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| 8/7/1995 12:00:00 AM

VOTO AMARRADO

EL Voto obligatorio, propuesto la semana pasada por el gobierno, es la típica idea que funciona en la teoría y fracasa en la práctica.

VOTO AMARRADO VOTO AMARRADO
CUATRO AÑOS DESPUES DE que algunos sectores de la Asamblea Nacional Constituyente trataron en vano de instaurar el voto obligatorio, y luego de que la práctica demostró que la nueva Constitución no bastó para cambiar las costumbres políticas, vuelve a surgir el debate sobre la conveniencia de forzar a los electores a acudir a las urnas. Además de dos iniciativas que cursan en el Congreso actualmente, el ministro de Gobierno Horacio Serpa -uno de los mayores defensores del voto obligatorio en 1991- volvió a poner el tema en el tapete durante la instalación del encuentro sobre partidos políticos que se celebró en Cartagena la semana pasada.
¿Pero podrá el voto obligatorio enderezar la democracia colombiana? Los argumentos de quienes se han pronunciado a favor de implantarlo son convincentes. Sostienen que en una democracia la mayoría debe ser la que decide, y es eso precisamente lo que otorga legitimidad a los elegidos. Sin embargo en Colombia, en ciertas contiendas electorales, el abstencionismo ha superado el 70 por ciento. En otras palabras, siete millones de colombianos eligen por los otros 10 millones. En estas condiciones los elegidos, aunque sea por la mayoría, siguen siendo los señalados por una pequeña minoría. Como lo sostienen Alberto Ramos y Miguel Yusty, "las mayorías no pueden seguir siendo obtenidas sobre la abstención de las verdaderas mayorías, que son los abstencionistas". A diferencia de lo que sucede en Colombia, en Ecuador -donde el voto es obligatorio desde 1979- los niveles de participación superan el 70 por ciento del potencial electoral.
Quienes abogan por la obligatoriedad del sufragio sostienen, por un lado, que los que terminan saliendo favorecidos con la abstención son los caciques electorales y sus grandes maquinarias, pues convierten el voto en una mercancía que ellos obtienen a cambio de puestos, de prebendas o de dinero. En este sentido, el voto obligatorio haría mucho más difícil y costosa la manipulación y compra de sufragios, pues con 17 millones de electores, las sumas necesarias para hacerse elegir a punta de comprar votos serían imposibles de pagar con dinero o con favores. Por otro lado, la figura podría hacer menos costosas las campañas electorales, pues buena parte del dinero que se gasta en ellas es para vencer el abstencionismo.
Sin embargo, aunque la teoría apunte hacia la conveniencia de implantar el voto obligatorio, en la práctica los resultados son distintos: en países como Venezuela, Ecuador o Perú, donde los ciudadanos tienen la obligación de acudir a las urnas y existen sanciones para quienes no lo hagan, buena parte de la población no vota. Después de todo, ¿qué puede importarle a un campesino de La Guajira que no lo dejen contratar con el Estado o sacar un pasaporte? A este respecto, el constitucionalista peruano Enrique Chirinos afirma: "La multa no es cuantiosa y muchas veces es objeto de amnistía, de modo que la pregonada obligatoriedad del voto es bastante relativa".
Independientemente de esto, en la práctica el voto obligatorio no ha transformado ni el escenario ni el comportamiento político de los ciudadanos de ningún país. La experiencia demuestra que las cifras aumentan, pero la política no cambia: los partidos no mejoran, el clientelismo no desaparece. Muy por el contrario, la obligatoriedad y la existencia de sanciones lo que hacen es desacreditar el voto y lo vuelve antipático ante los electores.
Más allá de todas esas consideraciones, el verdadero problema filosófico detrás de la imposición del deber de votar es si, como lo afirma el constitucionalista Juan Carlos Esguerra, a las personas se les debe "embutir la democracia ". Para algunos sectores resulta más coherente con los principios democráticos el dejar a los ciudadanos en la libertad de elegir, no sólo a sus mandatarios, sino si desean o no participar. Y es que para muchos no votar es, por sí sola, una actitud tan legítima como hacerlo.

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