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| 6/27/2004 12:00:00 AM

A tomate limpio

La pugna en el Partido Liberal por la reelección del presidente Álvaro Uribe puede dejarlo dividido para siempre.

A tomate limpio Los últimos tres presidentes que ha tenido la DNL , Piedad Córdoba, Camilo Sánchez y Joaquín José Vives (recién electo), lideran la oposición radical del partido frente al gobierno.
Los colombianos están acostumbrados a las garroteras dentro de los partidos políticos. Unas ideológicas, otras burocráticas y muchas clientelistas. Pero la actual pelea por la reelección en el Partido Liberal se diferencia de las demás. Desde sus toldos, reeleccionistas y oficialistas están en un intercambio de tomatazos que amenaza con acabar lo poco que queda de ese frágil caparazón que es el Partido Liberal.

Aunque entre los liberales siempre ha existido una línea divisoria entre los socialdemócratas y los neoliberales, es decir entre los que le dan prioridad al discurso social y los convencidos de la necesidad de reducir el tamaño del Estado para hacerlo más eficiente, nunca se había llegado al extremo de que un sector intentara acallar al otro amenazándolo con sacarlo de sus filas.

Por primera vez desde que se crearon los estatutos del partido en el año 2000, la Dirección Nacional Liberal (DNL) llegó a pedir al tribunal disciplinario aplicar sanciones graves a por lo menos 11 de los congresistas de sus filas que han respaldado la reelección. Estas sanciones podrían terminar expulsando a algunos de los liberales con mayor fuerza electoral y trayectoria en el Congreso. Entre ellos, senadores como Luis Guillermo Vélez, José Renán Trujillo, María Isabel Mejía y Víctor Renán Barco.

Desde que Álvaro Uribe llegó a la Presidencia, las posiciones del oficialismo liberal se han radicalizado. Hace más de un año, cuando se realizó la convención liberal, se optó por un modelo que Horacio Serpa bautizó de "oposición constructiva pero con independencia crítica". Así, la mayoría de sus miembros respaldaron la idea de apoyar a Uribe en las políticas que se identificaran con los lineamientos liberales y de ejercer control político sobre aquellos temas que no compartían.

Pero en esta misma convención fue elegida presidenta de la DNL la senadora Piedad Córdoba, quien una vez asumió las riendas del partido lo encaminó hacia la más tajante oposición al gobierno. Fue ahí donde muchos de los liberales uribistas quedaron en el limbo. O seguían las líneas oficiales de su partido o se quedaban al lado del Presidente más popular de la historia reciente, que si bien es de origen liberal, varias de sus políticas chocan con los postulados socialdemócratas del liberalismo.

Con el argumento de fortalecer la disciplina partidista, la dirección de Córdoba lanzó los primeros tomates contra los senadores y representantes uribistas. Para ella, "instancias son instancias. Los congresistas tienen el compromiso de acatar las decisiones del partido, que no es un territorio apache. Es una colectividad comprometida con los temas sociales y los derechos humanos. Algunos se acercan a ella como si fuera una casa de prostitución, piden un servicio y después se van".

Cuando el senador Camilo Sánchez asumió la presidencia de la DNL en 2004, la orientación del partido no cambió. En la medida en que su gestión coincidió con el trámite del proyecto de reelección en el Congreso, éste propuso endurecer el castigo a los liberales que insistieran en apoyar al gobierno. Ahí, la pelea entre los dos toldos se agudizó.

Aunque la DNL invitó a los congresistas a votar negativamente otros proyectos del gobierno como la ley de alternatividad penal y el estatuto antiterrorista, sólo frente al tema de la reelección se convocó a un proceso de decisión colectiva.

De 83 congresistas liberales que hay en total, a la votación asistieron 58. De ellos, 50 votaron por el no; seis, por el sí y dos se declararon impedidos. Con el argumento de haber tenido mayorías absolutas en contra de la reelección, Sánchez señaló que los escrutinios legitimaban medidas represivas contra los que pensaran diferente a la DNL. Por eso a principios de junio solicitó al tribunal disciplinario del partido que abriera investigación contra los nueve senadores y los dos representantes que votaron positivamente, argumentando: "Los que están están, y los que no, que se vayan. Contamos con los que sigan fieles a sus principios y no con los que le jueguen al transfuguismo".

La respuesta de los uribistas no se hizo esperar. De ese lado también llovieron tomates contra el senador Camilo Sánchez, en ese momento presidente del partido, al considerar que la apertura de investigación en su contra era una decisión autoritaria. Para los uribistas, no se crearon espacios de discusión previos a la votación que permitieran presentar sus argumentos. Además, los miembros del tribunal ético son cuotas de la dirección, lo que pone en duda su imparcialidad, dicen ellos.

Es innegable que a los partidos políticos en Colombia les falta actuar como bancadas para mejorar su capacidad de representar los intereses ciudadanos. Y en esto la DNL tiene razón. Pero lo que llama la atención es que el argumento de la disciplina parlamentaria y de la unión de bancadas haya surgido en el momento en el que el gobierno de Uribe hizo público su apoyo a la reelección.

En algunos casos, el método de presión ha surtido efecto. Por ejemplo, los senadores Aurelio Iragorri y Víctor Renán Barco acudieron al tribunal y así terminaron legitimando las instancias del partido. Pero otros, como José Renán Trujillo y Luis Guillermo Vélez mantienen su posición de aguantarse los tomatazos hasta el final. "Apoyar a Uribe es un acto de consecuencia con los principios liberales. Sería ilógico no apoyar al mejor de los presidentes de origen liberal que ha tenido Colombia", afirma Trujillo.

La fuerte reacción de la DNL está sustentada en la necesidad de abonarle el camino a un candidato propio del partido que hasta hoy parece tener nombre propio: Horacio Serpa. Y para nadie es un secreto que de nuevo Serpa es la principal ficha presidencial del ex presidente Ernesto Samper. Por eso los tomatazos también se están presentando a otro nivel entre él y Uribe.

La actual división del Partido Liberal, a diferencia de otras anteriores, podría terminar generando una ruptura definitiva entre las dos alas del partido. La reelección y la popularidad de Uribe han planteado una reconfiguración repentina del mapa político. De ahí que sea probable que a escala nacional se replique la alianza entre el sector oficialista liberal y el Polo Democrático que se dio en Bogotá. Con la llegada del representante oficialista Joaquín José Vives a la presidencia de la DNL, el panorama del partido no cambiará mucho y el acercamiento con la izquierda democrática seguirá siendo un camino viable. Como él mismo lo señaló en su posesión, "el partido cambia de presidente pero no de Dirección".

Lo que se vislumbra para los liberales en el futuro es que habrá tomatazos para rato y que estos, a medida que el proyecto de reelección avance, irán volviéndose más intensos. Y tal como están las cosas, el único camino que les queda a cada uno de los bandos es armar, de una vez por todas, tienda aparte.

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