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| 10/5/2006 12:00:00 AM

Ahora que se vislumbra un acuerdo humanitario, ¿Qué han cedido gobierno y Farc para llegar hasta aquí?

Cuatro años después de una relación distante y agresiva con las Farc, el presidente Uribe encendió una luz de esperanza para firmar un acuerdo humanitario. ¿Cómo se llegó a este punto? ¿Cuáles son las condiciones que flexibilizaron las partes? ¿Qué sigue ahora?

Ahora que se vislumbra un acuerdo humanitario, ¿Qué han cedido gobierno y Farc para llegar hasta aquí? Familiares de los secuestrados tienen la esperanza de que en esta Navidad sus seres queridos estén con ellos en sus casas. (Fotos: Archivo Semana)
Mirar por el retrovisor la poca historia común entre el gobierno de Uribe y las Farc es como ver una pelea de esposos que se separaron de la peor manera. Donde cada parte busca ignorar al otro completamente y cuando tiene que nombrarlo lo juzga como a nadie. Durante cuatro años, el mandatario no bajó al grupo guerrillero de organización terrorista, narcotraficante y facinerosa con la que jamás haría un intercambio humanitario. Para las Farc, Uribe fue el máximo representante de la oligarquía, y era un fascista e intransigente con el que tampoco negociaría. Pero dos meses después de iniciarse el segundo mandato presidencial el tono de ambos cambió por completo y ahora todo parece indicar que el intercambio de secuestrados por presos guerrilleros puede ver la luz.

La difícil negociación de hoy está marcada por las condiciones que Uribe y las Farc impusieron en los últimos años. Cuando comenzó su primer mandato en 2002, con la pésima herencia de la administración Pastrana (una candidata presidencial secuestrada y debilidad institucional tras el despeje del Caguán) el Presidente pidió los buenos oficios de la ONU para arrancar una negociación de paz con la guerrilla, no sin antes aclarar que sus Fuerzas Militares la perseguirían en todos los rincones del país. Mientras tanto, para sentarse a hablar, los insurgentes exigían, entre otras cosas, la desmilitarización de Putumayo y Caquetá; el desmonte completo de los grupos paramilitares; y que su interlocutor fuera un representante de Naciones Unidas, no del gobierno. Requisitos que Uribe jamás aceptó.

Si hasta ahí el panorama era desesperanzador, lo fue más con la llegada de 2003, cuando en febrero fueron secuestrados tres norteamericanos muy cerca de Florencia, Caquetá, luego de que el grupo guerrillero derribó en Santana de las Hermosas la avioneta en la que viajaban. A los dos meses, cuando se creía que nada podía empeorar, se produjo el asesinato del gobernador de Antioquia, Guillermo Gaviria; del ex ministro de Defensa, Gilberto Echeverri, y de ocho militares. Todos murieron a manos de sus secuestradores en medio de un fallido rescate de las Fuerzas Militares en Urrao, Antioquia.

Los hechos movieron al Presidente para endurecer su discurso. Estados Unidos le metió toda la tecnología para buscar a sus nacionales y el inicio del Plan Patriota (la estrategia más ambiciosa del gobierno para desestabilizar las estructuras más importantes de las Farc) llenó de expectativas al país que quería ver un pez gordo de las Farc tras las rejas. Pero ni los extranjeros fueron rescatados, ni el ‘Mono Jojoy’ fue capturado. Mientras tanto, el acuerdo humanitario se embolataba cada vez más.

La muerte de Gaviria, Echeverri y los militares le costó demasiado al gobierno y a las Farc. Aunque estas últimas fueron las únicas responsables de tan graves crímenes, el gobierno fue criticado por su decisión de rescatar a sangre y fuego a todos los secuestrados, sin contemplar la posibilidad de ceder en sus requisitos para realizar un acercamiento.

Las Farc ratificaron entonces su propuesta de liberar a militares, policías, a los 12 diputados del Valle, a los tres estadounidenses y a la ex candidata presidencial, Ingrid Betancourt, a cambio de la libertad de todos los guerrilleros presos en las cárceles y el retorno a Colombia de los extraditados ‘Simón Trinidad’ y ‘Sonia’. Pero Uribe demandaba un cese de hostilidades unilateral, no accedía a despejar ni un sólo milímetro de territorio y ofrecía liberar únicamente a los guerrilleros procesados o condenados por delitos políticos.

Los intentos

Desde 2004, las Farc nombraron como sus voceros a Fabián Ramírez, Carlos Antonio Lozada y Felipe Rincón. De ahí no se movían. Sin embargo, sus propuestas de despeje sí cambiaron: querían ver sin Fuerza Pública a San Vicente del Caguán y Cartagena del Chairá, en Caquetá, por tiempo indefinido. Pero a finales de ese año volvieron a cambiar de opinión y propusieron desmilitarizar a Florida y Pradera, en el Valle, durante 30 días.

Al mismo tiempo, el gobierno ofreció dos posibilidades para el canje: liberar 50 guerrilleros procesados o condenados por rebelión bajo la cobertura del programa de reinserción del gobierno, a cambio de la liberación de todos los secuestrados. Incluso accedió a despejar una pequeña área conocida como Bolo Azul, en la misma región de Florida y Pradera. Nada de esto fue posible. Mientras las Farc se mantenían en su posición y el gobierno agudizaba la ofensiva contrainsurgente en el sur y oriente del país (donde están muchos de los retenidos por las Farc), los familiares de los secuestrados veían palidecer cada vez más la ilusión de tener de nuevo a sus familiares en casa.

Sólo hasta el discurso presidencial del pasado 7 de agosto los colombianos vieron que el pulso entre ambas partes podía relajarse, cuando por la radio y la televisión se oyeron las palabras de un Presidente que priorizaba la paz y al lado la Política de Seguridad Democrática. De ahí en adelante el optimismo generalizado lo impulsó un encuentro entre ‘Tirofijo’ y el ex ministro Álvaro Leyva, quien ahora es mediador entre el gobierno y las Farc junto con el dirigente del Partido Comunista y director de semanario ‘Voz’, Carlos Lozano.

Hoy el ‘tonito’ de la comunicación entre ambos es diferente. Aunque confusos y lentos, los comunicados de uno y otro lado dan muestras de flexibilidad, hecho que les ha devuelto la esperanza a las familias de los secuestrados políticos. Con la aceptación de una zona de encuentro y la posibilidad de sentarse a la mesa con los voceros de las Farc, Uribe dio un paso que nadie imaginó iba a dar.

En estos casos, transar pactos será lo más complicado. Los dos más difíciles son, por un lado, la extensión y el lugar del despeje, un tema más de honor militar que de favorecimiento para el intercambio. Y por el otro, será a quiénes liberar. Este punto es crucial porque involucra a Estados Unidos debido a los tres contratistas secuestrados. En este caso, la situación se le sale de las manos al Gobierno colombiano hecho que en principio las Farc no van a entender.

De cualquier manera hoy se sienten más las voces optimistas que los ceños fruncidos. Sin embargo, no hay suficientes razones para cantar victoria y pensar que en los próximos días habrá despeje, liberación colectiva y paz. Si los mensajes entre Uribe y las Farc parecen de esposos separados (con la diferencia de que estos jamás han estado juntos), el acercamiento para hablar de intercambio será como una telaraña: si se mueve o quita un hilo, todo cambiará.

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