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| 6/19/2005 12:00:00 AM

De la tortura al placer

Martes 21. Dixon Moya , lector de SEMANA.COM, cuenta cómo ha cambiado la experiencia de ir al peluquero.

De la tortura al placer De la tortura al placer
En mi niñez, la silla de la peluquería era un suplicio, un aparato de tortura. Algo comprensible, ya que se trataba de un sillón mecánico, pesado, parecido al del odontólogo, propiedad del barbero, un hombre rudo, entrado en años, pensionado del ejército, acostumbrado a cortarle el cabello a compañeros de armas. De allí que en la pared se viera el cuadro con los diferentes cortes que eran réplica del mismo estilo militar (cuadrado, argentino, americano, humberto).

Quizás por eso en mi adolescencia tardía en la universidad, decidí dejarme un par de veces el cabello largo. Más que por rebeldía justificada o estética sin razón (no me venía bien la melena), creo que se trataba del recuerdo temeroso del señor peluquero, su imagen afilando la navaja en una correa de cuero que se desprendía de la silla, pero sobre todo el artefacto sin nombre que no cortaba, sino halaba los pelitos de la nuca, infame instrumento de terror del cual recuerdo su dolor intermitente.

Ahora la situación ha cambiado radicalmente. La silla de la peluquería se convirtió en un confortable asiento que da vueltas sobre su eje, liviano sin accesorios intimidantes, en el cual puedo leer tranquilo mientras las manos delicadas de una estilista modelan mi cabello. En algún momento de mi trasiego existencial, descubrí que la peluquería era un buen lugar para leer, menos incómodo y peligroso para los ojos, que los automotores, casi tan pacífico e íntimo como el inodoro. Al final la lectura se perfuma con una refrescante loción, letras con buen aroma.

A pesar de los ruidos propios del medio ambiente peluquero, música, chismes de conocidos, voces de mujeres y algunos hombres, en el momento en que uno se sienta a que le corten el cabello, o bien se comienza un diálogo intrascendente con el o la profesional de las tijeras o por el contrario, en respeto a tan delicada misión que podría ocasionar una herida fatal, el paciente se silencia y se dedica a la lectura concentrada.

De todas formas, consecuente con la naturaleza paradójica humana, en ocasiones añoro la peluquería de la infancia, al señor barbero con su bata blanca, el anuncio multicolor de la entrada que parecía contener el secreto del movimiento perpetuo, el cuadro en la pared con su galería de cortes milimétricos, el alivio que me producía una especie de hielo seco que el buen hombre me aplicaba, luego del padecimiento del instrumento anónimo del segundo párrafo. Por último, el olor a talco que se desprendía de la brocha mágica, el cual ahora empapa esta remembranza.

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