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| 1/30/2005 12:00:00 AM

Cuestión de sensatez

Martes 01. Es hora de darnos cuenta que nos rige el dios de la guerra, acompañado del de la envidia, el egoísmo y la indiferencia, escribe Mauricio Acosta, lector de SEMANA.COM

Cuestión de sensatez Cuestión de sensatez
Desde el comienzo de la humanidad hemos pretendido adorar a gran variedad de dioses, convirtiendo en ser supremo a ídolos, animales y plantas, fenómenos naturales, simples objetos e, incluso, hombres.

Pero basta con darle un vistazo a la historia para aceptar la triste verdad: al único dios que hemos servido es al de la guerra. Todo lo que somos lo hemos construido a través de él y los cimientos de nuestra civilización descansan sobre la sangre de muchos seres humanos. Así, logramos convertir a nuestro planeta en un inmenso templo donde se le rinde sacrificio inmolando a nuestros semejantes.

Sin embargo, no lo hemos adorado sólo a él, llevados por el miedo a reconocernos en el prójimo y a aceptar nuestra propia vulnerabilidad, creamos todo un panteón por donde se pasean el poder, la envidia, el egoísmo, la violencia, la indiferencia, el placer material, la venganza, el rencor y la estupidez, entre muchos más.

Con esto no estoy negando la certeza de que hay un Dios. Pero esta certeza no es cuestión de religiones o creencias, es sensatez y ella nos indica que vamos por el camino equivocado. ¿Cuántos más de nuestra misma especie tienen que dar su vida para que sigamos creyendo en líderes, espirituales o políticos que, por acción u omisión, nos llevan a rendirle culto a la guerra? ¿Cuántos más tendremos que sacrificarle a ese dios a quien nuestra propia mezquindad ha convertido en el principio de todo cuanto inventamos? ¿A cuántos más veremos con indiferencia mientras marchan a engrosar las filas de combatientes? ¿Cuántos insensatos se enlistarán como voluntarios, para servir al ejército de un desquiciado?

Es tiempo de detenernos y buscar al Dios verdadero y el único camino que hay para encontrarlo está dentro de nosotros mismos. Sólo de esa manera podremos reconocer en el otro lo indefensos que somos y entenderemos al fin que lo único sensato que nos queda por hacer es adorar al Dios que habita en cada uno de nosotros. Habrá algunos que sigan adorando al viejo dios, habrá algunos que no creerán en ninguno, y habrá quienes encuentren a quien es. No importa en que religión, creencia o corriente de pensamiento lo pongamos, será el Dios que a cada uno nos haga más humano.

Nada debería tener más valor que cada vida humana, ni la Tierra misma y todo cuanto hay en ella, y mientras no le demos su justo valor y concentremos nuestro conocimiento en preservarla, pereceremos.

* e-mail: macosta25@yahoo.com

EDICIÓN 1879

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