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| 8/22/2004 12:00:00 AM

Simples ideas

Mateo Samper, asesor del Ministerio de Educación, advierte sobre el peligro de aquellos que están dispuestos a morir por la verdad.

Simples ideas Simples ideas
La idea, concebida desde tiempos lejanos, de que Dios sólo hay uno dio lugar a que en 1095 el papa Urbano II dijera con tranquilidad ante el Concilio de Clermont que los designios de la voluntad divina (con la que él tenía contacto permanente) eran que los cristianos se lanzaran a recuperar las tierras sagradas de Oriente Medio, y de paso exterminaran a la raza impía que las ocupaban.

Cientos de años después, aunque en boca de otras personas, la misma idea sería puesta en cabeza de la gente llegando al mundo recién descubierto por el almirante genovés. Actuando en nombre de Dios, durarían años y años robando, expropiando, violando y matando a la población aborigen, cuyo pecado infalible sería haber nacido creyendo otras cosas.

El devenir de un mundo más ligado a la razón traería ideas menos metafísicas, más empíricas. Al final del siglo XIX, un inglés de apellido Chamberlain y un francés de apellido Gobineau crearían, con base en la teoría de la evolución, la idea de la supremacía aria. Ésta sería retomada unos años más tarde por un soldado austriaco que la vendería como pan caliente a millones de personas que ni siquiera iban a misa. Los resultados son ampliamente conocidos.

La gente, cansada, condenaría el horror. Hablarían de salvajismo y de estupidez colectiva. Se crearía la ONU, se diseñaría un nuevo orden mundial para evitar catástrofes semejantes, se aprobaría la declaración universal de los derechos del hombre y se reconocería el derecho a la vida, el derecho a no ser sometido a la tortura y el derecho a la libertad. La gente respiró: en el aire se percibían mejores tiempos. La Historia tenía sus lecciones y el hombre había aprendido.

Pero la dicha duró poco. No alcanzarían a pasar un par de años cuando la idea de que el comunismo era la peor amenaza para el mundo libre occidental se presentaría con bombos y platillos. Entonces se orquestarían una serie de guerras e intervenciones sangrientas a lo largo del mundo, desde Corea y la península Indochina hasta Nicaragua y Guatemala, que paradójicamente parecían obedecer (por su ritmo) a lo que en el fondo se trataba de evitar: el efecto dominó. En el polo opuesto, para ser justos con la Historia, la creencia de que el capitalismo era un complot condenaría a todo un país a vivir a la sombra de un régimen brutalmente represivo, y despojaría a miles de tártaros de Crimea de su tierra, de su lengua y de su identidad. Correrían la misma la suerte los alemanes del Volga, el pueblo Ingushi y el Karachai.

De la Historia no aprendimos nada

Cuando Marx y Engels, sentados en un apacible estudio de Viena, escribían el Manifiesto comunista, jamás se imaginaron que años más tarde sus ideas se usarían para justificar, en un país tan remoto como Colombia, la masacre y el desplazamiento de poblaciones enteras. El problema, claro, no estuvo en aquellas veladas en las que Marx o Engels se sentaban a escribir lo que querían. Pensar esto sería un absurdo en cualquier caso, pues por sí solas las ideas son bastante inofensivas. Pero dejan de serlo desde el momento en el que alguien (un grupo de personas, Dios, un experto educadísimo, un loco o cualquier ser de este planeta) se las apropia con el fin de imponerlas, de vestirlas de verdad absoluta, desconociendo así las infinitas caras y perspectivas que la realidad ofrece.

Hoy en día, bajo el supuesto de que el terrorismo hay que combatirlo con mano dura, mueren cientos de personas inocentes y desconocidas diariamente. Y sin embargo, la idea de que hay que combatir el terrorismo con mano dura es eso: simplemente una idea. Pese a sus funestos efectos en la práctica, pese a sus exiguos resultados, es lo que se impone y se vende como cierto; casi como una verdad que hace parte de un sencillo 'orden natural'. Si esto no es así piénsese en un político en el seno del Congreso de Estados Unidos. Puede debatir abiertamente sobre la cantidad de presupuesto que se debe gastar en armas y en defensa para combatir el fenómeno; pero decir que no se debe invertir ni un solo dólar lo colocaría en una posición muy audaz o muy ridícula, y a la larga nadie le pondría atención por considerarlo poco menos que un payaso.

Lo anterior no sonaría tan gracioso si se piensa que, de acuerdo con unas cifras que menciona Tomás Eloy Martínez en un artículo del reciente Forum de Barcelona, sólo en 1998, los gobiernos gastaron 745.000 millones de dólares en armas, municiones y soldados. Menciona que si el 5 por ciento de esa cifra se hubiera derivado anualmente a los programas contra la pobreza, toda la población del mundo podría gozar de educación, de salud, alimentos y agua potable. Yo me imagino que, después del 11 de septiembre, esos 745.000 millones son irrisorios frente a lo que se gasta hoy día.

Las ideas mueven al mundo. Y hay una batalla permanente entre ellas: intervención estatal de la economía vs. libre empresa, legalización de las drogas vs. represión, aborto vs. penalización, etc. Sin duda, en buenas manos muchas han fomentado el desarrollo y la civilización; en otras, en cambio, han traído devastadores efectos.

En las últimas páginas de El nombre de la Rosa, fray Guillermo le advierte a su discípulo: "Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad, porque suelen provocar la muerte de muchos otros a menudo antes que la propia". Es una buena reflexión para tener en mente cuando se piense en el papa Urbano II o en Hitler. Pero también en Bush, F. Londoño y muchos otros líderes de opinión de este mundo en el que vivimos, donde a veces pareciera que hubiera lugar para todo menos para la reflexión y el análisis de lo que nos mueve como personas y nos conduce como sociedad continuamente hacia adelante.

*Asesor del Ministerio de Educación

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