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| 1/26/2004 12:00:00 AM

Arte sobre arte

El nacimiento de Venus' de Beatriz González, 'Cezanne' por Fernando Botero y 'La Monalisa' de Ronny Vayda, son algunas de las obras de 'Arte sobre arte', la última exposición de la Sala de Arte de Suramericana de Medellín, que demuestra que el arte no es sólo crear de la nada, sino reinventar lo inventado. Lea un artículo de los curadores Alvaro Barrios y Alberto Sierra Maya sobre la muestra y vea algunas de las obras.

Arte sobre arte Arte sobre arte
Si la epopeya humana no es otra cosa distinta de un largo examen del hombre sobre sí mismo, es apena natural que el arte, uno de los más importantes medios de reflexión después de la aparición del pensamiento, se interesara en meditar sobre la meditación de los otros artistas. El arte, visto desde este ángulo, es como una palanca, que sirve para transmitir un movimiento. Movimiento representado en este caso por el enigma del hecho creativo, tan particular y diverso en cada artista, el cual encuentra aquí un punto de apoyo para expresar ideas personales, que pasan por rutas aparentemente trajinadas, supuestamente concluidas. El artista emplea la obra de arte, que sirve de base, como una catapulta: después de todo, el arte también sirve para arrojar piedras.

La misión de modificar y estimular nuevas visiones, tiene en las obras preexistentes un arma legítima.

La reinterpretación del arte, de otro lado, conlleva tantas lecturas como protagonistas y, dentro de su complejidad podemos resumir que unas veces se trata de una línea de conducta del artista y en otras de un hecho simplemente incidental.

En ciertos creadores, realizar arte acerca del arte no tuvo en sus inicios un propósito premeditado, sino imprevisto, como parte de un proceso interior que posteriormente trazó una dirección en sus trayectorias. Si bien existen antecedentes aislados entre nosotros antes del siglo XX, esta exhibición no hace énfasis en el aspecto histórico del arte fundamentado en imágenes artísticas ya existentes, sino en aquellos artistas nacionales más representativos en este campo. Desde 1957 Fernando Botero empieza a hacer sus pinturas inspiradas en Montenegro y hacia los sesenta realiza homenajes a Cezanne, a Rubens, a Leonardo, entre otros.

Coincide esta temática con uno de los períodos del artista más apreciados por la crítica y también con la época en que Beatriz González culmina su formación en la Universidad de los Andes, bajo la influencia de los maestros Juan Antonio Roda y Carlos Rojas, así como de la crítica Marta Traba. Aunque Beatriz no tuvo en aquel entonces contacto directo con Botero, su gran admiración por él le hizo afirmar que éste ya había hecho lo que ella quería hacer. Sin embargo, por ese mismo tiempo, la artista estaba trabajando una serie sobre "La Rendición de Breda" de Velásquez y luego sobre "La Encajera" de Vermeer, la cual se extendería hasta 1965. Las directrices de sus maestros serían de gran importancia en la ruta posterior del arte de Beatriz González: No hay que olvidar que tanto Juan Antonio Roda como Carlos Rojas realizaron eventualmente obras de este tipo. El primero, con sus "Felipes", 1956, y "Cristos", 1968, probablemente inspirados en Velásquez y Bacon, lo mismo que su serie de grabados titulada "Delirio de las Monjas Muertas" basados en un conjunto de pinturas del siglo XIX provenientes del Convento de la Inmaculada Concepción en Bogotá, hoy en la colección del Banco de la República.

Carlos Rojas, por su parte, con sus cuadros acerca del Cubismo en los años cincuenta, posteriormente sobre el arte de las civilizaciones prehispánicas y la leyenda de Eldorado, y sus pinturas con el tema "América", relacionadas con los textiles y tejidos precolombinos. No fue extraño, pues, que una alumna aventajada como Beatriz González, se situara prontamente a la vanguardia del tema que nos ocupa. En 1967 obtiene un segundo premio en el Salón Nacional con dos pinturas ovaladas realizadas en esmalte sobre metal, representando a Bolívar y Santander tomadas de reproducciones de dos pinturas del siglo XIX publicadas en el periódico "El Tiempo", ilustrando una página sobre los prohombres colombianos.

