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| 2/14/2005 12:00:00 AM

Ni guerra ni terrorismo

El académico Luis García explica por qué no está de acuerdo con el artículo de portada de esta edición '¡Sí hay guerra, señor presidente!'

Ni guerra ni terrorismo Ni guerra ni terrorismo
"Sí hay guerra, señor presidente", afirma categóricamente la revista Semana en su portada, y añade: "Álvaro Uribe sostiene que en Colombia no hay conflicto armado sino amenaza terrorista. ¿Cuál es la diferencia y por qué es tan importante la controversia?"

Sobre este asunto nos ocupamos un año atrás. Aunque el problema real es sangriento, estéril, genera inseguridad, etc., su denominación correcta no es un mero entretenimiento lingüístico, en tanto entraña importantes consecuencias sobre cómo enfrentarlo, resolverlo, relación con los combatientes y con la comunidad internacional.

Discrepo con Semana, primero, porque la palabra "guerra" se aplica correctamente a confrontaciones armadas entre naciones o bandos de una misma nación, incorpora lucha política, territorial y material en campo abierto y tiene connotaciones de grandiosidad, de epopeya, de cambios históricos. Segundo, la revista ni siquiera explica porqué debe llamarse guerra. Además, la inicial confrontación con la guerrilla se acabó, porque ésta implica apoyo popular, politización, flexibilidad táctica (tal vez lo único que conserva) y excluye que inocentes, sus bienes y tranquilidad sean sus diarias víctimas.

Que el presidente lo denomine "amenaza terrorista" ha sido una expresión exagerada e imprecisa, aunque hábil, ahora que la humanidad, hastiada de terrorismos, tiende a condenar todo lo asociado con este nombre. También está equivocado José Obdulio, su asesor, cuando niega que exista un conflicto en Colombia, porque este pan amargo cotidiano muestra todos los elementos que el castellano le asigna a "conflicto": combate, lucha, pelea, enfrentamiento armado, situación desgraciada y de difícil salida.

Por tanto, creo que vivimos un complejo conflicto armado entre el estado legítimo y grupos delincuenciales muy organizados, que nos impide crecer como nación civilizada y resolver los problemas de hambre y desigualdad que -dicen- le dieron origen y, como si fuera poco, le ha costado al país $ 16,5 billones en los últimos cinco años (El Tiempo, feb.7).

Al menos contamos con un presidente que intenta devolvernos la seguridad (ausencia de peligro, daño, riesgo) porque sin ella no hay persona, empresa, familia o nación capaz de utilizar sus recursos y posibilidades para crecer y progresar. Así la semántica sea importante, lo peor es que mientras el barco hace agua, los marineros se enfrasquen en precisar si se están hundiendo o están naufragado.

* Columnista de La Patria y profesor de Filosofía en la Universidad de Caldas

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