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| 3/5/2001 12:00:00 AM

Periodismio, guerra y paz

Periodismio, guerra y paz Periodismio, guerra y paz
El diario más antiguo de Colombia, El Espectador , se fundó hace 112 años; la radio cumplió 70 años y la televisión fue inaugurada hace 45. Durante todo ese tiempo, los medios de comunicación colombianos han ejercido una creciente influencia social y política. Han respaldado partidos políticos y presidentes y han definido ideologías; han impulsado patrones culturales y moldeado la opinión pública. Por supuesto, no todos en el mismo sentido, algunos en contradicción con otros.

En todo este tiempo la violencia no ha cesado. Pero sobre todo en los últimos 10 años ésta ha arreciado hasta alcanzar todo tipo de récords mundiales. Entre 1986 y 1996 murieron en forma violenta 200.000 colombianos. De ellos, 20.000 por razones políticas. En 1998 hubo más de 3.000 víctimas de la guerra política.

La pregunta obvia es, entonces: ¿tendremos los periodistas alguna responsabilidad en el país que hemos re-presentado y re-creado en los medios?.

El periodismo es víctima de la guerra continua, de la violencia. Muchos han sido amedrentados, asesinados, y con ello no se ha atacado sólo a los periodistas, sino al derecho de toda la sociedad a expresarse a través de los medios. Pero el periodismo también es víctima de otra manera: la guerra le tiende trampas para que éste, sin saberlo, la reproduzca, la retroalimente y fortalezca a sus actores utilizando su mismo lenguaje cargado de prejuicios y propagador del miedo.

No es tarea fácil informar sin descanso sobre la catarata de tragedias; asumir los riesgos de ser periodistas en el país donde más los matan; y al tiempo, ser los suficientemente críticos para no perderse en la desinformación propia de la guerra. Es difícil informar con transparencia en esta soterrada guerra colombiana, que ha escogido a los medios de comunicación como uno de sus principales campos de batalla. Ellos son el escenario que cada parte en el conflicto pretende moldear según sus intereses.

La presión de cada fuente para que el medio asuma su versión, sumada a las carencias que suelen tener muchos periodistas en su formación profesional, los lleva a caer en las trampas de la guerra, adoptando los términos de los bandos enfrentados, que no son otra cosa que representaciones de sus odios, miedos o prejuicios. Así mismo, se suplanta la información rigurosa, exacta, por la opinión y la toma de partido, o se sacrifica la verdad en aras de una pretendida defensa de la paz.

Por eso, un desafío crucial para el periodista es desarrollar un lenguaje propio, independiente, en medio del "tiroteo" verbal de los actores de la guerra.

No obstante, el ritmo mismo de la violencia colombiana en las últimas décadas no ha dado tregua para reflexionar sobre el oficio de cubrirla. Cuando los reporteros apenas empezaban a aprender a informar con algo de independencia sobre la insurgencia armada y los combates militares, arrancó la ofensiva narcoterrorista contra la sociedad, y ésta a su vez se confundió con la guerra paramilitar. Nadie alcanzó a constatar si lo que se informó en los 80s fue veraz, cuando los horrores de los 90s ya estaba exigiendo toda la atención del periodismo.

La velocidad que imponen las nuevas tecnologías en comunicaciones tampoco deja tiempo para contextualizar o analizar. La guerra en los medios no tiene memoria, rara vez se presenta lo que hay detrás, ni por qué la política se expresa con semejante grado de violencia. Lo que se ve en la pantalla son sucesos inconexos. Un periodista puede cubrir diez matanzas con lujo de crueldad, sin jamás informar por qué o quiénes matan en Colombia.

Además, la tecnología le permite al periodista cubrir la guerra y la paz desde le escritorio, vía celular, teléfono, intenernet o satélite: Cada vez menos, los reporteros - especialmente los de prensa- salen a la calle a hablar con gente de carne y hueso. Las noticias, entonces, tienden todas a parecerse: con mismas fuentes, con la misma lejana frialdad. Una guerra vista así se vuelve pasteurizada y sobre todo, homogeneizada. A nadie mueve. A nadie conmueve.

Con todos estos limitantes llega el periodista a cubrir la compleja y larga guerra - y los procesos de paz - colombianos. Sus informes, crónicas, reportajes, entrevistas, análisis … todas sus palabras representan y reproducen los conflictos violentos y los intentos fallidos por entnedernos como sociedad.

Con la convicción de que hay que trabajar sobre estas palabras, su significado, su relación histórica, su uso cotidiano y su uso formal , así como su relación con otros lenguajes, es que un grupo de organizaciones, periodistas y expertos de otras áreas, anuaron sus esfuerzos para trabajar en la elaboración de un manual.

Las palabras son también materia prima de muchos otros observadores de la guerra y la paz en Colombia. Son, además, las herramientas de los actores: pacifistas y guerreros. A ellos también está dirigido este trabajo.

Así como los gobiernos se cansaron de esperar que cesara el fuego para buscar la paz, el periodismo nacional resolvió empezar a pensar sobre su oficio, todavía en medio de las balas. Quizá se está dando cuenta de que medios y periodistas también hacen parte de la incapacidad colombiana para encontrar maneras de resolver los conflictos sin violencia.

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