El prestigioso y respetado periodista de los años sesenta Arturo Abella, declaró por televisión que el segundo premio del Salón Nacional era un plagio y Beatriz González se vio obligada a hacer una declaración en el diario "El Espectador", sobre cómo los artistas podían trabajar acerca de los cuadros de otros, y cómo se podían hacer sin que fuera plagio, versiones, homenajes y otras variantes. Al año siguiente, la artista envió al Salón Nacional un cuadro tomado de una estampa de San Pedro Claver titulado "Es Copia". Aunque en ese momento ya Botero había hecho todas sus versiones de la "Mona Lisa" y de los "Niños de Vallecas", esto nunca produjo reacciones, fuera de la no aceptación de las figuras gordas. Botero llevaba un largo "prontuario" de versiones de obras de arte, pero el espíritu de su trabajo era "homenaje": Homenaje a Mantegna, Homenaje al "Niño de Vallecas", "Homenaje a la mona Lisa". Beatriz Conzález dice que "aunque se vieran ridículas las pinturas cuando se inflaban, en las mejillas de la "Mona Lisa" había algo de gran pintura, en cambio lo mío era una burla al establecimiento, a la beatería histórica y eso no lo soportaron, eso fue lo que causó escándalo.

Los publicistas de aquí han hecho cantidades de versiones mediocres de la Venus de Milo, de la Venus de Boticelli, de la "Mona Lisa" y nunca pasó nada. Pero que los tocara un pintor, con inteligencia y sentido del humor, no lo soportaron". A finales de los años sesenta Beatriz González pinta sus primeras obras inspiradas en "Arte menor", versiones de láminas populares y en 1970 se interesa por el arte universal como las "Recogedoras de Trigo" de Millet, la "Mona Lisa" y "La última Cena" de Leonardo y, entre otros artistas, obras de Braque, Manet, Chardin, Degas, Boticelli y Filippo Lippi pintadas sobre los objetos más diversos: Mesas de noche, platones, tambores, camas, mesas de comedor, cochecitos de niños, polveras, bandejas, canastillas, licoreras, bomboneras, toallas, etc., hasta llegar a los grandes telones con temas de Gauguin y Manet exhibidos en la Bienal de Venecia en 1978.

También de ese período son sus "Diez metros de Renoir", que se vendió por centímetros y su "Cortina para el Baño de la Orangerie". La última cena obra de gran formato realizada por Beatriz González sobre el arte universal fue "Mural para Fábrica Socialista" versión suya del "Guernica" de Picasso, de 1981.

La atracción de Beatriz González por recrear obras de arte preexistentes provenía en gran parte del estímulo que le transmitían las imágenes de reproducciones baratas, desteñidas y desvaídas. Su ojo buscaba en ellas valores particulares, al margen de si el tema era religioso o laico. No obstante, cuando usó la "Cena" de Leonardo en "La Última Mesa", sí reflexionó sobre la presencia de esta obra del Renacimiento en la imaginería religiosa popular, que la reproducía en pendones de terciopelo, platos de porcelana, relieves imitando plata y todo tipo de bagatelas.

Un paralelo entre este interés de Beatriz González en la relación arte culto -arte popular podría establecerse en los primeros trabajos de Álvaro Barrios, a partir de 1966-. Sus dibujos sobre papeles teñidos con té contaban con la inquietante presencia de las tiras cómicas, alternándolas con reproducciones de obras de Leonardo y otros artistas del Renacimiento, recortadas de revistas. Esta simbiosis, así como la inclusión de textos en las obras, persistirán a lo largo de toda la trayectoria del artista y son la base para que éste narre, de una manera fantasiosa y arbitraria, la parábola de una historia del arte inventada por él, poblada de conceptos igualmente libres, como corresponde a una verdadera interpretación poética de los hechos y las ideas en las que se fundamenta.

