuelto por Ospina.
Se requería elegir un designado conservador, pero eso sólo podía hacerla el Parlamento, que no se hallaba reunido. Hubo que adelantar su instalación y organizar un verdadera puente aéreo para traer sin tardanza a Bogotá a los 111 congresistas. 109 consiguieron llegar el 30 de octubre, y las sesiones fueron inauguradas esa misma tarde por el ministro de Gobierno, Roberto Urdaneta Arbeláez, en representación del Presidente enfermo.

Urdaneta era, a la vez, el candidato de Gómez a la designatura; pero no contaba con la mayoría necesaria entre los parlamentarios, 83 de los cuales eran partidarios de Alzate Avendaño. Alvaro Gómez, hijo del Presidente, presentó el nombre de Urdaneta como un deseo casi póstumo de su padre moribundo, mientras los médicos de éste sacaban comunicados anodinos sobre su estado de salud. Alzate, calculando que la muerte de Laureano Gómez era inminente y que habría de inmediato nuevas elecciones presidenciales, no quiso quemarse y pidió al Congreso que eligiera por unanimidad a Urdaneta. Así se hizo, con un solo voto en contra: el del hijo de Urdaneta. Pero hubo protestas. Los amigos de Alzate (cuenta la revista SEMANA en esos días) "creyeron que era una arrogante demostración de poderío y desprendimiento, o una entrega de la fortaleza después de haberla tomado". Urdaneta, por su parte, declaró: "Espero que no haya necesidad de que yo ejerza el poder, pues aunque he sido elegido designado a la Presidencia de la República continúo siendo un simple espectador".
Al día siguiente, 1° de noviembre, Laureano anunció su "retiro temporal". Cuatro días más tarde, Urdaneta tomó posesión -de media gala- expresando en su discurso el deseo, ese sí rutinario en tales casos, de que "durante mi gobierno no se derrame una sola gota de sangre colombiana".-

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