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También caerás

El que menos errores cometa ganará la competencia entre Mockus y Santos. Y ambos han demostrado una alta propensión a meter la pata.


La crítica a los candidatos presidenciales porque no tienen programas es muy generalizada pero es injusta. Las campañas tienen equipos de trabajo, documentos y propuestas que no atraen la atención de los medios de comunicación. Entre otras cosas, porque la verdad es que lo más emocionante de una campaña, y lo que demandan los lectores y las audiencias, no está en los mamotretos programáticos que todos los aspirantes presidenciales tienen colgados en sus páginas web, sino en las apuestas sobre quién va a ganar o sobre lo que cada candidato representa.

En la actual campaña hay otra razón por la cual el debate sobre programas carece de atractivo: el parecido entre los planteamientos de los candidatos punteros. Después de casi ocho años de gobierno de Álvaro Uribe, con su popularidad, su fuerte carga ideológica y su estilo de 'campaña permanente', la opinión pública se ha conservatizado y las banderas de izquierda no son rentables para la mercadotecnia electoral. Incluso los dos partidos de oposición, el Polo Democrático y el Partido Liberal, escogieron para esta competencia a sus vertientes más de derecha. Gustavo Petro y Rafael Pardo han tenido que soportar cuestionamientos entre sus propias filas por ser muy entregados al uribismo. Carlos Gaviria y Jorge Enrique Robledo han encabezado ese discurso en las toldas amarillas y Piedad Córdoba, Alfonso Gómez Méndez y Cecilia López, en las rojas.

El pulso electoral tiende a librarse en el terreno de la derecha. La seguridad democrática no solo no se cuestiona sino casi no se discute, excepto para plantear que en los próximos cuatro años debe llevarse a las ciudades. Y eso lo dicen todos. En el campo económico reinan la ortodoxia y el neoliberalismo hasta el punto de que las únicas ofertas de cambio tienen que ver con las famosas exenciones con que Uribe ha favorecido a ciertos sectores, y van en el sentido de dejarle más libertad al mercado. Y nadie niega un apoyo a una "reforma fiscal estructural". Definitivamente, los electores no tienen un dilema entre candidatos prudentes y populistas. En los últimos días, incluso, se ha visto una competencia para ganar electores con credenciales religiosas, mediante mensajes para convencer a los electores de la fe en Dios que profesan los candidatos.

Lo anterior no significa que todos los discursos son iguales. Por supuesto hay matices, y en la medida en que se acerquen las elecciones estos serán más visibles. Tampoco se puede decir que los seis aspirantes principales estén en el mismo lugar de un espectro que tiene perfiles tan variados como Gustavo Petro, Rafael Pardo, Germán Vargas Lleras y Noemí Sanín.

Pero lo que sí es un hecho es que hay grandes coincidencias y que las elecciones de 2010 no se están definiendo por las posiciones frente a algún tema en especial. No existe una idea con fuerza como la de 'vivienda sin cuota inicial' de Belisario Betancur en 1982, la paz de Andrés Pastrana en 1998 o la seguridad democrática de Álvaro Uribe en 2002. Los votantes se están fijando más en valores que en posiciones ideológicas, y aspectos como la personalidad, el talante y el estilo son, hasta ahora, los grandes determinantes de las definiciones del voto.

Metidas de pata

En un contexto tan reñido como el que muestran las encuestas entre Juan Manuel Santos y Antanas Mockus, y sin diferencias programáticas profundas, los aciertos y los errores estratégicos pueden hacer la gran diferencia y definir quién ganará y quién perderá. Y hasta ahora Santos y Mockus han mostrado una gran propensión a meter la pata. Han tenido resbalones que una opinión pública sensible e interesada en la contienda está dispuesta a cobrar en alto precio.

El ritmo de ascenso de Mockus se ha frenado, y aunque de cualquier manera habría sido imposible mantenerlo a la velocidad con que arrancó -después de las elecciones de marzo-, resulta difícil no concluir que en el freno también han tenido que ver los deslices del candidato. En el campo de los verdes, estos han sido esencialmente verbales: declaraciones confusas, frases que no se entienden, planteamientos ambiguos que la contraparte puede explotar o pronunciamientos que necesitan posteriores explicaciones que se han tomado días enteros de la campaña.

El propio Antanas Mockus reconoció, en una entrevista, que sus asesores le han dicho que cambie el orden de sus respuestas: "Que primero diga sí o no, y después explique por qué". Pero en varios casos no ha cumplido. Su formación académica y su actitud de pensador se reflejan en discursos en los que piensa en voz alta, y en consecuencia expresa tanto los argumentos a favor como los que están en contra de un tema. Y la duda metódica que puede ser la columna vertebral de un filósofo y un pensador, en un candidato más puede transmitir la sensación de inseguridad o indecisión. Todo lo contrario de lo que se necesita en una campaña.

Ese estilo le ha jugado al menos tres malas pasadas a Mockus. La primera tuvo que ver con su expresión de que extraditaría al presidente Uribe si lo obligaba la ley. En su columna de El Espectador, Cecilia Orozco demostró que el candidato verde en realidad nunca dijo eso. Pero en el razonamiento hizo alusión a "si la Constitución me obliga" y "si se han cumplido los trámites", que le permitieron a Juan Manuel Santos, en el debate de Citytv, El Tiempo y La W, agarrarse de ahí para criticarle su disposición a extraditar a Uribe. En su defensa, Mockus dijo que no lo haría pero agregó que "estaba mal informado" cuando hizo su primera declaración, con lo cual dejó en el aire una sensación de 'sí pero no' que alimentó el hambre de sus contradictores.

