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| 11/4/1991 12:00:00 AM

VACAS FLACAS

Engordar lotes en Bogotá va a dejar de ser buen negocio con el nuevo gravamen de valorización.

VACAS FLACAS, Sección Nación, edición 492, Nov  4 1991 VACAS FLACAS

UNO DE LOS ACTOS MAS controvertidos de la administración del alcalde de Bogotá, Juan Martín Caicedo, ha sido la puesta en marcha de la contribución de valorización, un gravamen que ha estado congelado durante cerca de seis años y ha sido objeto de largos debates jurídicos. Esta contribución, que pretende captar en dos años 167 mil millones de pesos para financiar el Plan Bienal y la malla vial complementaria, y que equivale casi a seis captaciones de impuesto predial, ha provocado las más duras polémicas.
Las cifras hablan por sí solas: Bogotá sobrevive gracias a unos avaluos prediales que datan del principio de la década de los 70, y que son poco representativos del verdadero valor de las tierras. El impuesto a los predios, calculado sobre esa base, suma 18 mil millones de pesos y equivale a una contribución de cinco dólares per cápita Resulta claro que con semejante pobreza no se pueda pretender desarrollar la ciudad. Ante esta situación, la Alcaldía de Bogotá diseñò un sistema de recaudo de contribuciones a la valorización por beneficio general, que hará que los ingresos del Distrito por concepto de tierras pasen de 36 mil millones a 167 mil millones de pesos en dos años.
Un salto de uno a cinco en un impuesto no podía dejar de convertirse en un escándalo, y eso es precisamente lo que parece estar sucediendo. Entre los que han puesto el grito en el cielo se encuentran los dueños de lotes situados dentro del perímetro urbano, Si bien es cierto que existen más de 76 mil terrenos brutos en Bogotá y que en muchos casos se trata de lotes de engorde, la medida ha hecho que, con frecuencia, paguen justos por pecadores.
En el caso de los terrenos sin construir, el gravamen parece partir de ur principio errado: a pesar del gran valor que los lotes tienen actualmente, ésto, no generan recursos, Valorización no quiere decir liquidez y no es lo mismo tener lotes que plata en el banco; muchos de los propietarios de terrenos na tienen los millones que deben cubrir. El caso de los constructores y de los urbanizadores es uno de los más graves, pues para ellos la medida resulta puramente confiscatoria. Los terrenos que por alguna razón no hayan sido construidos pueden llegar a pagar hasta más de nueve mil pesos por metro cuadrado, dependiendo de su localización. En ese caso se encuentra una prestigiosa firma urbanizadora de Bogotá que actualmente tramita licencias de construcción de 210 mil metros de terreno. Por cuenta de tener esas tierras en bruto, la firma calcula que su contribución asciende a más de 700 millones de pesos Casos como éste han hecho que muchos de los propietarios se vean obligados a vender una parte de sus terrenos para pagar la contribución, con el agravante de que si piensan en hacerlo, se ven encerrados en un círculo vicioso de trámites que les impiden resolver su situación: si no han pagado el gravamen no pueden obtener el paz y salvo, y si no tienen ese documento tampoco pueden vender. El resultado es que, para muchos constructores, el gravamen de valorización resultó ser, en resumidas cuentas, una hipoteca.
Otro tipo de instituciones, que por su vocación misma poseen grandes áreas sin construir, también han resultado afectadas por el gravamen de valorización. En ese caso se encuentra el Country Club. Por cuenta de los 36 hoyos de golf, el Country tiene más de 120 hectáreas sin construir en pleno corazón de la ciudad y en uno de los estratos más altos. Esto ha hecho que, de aplicarse el gravamen al pie de la letra, el Club deba pagar sumas astronómicas que algunos observadores calculan cercanas a los dos mil millones de pesos.
Resulta obvio que casos extremos como el del Country, el del Club Los Lagartos y el de muchas compañías de construcción, el IDU se verá obligado a mostrarse flexible. Sin embargo, el rezago de seis años en el cobro del gravamen de valorización ha dejado un hueco tan grande, que cualquier solución requerirá que los bogotanos se echen la mano al dril... hasta el fondo.

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