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| 4/15/2006 12:00:00 AM

Tumbas a ras de tierra

Tras el escalofriante hallazgo de una fosa común en el Catatumbo, SEMANA cuenta cómo es un día en la vida de una de las agentes que buscan y exhuman los cadáveres en las zonas de violencia?

Tumbas a ras de tierra Tumbas a ras de tierra
La pala se clava entre la tierra húmeda y produce un golpe seco como el de una campana. "Ahí está, ahí está", exclama la agente Margarita Fernández, de 38 años. Tiene el cabello empapado por la lluvia, el rostro salpicado de barro y la ropa sucia y rasgada. Su esbelta figura contrasta con la dureza con la que en esta noche ha empuñado su mini-uzi.

Sólo ahora, a las 3 de la mañana, se tercia el arma y toma un palustre. Se arrodilla entre la yerba y empieza a quitar la tierra alrededor de la señal marcada por la pala. Según los informes que tienen ella y el equipo de investigadores que la acompañan, allí están sepultadas seis personas. Fueron torturadas y asesinadas por un grupo paramilitar que las obligó a abrir su propia tumba. Allí en este sitio inhóspito que con el tiempo se cubrió de maleza y en el que germinaron flores silvestres.

Iluminados por linternas, dos agentes más la ayudan en su tarea mientras otros tres montan guardia en prevención de un ataque. Están alerta porque saben que en esta región de los Montes de María, en el sur de Bolívar, en cualquier momento pueden caer en una emboscada. El fuego enemigo se puede presentar incluso en este momento, cuando se desgaja un torrencial aguacero que los obliga a suspender la excavación para refugiarse entre la manigua.

-"Esto pasa en 10 minutos", dice el testigo que los ha guiado hasta aquí y que se mueve en la zona como pez en el agua. Tiene 25 años, un rosario de muertes encima y mucho arrepentimiento. Afirma que los fantasmas lo persiguen y que por eso decidió colaborar con las autoridades. "Los muertos no me dejaban en paz".

La expresión le provoca una sonrisa a la investigadora criminalística Margarita Fernández. "A los que hay que tenerles miedo es a los vivos", le asegura.

Esa consigna la ha llevado siempre. Desde sus tiempos de estudiante de colegio en su natal Barranquilla, cuando en una excursión se encontró a boca de jarro con el cadáver de una adolescente. Recuerda que le dio mucha tristeza ver a la joven allí tirada y que también la invadió un temor enorme. No por el cuerpo inerte, sino porque el asesino estuviera rondando aún por allí. "Los muertos se quedan quieticos", pensó. En cambio, el agresor podía estar al acecho y hacerle daño.

Luego entró a la Universidad Metropolitana de Barranquilla y estudió odontología y de allí pasó a especializarse en ciencias forenses. Entonces entró al Cuerpo Técnico de Investigaciones (CTI), de la Fiscalía General de la Nación. Y cuando estuvo lista se dedicó al trabajo, en el que se encontró de frente con una realidad dura, cada vez más violenta, cada vez más cruel.

Hoy es una de las responsables de la exhumación de las fosas en la costa Caribe. Sin un visto suyo no se mueve, ni se traslada ni siquiera un huesito de un cuerpo hallado en esta región del país. Por eso, durante la mayoría de días y noches de los últimos 10 años, ha visto los muertos, los ha estudiando, los ha analizado e incluso ha dormido junto a ellos, como en aquella ocasión en la que, tras el hallazgo de una masacre, estuvo trabajando durante tres días continuos hasta que la venció el cansancio y terminó rendida ante esos restos inertes y soñó plácidamente.

Pero, ¿no le impresionan los muertos? "Aunque ha habido casos excepcionales, los llevo marcados en mi memoria", cuenta. Entonces recuerda aquel día en que llegó en compañía de los miembros de la comisión de investigadores a El Salado, en donde los paramilitares al frente de Salvatore Mancuso habían cometido una de las peores masacres de la historia reciente. Era un día de sol de hierro fundido del mes de febrero de 2000. Afirma que desde el momento mismo en que salieron de El Carmen de Bolívar para hacer el trayecto de 19,5 kilómetros hasta el pequeño poblado en donde habían ocurrido los hechos, empezó a sentirse ahogada por el olor putrefacto de la masacre.

Cuando llegaron allí y empezaron a encontrar una tras otra las víctimas, algunas acuchilladas, las otras descuartizadas, el olor a descomposición le impedía respirar. Reconoce, sin embargo, que no logró establecer si era el aire denso de la muerte o el impacto de los sobrevivientes: un pueblo al que habían masacrado durante tres días seguidos entre música vallenata y botellas de ron como si de un fandango se tratara. "Ese día vi el infierno".

La otra ocasión fue hace muchos años, en una de sus primeras salidas al campo. Encontró el cuerpo de una persona que en la primera imagen no supo distinguir si en vida fue una mujer o un hombre. La única certeza fue que vio diáfanos los gusanos que habían devorado la mayor parte de su carne. Y aunque tuvo dudas porque ya no se trataba de un ejercicio teórico, se armó de valor, se puso los guantes, se cubrió la nariz y la boca y empezó a quitar los gusanos uno a uno para limpiar el cuerpo y establecer su identidad. Sin embargo, la venció el hedor y al sentir que la carne se le deshacía en sus dedos, se paró, corrió, cayó de rodillas y vomitó.

