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| 1/30/2005 12:00:00 AM

Dos caras, una moneda

Miércoles 2. Manuel Rodríguez Díaz, escritor venezolano lector de SEMANA.COM, escribió sobre las caras opuestas que nos caracterizan: la feliz y la triste, la falsa y la auténtica, la bonita y la fea.

Dos caras, una moneda Dos caras, una moneda

(I)

La cara feliz. En algunas culturas es disimulada, escondida tras máscaras de expresión lejana, mostrada únicamente , y no sin recelo, en la intimidad, al ser motivo de vergüenza por considerarse pecaminosa. Otras formas de pensar y existir la llevan hasta cuando no es real y sincera, sino afeite y vacuidad, ya que su posesión es considerada indispensable para todo, desde ser aceptado en la escuela de primeras letras, atravesar las distintas etapas del crecimiento y llegar a la adultez, hasta para poder contar con un muy concurrido y elegante servicio funerario por ser un muerto de buena cara.

La cara triste. Algunos la llevan con cierto aire de orgullo, cargan lo que podríamos llamar una pena importante, preñada de reflexión y no desprovista de un toque de desencanto por todo el genero humano. Otros, en cambio, tienen una tristeza triste, abatida, cansada. Corroída y magullada de tanto repetirse.

La aceptación de la cara triste como norma y manera natural de lucir, es bastante común en muchos lugares, al punto que hay quienes, aún estando alegres, se cuidan siempre de mantener una expresión de desolación y congoja, no vaya a ser que se les acuse de estar burlándose de los demás o, todavía peor, de robarse las sonrisas de aquellos que no las tienen.

(II)

La cara falsa. Miente. Miente porque es feliz mintiendo, no sabe decir verdades o siente su verdad tan insignificante que, cree, necesita mentir.

Algunos llevan su cara embustera guardada en un bolsillo o en la cartera, para usarla cuando lo consideran conveniente. Estos pueden ser los más peligrosos entre los falaces, ya que usan su capacidad para distorsionar hechos, palabras y hasta principios inmutables, de manera premeditada, a sangre fría, pues.

También están quienes mienten por cobardes, rastreros, tristes aprovechadores; se saben incapaces de inspirar respeto, de ser diligentes y constructivos. Por eso se arriman, babosos y adulantes, a quienes detentan poder o demuestran capacidades, tratando de engañarles con voces y gestos de sumisión, esperando recibir una ración de migajas que fingirán agradecer. La cara falsa abunda y aparece por todos lados, en calles, televisores, oficinas, bancos, alcaldías y ministerios.

La cara auténtica. Casi siempre menospreciada, vilipendiada, menoscabada, rechazada. Sólo puede ser llevada en alto, de frente, con eso que llaman dignidad. A su portador no puede ni debe inquietarle el hecho de que cargarla no esté, y tal vez nunca ha estado, de moda. Quien la tiene la usa a toda hora y en todo lugar, ya que es la única que posee. La cara auténtica, franca, es metal precioso, bien invalorable que no todos tienen, no todos aprecian y no todos reconocen cuando la ven.

(III)

La cara bonita. La más vendida, ansiada y admirada de las caras. La afanosa búsqueda por ponerse en una de estas lleva a más personas de las que estarían dispuestas a admitirlo, a hacer gastos, sacrificios y tomar, algunas veces, verdaderos riesgos para su salud; tan grande es su importancia y tantos son los beneficios que se le atribuyen. La cara bonita clama por atención desde vallas, noticiarios, páginas de prensa, esquinas, aceras, pasarelas, salones de fiesta, bares, trenes, y prácticamente cualquier sitio donde estén reunidas, por azar o convocatoria, al menos dos gentes. Es motivo creciente de lucro y sustento para quienes la prometen a través de cremas, cirugías, rayos láser y otras formas de tortura, y para los que, teniéndola de un modo u otro, hacen de lucirla su forma de ganar el pan.

Desde épocas perdidas en la enredada maraña de los tiempos, la cara bonita ha sido objeto de culto y adoración, al considerarse bendición y muestra palpable del Bien, la Salud y la Verdad.

Aunque a veces, la cara bonita, es tan sólo fachada y parapeto que oculta insulsez y vacío, puede ser arma y herramienta útil para la difusión de ideas, conceptos, o cualquier otra vaina positiva que, al estar tan bien presentada, logra captar la atención y el espacio que de otra forma se le negaría.

La cara fea. Una idea, por valiosa que pueda ser, si es demostrada por un rostro que no concuerde con lo que se considera Belleza, es rechazada por romper los parámetros inconscientes con los que se juzga lo que debe ser lo bueno, saludable y verdadero. Han de ser altas las dosis de inteligencia, buen humor, creatividad, simpatía y varios etcéteras, necesarias para andar por ahí mostrando una imagen incongruente con los cánones asociados a la guapeza, y no recibir portazos literales o figurados.

Una cara fea es asociada desde milenios atrás y en muy diversas civilizaciones, con el Mal, el Peligro, el Pecado. Con todo lo que debe ser temido y evitado.

No hay forma de establecer de manera definitiva como debe ser la cara bonita y como debe serlo la fea, aunque cada vez es más pronunciado el intento de implantar estándares universales. Bonito o feo, bueno o malo, agradable o desagradable, son conceptos tan variados como diversa es la población humana de esta pelota llamada tierra, que da vueltas en el Universo sin que le importen un pito esos asuntos.

* www.manuelrdiaz.8m.com  

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