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| 7/17/2005 12:00:00 AM

Cuando el mundo se llamaba Sao Paulo

El equipo paulista se coronó campeón de la Libertadores la semana pasada, frente al Paranaense. Adolfo Zableh Durán aprovecha la ocasión para recordar el Sao Paulo de Telé Santana, considerado en su momento el mejor equipo del mundo

Bonito oír a los viejos discutir de fútbol. Amparados por la ignorancia del joven, hablan   maravillas de la Hungría del 54, del Peñarol de Spencer, del Barcelona de Kubala. Mi padre, por ejemplo, me ha contado una y otra vez el día que vio al Benfica de Eusebio jugar contra Junior. Mucho más cercano a la historia, yo recuerdo vívidamente a la Sampdoria de Vujadin Boskov, pero fue con el Sao Paulo de Telé Santana que me enamoré del fútbol para siempre.

Felicidad es la primera -acaso la única- palabra que se viene a la mente a la hora de nombrar a ese equipo que dominó el mundo a principios de los 90. Felicidad por jugar, más allá del resultado. Y en eso su entrenador tuvo mucho que ver.

Suyas fueron las heridas del Brasil del 82, el perdedor más feliz que recuerden los mundiales. Suya fue la espalda que cargó la cruz de regresar a casa con las manos vacías después de aquel loco verano español. ¡Pero qué reproche cabe hacerle! Morir en propia ley nunca ha sido un pecado. Es cierto que aquella selección cayó contra una inferior Italia, pero lo hizo jugando de la única manera que su técnico y sus jugadores sabían.

Diez años pasaron para oír nuevamente noticias de Telé Santana. En esa época -pleno paso de la infancia a la adolescencia-, cientos de asuntos estaban por encima del fútbol brasilero. Supe que su Sao Paulo avanzaba sin problemas en la Libertadores. En realidad me enteraba tangencialmente, ya que seguía al milímetro las actuaciones del América de Cali.

Pero Sao Paulo existía, y era una tromba. En ese 1992, Newell´s se cruzó en el camino de lo que pudo ser una definición entre caleños y paulistas. La final fue dura, ¿qué partido entre brasileros y argentinos no lo es? Tanto, que se tuvo que llegar a la instancia de los tiros desde el punto penal tras 180 minutos de fútbol y un gol por bando.

En esta ocasión no estaba Ze Carlos para desperdiciar un penalti, como en aquella final de Copa de 1974 frente a Independiente. Por el contrario, los argentinos tenían a Fernando Gamboa para darle a Zetti su cobro en las manos.

Un paréntesis: No recuerdo haberle visto al portero de aquel famoso equipo tapar otro penal en una definición de este tipo. En semifinales de Supercopa del 93 frente a Nacional de Medellín; en Copa América del mismo año entre  Brasil y Argentina, y por la final de la Libertadores de 1994 frente a Vélez, el gigante jugador se lanzó una y otra vez tratando de adivinar el costado a donde iba a ir la bola. Nunca acertó.

Por fin Telé Santana, el nombre que la gloria había aplazado, se cubría con ella para darle a un grande brasileño su primer título internacional. En el banquillo rival, un hombre de gran cabeza, ojos desorbitados, poco hablar y conocida obsesión por el fútbol se quedaba con las manos vacías. Se llamaba  Marcelo Bielsa y pronto sería conocido en todos los rincones del mapa futbolístico.

Pero ese fue sólo el comienzo de la leyenda. Uno tras otro caerían los más encopetados y también los humildes. El "Dream Team" de Cruyff perdió la Intercontinental con dos goles de Rai; La Universidad de Chile, verdugo nuevamente de América en semifinal, perdió por escándaloso 5-1 la primera final de Copa en 1993 y, seis meses después, el Milán de Fabio Capello cayó 3-2 en el partido de fútbol más hermoso que yo recuerde.

Cuando el 2-2 estaba más que firmado en Tokio, apareció Müller para meter el balón en la portería de Rossi, con un taco que requirió un par de segundos de suspensión en el aire. Seis años después vi The Matrix e inevitablemente recordé la pirueta del jugador. Los hermanos Wachowski no habían inventado nada.

Imposible encontrar mejor broche para cerrar un gran ciclo que incluyó siete títulos en cuatro años: un Brasileirao, dos Libertadores, dos Intercontinentales, una Supercopa y una Conmebol.

Llegó el 94, y con él, la aparición de un personaje que para los brasileños es poco menos que el diablo: Carlos Bianchi. Su Vélez, equipo humilde si los hay, cortó de tajo la leyenda, al imponerse en la tanda de penales en el decisivo partido en Morumbí. En esa noche del 31 de agosto volaron sobre el estadio los fantasmas del 74, y el villano esta vez se llamó Palinha, un delantero que tanta alegría les había dado a los fanáticos con sus goles.

La gloria fue truncada, mas no borrada de los libros y el recuerdo de los hinchas. Hoy no sólo los más memoriosos recuerdan a ese club que le dio el título de Libertadores al país más futbolero de la tierra tras nueve años de espera. Los nombres de esos héroes no serán los más grandes en la historia de Brasil, pero su lugar está más que ganado: Rai, Toninho Cerezo, Palinha, Müller, Juninho, Leonardo y el gran Cafu, que está encima de todos, apenas un escalón por debajo del gran Telé Santana.

El hombre, nacido en 1931 en Itabirito (hasta el nombre de su pueblo suena a chiste, como la forma de jugar de sus equipos), dejó de entrenar en 1997 debido a una isquemia cerebral que obligó a que le amputaran parte de su pierna izquierda en diciembre de 2003, pero su caso es el típico donde la leyenda supera al hombre.

El pasado jueves, en el Morumbí, cuando Sao Paulo bailó al Atlético Paranaense en la final de la Libertadores 2005, los 75.000 aficionados se unieron en un solo grito. No vitoreaban a Paulo Autori, técnico del campeón; ni a Luizao, máximo goleador de brasil en la historia de la Copa; ni a Cicinho, ese peligroso lateral que hace recordar al Cafú de hace 12 años. El coro repetía una y otra vez: "Telé, Telé". Él, donde quiera que haya estado, seguramente escuchó y agradeció sonriente. 
 
Sao Paulo otra vez campeón. Sao Paulo y de pie.

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