Con el asunto del ateísmo también el candidato verde pagó un costo. Su respuesta original a la pregunta sobre si cree en Dios, en un programa con José Gabriel Ortiz, fue "no me la ponga tan complicada". El candidato habló lúcidamente de espiritualidad y de ética, pero también registró que no va con frecuencia a misa ni atiende servicios religiosos. Ahora ha tratado de enmendar la plana con afirmaciones de que su estilo es sacerdotal, trata a la Constitución como si fuera la Biblia y hace alusiones permanentes a lo 'sagrado' dentro de su discurso de campaña. Nadie menos que el cardenal Pedro Rubiano salió a defender las credenciales de buen creyente de Mockus. Pero han sido muchos días en torno a un tema que se había podido evitar -y que no le conviene- con una frase más clara y contundente en el inicio del debate.

Otro ejemplo de líos innecesarios causados por falta de claridad verbal surgió esta semana cuando Antanas Mockus dijo que "no es que Petro esté invitando a que haya más violencia, pero sigue teniendo teorías que, de algún modo, directo o indirecto, justifican la violencia". En la declaración había matices, y el principal de ellos era que no se trataba de un cuestionamiento al compromiso de Petro con la ley, sino a sectores específicos del Polo que "no han roto lazos de justificación de la pelea armada". Pero las formas y la oportunidad dejaron la impresión de que todo un académico y ex rector cayó en la estigmatización que le hace la derecha al Polo. Y de paso, enterró cualquier posibilidad de una alianza -hasta ahora muy posible- entre los verdes y los amarillos para la segunda vuelta.

Errores que duelen

En el campo de Juan Manuel Santos ha habido graves resbalones estratégicos. El principal fue haber creído que su victoria estaba asegurada por la simple asociación con la seguridad democrática y por la imagen de que era el mejor candidato de la continuidad en la guerra contra las Farc. La U no identificó los deseos de cambio del electorado en materia de costumbres políticas y politiquería sino cuando la ola verde ya estaba desbordada. Muy tarde.

Por la misma razón, la campaña santista dio pasos que fortalecieron la percepción de frescura y renovación de sus rivales, los verdes. En particular, el pulso público con el Partido Conservador por atraer a los caciques políticos de esa colectividad. Santos creyó que su rival sería Noemí Sanín y que en consecuencia salir en una foto con los descendientes de los ex presidentes Laureano Gómez, Guillermo León Valencia y Mariano Ospina era ofrecerles unas puertas abiertas en la U a los electores azules. Para una campaña frente a Mockus, esa imagen refuerza el entusiasmo de los jóvenes con los verdes como fuerza nueva, renovadora y diferente.

Lo mismo se puede decir de la escogencia de Angelino Garzón como candidato a la vicepresidencia. Refleja una visión de unión tradicional y convencional: la de empresarios y sindicalistas. El nombre de Garzón resultó antipático para la derecha, que lo ve con desconfianza, y para la izquierda, que lo critica por 'entregado' al poder. Al lado de esta fórmula, el acercamiento de Mockus con Sergio Fajardo lució como una suma de independientes empeñados en cambiar la política.

Santos, finalmente, ha fallado en entender que la popularidad de Uribe y los deseos de que se mantenga la seguridad democrática no son incompatibles con anhelos de rectificación en el estilo del ejercicio de la política y del poder. El nombramiento de J.J. Rendón, asesor identificado con la llamada 'rumorología' y con las campañas negativas, tuvo el costo de consolidar la percepción de Santos como un hombre ambicioso y sin principios. La cercanía a su campaña de José Obdulio Gaviria y otros jurásicos del régimen que termina proyecta la sensación de que el candidato de la U lleva encima no solo lo bueno, sino también lo malo del uribismo. Esta percepción también se consolidó con la campaña radial que utiliza una voz que imita a la de Uribe. Esa fórmula, que puede ser efectiva pero es sin duda engañosa, manda mensajes inquietantes sobre la ética de esa publicidad.

Si los candidatos que van ganando han dado papaya, los que van perdiendo lo han hecho en mayor medida. Rafael Pardo, candidato liberal que no ha logrado que lo apoye su partido, le puso colores variopintos a la 'L' roja tradicional para atraer a los votantes de otras fuerzas. Pardo, además, se empeñó en asegurar el voto de la maquinaria liberal, incluso con la aceptación de apoyos políticos que tuvieron un alto costo en el electorado de opinión. Germán Vargas Lleras, de Cambio Radical, también se excedió en un manzanillismo que se volvió repulsivo a raíz de la campaña para las elecciones de Congreso del 14 de marzo en la que se utilizaron grandes dosis de politiquería.

Gustavo Petro se creyó el cuento de que los ciudadanos quieren continuidad y fue tímido para explotar las debilidades de imagen del uribismo que los verdes supieron aprovechar. Y, por su parte, la candidata conservadora Noemí Sanín desaprovechó un valioso cuarto de hora cuando las encuestas y los medios la consideraron la rival más probable de Santos en la segunda vuelta, después de su triunfo en la consulta interna del conservatismo. Si en ese momento, en vez de la agria disputa con Arias y del desafiante pulso con Santos para asegurar la maquinaria conservadora, Noemí hubiera lanzado una campaña fresca y renovadora -lo que sí hicieron los verdes- otra habría podido ser su suerte.

Todo indica, sin embargo, que el Presidente que tomará posesión el 7 de agosto será Antanas Mockus o Juan Manuel Santos. El empate es cerrado, y la competencia se definirá, si todo sigue como está, por voto-finish. En una campaña así no se pueden cometer errores. No dar papaya en las cinco semanas que quedan hasta la segunda vuelta parece ser la fórmula ganadora. Y, aunque obvia, la receta hasta ahora ha brillado por su ausencia.