Y también le ocurre que llora cada vez que le toca el hallazgo y el examen de un menor de edad, especialmente una niña. "Es una cosa que a pesar de los años no he logrado dominar. Lloro. Lloro mucho cuando estoy trabajando en el cuerpo de una niña".

Ella explica que seguramente eso le ocurre porque como tiene dos hijas, se le sale su condición de madre y no puede evitar imaginar cómo es posible que haya gente en este país que sea capaz de hacerles algo tan malo a seres tan indefensos. Paradójicamente, este es un buen impulso para continuar mejorando en su carrera. "Es imposible describir la mirada de una madre que encuentra a su hija desaparecida tras muchas noches de angustia, sentencia. Sabemos que se la entregamos muerta, pero una nota en ellas esa sensación de descanso y de poder decir: 'Ahora yo misma la llevaré a su tumba donde podré llevarle flores'. Por eso trabajamos nosotros en el CTI. Porque para las víctimas de la violencia no hay nada peor que la incertidumbre".

Esa es precisamente una de sus misiones: identificar a las víctimas, devolverles el nombre que alguna vez tuvieron, recobrarles su historia. Como en el caso de las fosas comunes con cerca de 30 cuerpos hallados la semana pasada por otra comisión de la Fiscalía en el La Gabarra, en la región del Catatumbo (Norte de Santander). Ese logro para estos investigadores es un hecho inmenso. Es el punto de partida para iniciar un trabajo en donde la ciencia y la tecnología desempeñan un papel fundamental y que en síntesis es como ver una película desde el final. Se sacan los restos, se limpian, se analiza su carta dental que es como una huella, con lupa se miran todos los detalles alrededor de la fosa y así como en un rompecabezas, se le va dando rostro a la víctima hasta lograr establecer cómo murió, cuándo, en qué circunstancias, en qué momento y, muy probablemente, a manos de quién. ¿Cómo? A partir, por ejemplo, de un detalle simple como una colilla de cigarrillo es posible armar el ADN de la persona que lo fumó mientras la vida de otro se iba.

Y, como en esta madrugada, en la que este muchacho de 25 años, se cansó de matar y decidió colaborar con la justicia y revelar el sitio en donde posiblemente estarían varios cuerpos. La cita fue en el CTI en Barranquilla a las 6 de la mañana. Durante cerca de seis horas estuvieron interrogándolo para verificar cada una de sus palabras. Como agentes deben tener la certeza primero de que no se trata de una trampa en la que puedan poner en riesgo sus vidas y también que no es un charlatán que los haga perder su tiempo y de paso los desvíe de investigaciones más importantes.

Al mediodía salieron en carro hacia el lugar de los hechos. Cuando viajan a zonas de orden público, en la mayoría de los casos tienen apoyo del Ejército, que los blinda con un cordón de seguridad. En este caso no fue posible porque la tropa estaba concentrada en otro lugar librando fuertes combates. Durante cuatro horas transitaron por carretera, pero después tuvieron que abandonar los carros porque la trocha era imposible. Empezaron a caminar entre la montaña. Cayó la noche y empezó a llover. Margarita Fernández se resbaló en dos ocasiones por entre senderos llenos de matorrales. Su ropa se rasgó. Otro de los agentes se lesionó un tobillo al pisar mal en un hueco. Otro más se hundió en un fango.

A las 2 de la mañana iban exhaustos, hambrientos y sedientos. "Ya vamos a llegar", reiteraba el testigo. "Son seis y están completos". La investigadora suspiró porque en varias ocasiones se encuentran apenas con partes. En una ocasión, ella viajó por toda la costa Caribe con sólo una cabeza porque no hallaron las otras partes del cuerpo. La llevó en su carro a Barranquilla. La depositó en la bóveva en donde hoy reposan cientos de partes que ellos, bajo un complejo sistema científico, clasifican, identifican y procesan. Su trabajo lo hace mientras escucha música o la radio con las noticias. Y hace pausas para ir a comer, al cine o a bailar, como si se tratara de una ejecutiva más. "Claro, es que nosotros somos como cualquier colombiano de bien que quiere y trabaja para que este país sea mejor, dice. Por eso, yo trabajo todo el día, cuando no estoy excavando en la montaña, y por la noche llego a mi casa a jugar con mis niñas, a ayudarlas en sus tareas, a dormirlas. No importa lo que haya visto en la jornada".

Y ¿qué cosas ha visto? "Tantas y tantas. Aunque siempre habrá algo que la sorprenderá a una porque la violencia no tiene límites. Uno llega al sitio y empieza a cavar y no sabe lo que va a encontrar". Lo dice ahora a las 4 de la mañana, en una zona rural, cuando ha amainado el aguacero. Ella y sus compañeros vuelven al palustre, entre el fango, y se arrodilla en lo que parece ser otras más de las tumbas a ras de tierra.

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