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| 10/2/2006 12:00:00 AM

Crítica literaria por Juan David Correa

Reseña del libro "País de plomo" a propósito del premio Lettre Ulysses concedido el sábado a Juanita León, ex editora de Semana.com.

Crítica literaria por Juan David Correa Crítica literaria por Juan David Correa
La objetividad es uno de esos valores que promueven algunos medios de comunicación como si fuera una palabra sagrada en el oficio del periodismo. Los periodistas no son dioses, o narradores omniscientes, como en las novelas del siglo XIX. Un periodismo sin subjetividad, es un informe, un despacho, una noticia reproducible cientos de veces. El futuro de la prensa escrita, ante la proliferación de la información en miles de formatos, depende de los buenos periodistas y de medios que sean capaces de brindarles espacios generosos en los cuales se puedan contar historias con punto de vista, reportajes que respondan a la realidad y que no adolezcan de perspectiva; escritos producto de una deliberación que nos muestren equilibrio y distancia respecto a los temas que tratan.

Un buen reportaje debe tener material de primera mano, personajes, color local, atmósfera e información de fondo; es el resultado de un periodista hábil que se convierte en su propia fuente y que es capaz de confrontar versiones para escribir su propio texto. País de plomo -libro de reportajes-, de la periodista colombiana Juanita León, es una buena prueba de cómo, ante la ausencia de espacios suficientes, siempre es bueno guardar y archivar a buen recaudo aquello que “sobra” en los artículos de coyuntura que escribimos. Las once crónicas, o reportajes de escenario, nos muestran una tarea juiciosa, una mirada atenta a la realidad de un país que hoy, a pesar del descreimiento de algunos, sigue en guerra.

La guerra es el tema, pero la guerra es un estadio general, una anécdota, una palabra que sirve más para nombrar un capítulo de una enciclopedia. Son los personajes de la guerra: desde un personero encerrado en su despacho en Peque, Antioquia, un pueblo acusado por los paramilitares de ser proguerrillero; pasando por Oswaldo, un ex guerrillero del Eln, cuya historia se convierte en la excusa para contar la realidad de Barrancabermeja, puerto petrolero y corazón de una disputa ancestral entre la guerrilla, los narcos, el ejército y los paras; hasta voces de pueblos que pocos conocen y hasta los que León viajó en busca de sus historias: Cartagena del Chairá, Carmen del Cucú, Apartadó, San Juanito entre muchos otros. Lugares en los cuales el absurdo es múltiple: un pequeño que no tiene nombre, pues el cura del pueblo huyó de las balas y no se le pudo bautizar, así que hasta nueva orden lo seguirán llamando Niño; grupos de Rap que cuentan la desgracia de la motosierra; mujeres que se tienden en el piso para proteger a sus amigos ante la inminencia de que los asesinen; pueblos desolados a los que no ha llegado el estado, o ha llegado demasiado tarde.

Cubrir el conflicto es un tema espinoso. Mucho se discute hoy sobre cuáles son los términos que deben utilizarse, cuál la medida de priorizar ciertos temas, cómo evitar el compromiso con las fuentes oficiales, cómo atender las informaciones de los grupos alzados en armas; cómo obviar los diccionarios oficiales que pretenden que al pasto le digamos hierba. Un periodismo de perspectiva, capaz de sopesar las versiones, de no dar por sentado los partes de nadie está cada vez más lejos de la prensa diaria del país. Nos cuentan despachos de prensa, partes de víctimas, y se nos quedan por fuera esos apuntes al margen a los que León acudió para escribir su País de plomo.

La escritura de Juanita León es limpia, no se adorna, más bien nos involucra en sus relatos con suficiencia. Los reportajes tienen diversas estructuras: desde el clásico lead con personaje, hasta enfoques amplios con descripciones de escenario, o datos e informaciones que le sirven de buen gancho de arranque a sus textos. Un libro imprescindible.

‘País de plomo’, Juanita León, Aguilar.
ojoalahoj@yahoo.com  

EDICIÓN 1894

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