Un poco a la manera de Borges, los textos que sirven de hilo conductor en la apreciación de su obra funden inadvertida e imprevisiblemente lo real y lo imaginario, sin preocuparse por aclarar qué es lo uno y qué es lo otro, con erudición descarada e invariable. Pero contrario a lo que podría suponerse, su obra no es un ladrillo, pesado, pretencioso y de difícil digestión. Diseñada armoniosamente para divertir, emocionar, hacer soñar, melancolizar, el relato del ahora de Barrios interesa así al público culto como al profano. Sus alusiones al arte preexistente (tanto a obras como a personalidades, sucesos y conceptos) pueden ser tan evidentes como camuflados; y considerando que esta ha sido su posición constante, resulta difícil hacer un inventario exhaustivo de las obras y los temas artísticos a los que se ha acercado durante casi cuatro décadas. En el catálogo de su retrospectiva en el Salón Cultural de Avianca en Barranquilla, el mismo artista da una extensa lista de ellos entre 1966 y 1981. Tratando de hacer una síntesis, podríamos mencionar los dibujos de 1973 sobre paisajes del Renacimiento, la serie "El martirio de San Sebastián", tomada de distintos autores, también del Renacimiento; los "Jardines de Maxfield Parrish", el ciclo sobre "La muerte de Ofelia" de John Everett Millais, las recreaciones de fotografías de adolescentes de Taormina, de Wilhem Von Gloeden, los collages con fondos de F.A. Cano y su extenso trabajo sobre Marcel Duchamp a partir de 1978. En su exposición en la Galería Garcés Velázquez de Bogotá, en 1980, se oficializó su falta de interés en lo que se conoce como "estilo" en la obra de un artista: Dibujos, acuarelas, objetos, cartas, hojas, volantes, fotografías, proyecciones de sombras, etc., integraban un conjunto heterogéneo con el común denominador del tema Duchamp. Medios intangibles como el espiritismo, el imaginario "Museo Duchamp de arte malo" y la invención de un artista inexistente, por ejemplo, fueron puestos al servicio de su excéntrica búsqueda. Su recreación del personaje "Rrose Selavy" (siete versiones fotográficas distintas coloreadas a mano), así como las inconcebibles cartas que ésta envía desde su tumba, dirigidas a otros que también murieron, pero a los que ella supone haciendo todavía la historia, son parte de la especial forma empleada por Barrios para hacer arte acerca del Arte. De su misma generación, Santiago Cárdenas, aunque en menor grado, también tocó algunas veces el tema de la recreación: Baste recordar su dibujo con los pies de la Venus de Boticelli, posada sobre una balanza; la obra con papeles pegados titulada "Blanco sobre Blanco" en homenaje a Casimir Maledish y su gran pintura "Algo de comer", relacionada con "Los Jugadores de Cartas" de Cezanne. A partir de la década del setenta las reflexiones artísticas sobre el arte mismo se hacen más frecuentes. Conviene recordar una pequeña escultura de Ronny Wayda, de 1976, con la silueta de la Mona Lisa recortada en hierro; la obra de Julián Posada sobre Rousseau, una rara pintura de Noé León titulada "El Tren de los Pintores" con reproducciones ingenuas de Obregón y Botero, así como sus "copias" de paisajes comerciales europeos tomados de latas de galletas. La artista primitiva María Villa pintó "Las Meninas" y Ethel Gilmour realizó obras sobre Matisse, Van Gogh, Carlos Correa, Frida Kahlo, Chagall y Degas, entre otros.

Hacia los años ochenta debemos destacar la refinada obra del Grupo Utopía de Medellín integrado por Patricia Gómez, Jorge Mario Gómez y Fabio Antonio Ramírez, en la que se alude a hitos del arte y la arquitectura, como la corona de la Estatua de la Libertad, las pirámides de Egipto, la Casa Saboya de Le Corbusier, las obra de "Running Fence" de Christo Javacheff hundiéndose en el mar, la planta de una casa de Mies Van der Rohe colocada sobre el río Medellín, el "Big Splash" de Kockney. Como Roma, estos artistas colocan a Medellín sobre siete colinas compuestas pos siete cerros Nutibara y una planta de purificación de aguas con la forma del gran Vidrio de Duchamp.

Más recientemente, Luis Fernando Peláez realiza versiones escultóricas del perro hundiéndose en la arena, de Goya; José Antonio Suárez extiende una mirada sobre el arte mismo con temas como las bailarinas de Degas, el conejo de Joseph Beuyes y San Sebastianes de distintos autores. Carlos Uribe altera la pintura "Horizontes", de Francisco Antonio Cano, colocando sobre esa imagen una avioneta de fumigación. Marta Elena Vélez crea su "Supermantel", en el que Supermán acude a salvar el barco que se hunde en el grabado "Ola" de Hokusai y Fernando Uhía hace apropiaciones de pinturas de Botero y Magritte. Finalmente, no podemos dejar de mencionar los "precolombinos posmodernos" de Nadín Ospina, con la irónica presencia de Mickey Mouse, el Pato Donald y "Los Simpsons", sin olvidar que el tema precolombino fue utiilizado también, de distintas maneras, por Miguel Ángel Rojas, Negret y Ramírez. José Alejandro Restrepo, el último de los inteligentes reintérpretes del arte, hace videos con un hombre que actualmente transporta personas sobre sus hombros en el Chocó, tal como aparece en un grabado del siglo XIX, "El Cargador de Personas". En "El paso del Quindío", Restrepo ofrece un sesgo completamente diverso al asunto del arte acerca del Arte. Tema por demás inagotable y del que resulta imposible realizar un inventario definitivo. En la misteriosa región donde surgen las profundas creaciones del hombre, la reflexión del arte sobre sí mismo, tan antigua como el fenómeno espiritual y tan importante como éste, tiene siempre una última palabra para decirnos.

*Curadores de la exposición

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