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| 7/30/2008 12:00:00 AM

Cuatro cajas de recuerdos

Esther tuvo que huir de su pueblo después de que un grupo armado se llevó a su novio. Ahora vive en Bogotá. Otro testimonios de la serie especial de Semana.com sobre el libro Crónicas de Vida, publicado por la Comisión Europea en Colombia y Colprensa .

Cuatro cajas de recuerdos Cuatro cajas de recuerdos
Se acercaba diciembre y la brisa era fría pero seca, tenía una semana sin llover. Manuela se acercó con su habitual – ¡Buenos días niña!–, en sus manos traía la totuma de café hirviendo–. ¡Ya llegó el compa, niña!–, dijo, –viene con el cuento de que le pasó anoche algo a ese novio que tenías.

La expresión de su rostro me hizo subir la angustia por la garganta, con la boca muy seca, casi amarga, le pregunté: –¿Qué le pasó a ese muérgano?– Se lo llevaron, dijo, se lo llevaron anoche.

Sintiendo que el mundo me daba vueltas, me recosté contra la pared. Me sostuve acariciando una caña astillada y sólo alcancé a musitar –Búscame las cajas, Manu, que aquí ya se me acabó el tiempo–. Mientras pronuncié estas palabras se me resbalaron las lágrimas y recordé el día en que fui e hice lo que no debí hacer, meterme de sapa a brindar información para ver si así nuestra aflicción
de “aportes a la causa” terminaba.

Fuimos mi ex novio y yo, hablamos torpe y estúpidamente. Ya era tarde, muy tarde, ahora él estaba en manos de ellos. Le volví a decir a Manu que sacara las cajas porque me tenía que ir de ahí; ella no sabía si salir corriendo o preguntarme qué pasaba, sólo atinó a levantar la totuma de café, se la tomó hasta el fondo.

A mí sólo me importaba sacar las cajas, las armé y empecé a buscar desesperada la cinta pegante, luego empecé a empacar algunos adornos que envolvía con mi ropa.
Al medio día por fin salimos, la finca quedaba a orillas de la carretera que va a Cartagena de Indias. Nos fuimos hasta el pueblo más cercano y alquilamos el camión de mi compadre para que fuera a la finca y trajera muebles, electrodomésticos y las cuatro cajas que pesaban más que un matrimonio
a la fuerza.

Mi compadre es un hombre moreno, bajito y rechoncho, que siempre tenía una sonrisa en su rostro negro por el sol, pero esa tarde no dejó ver sus dientes grandes. A pesar de no saber el verdadero motivo del viaje, estaba seguro de que algo no estaba bien.

A las siete de la noche, después de picar la única comida de ese día, nos subimos en un bus que nos traería a Bogotá.

Al llegar a la capital vivimos tan solo dos días juntos con mi compañero, luego cada quien se fue por su lado, él con excusas bobas y sin dar mayores explicaciones. La realidad es que esa relación no sobrevivió a la nueva situación.

Hoy puedo decir que aprendí a nadar en este gran océano que es el desplazamiento por el conflicto armado en Colombia; que todo el día y todos los días hablo del tema, y en la noche, cuando llego a mi apartamento, debajo del colchón se encuentran desarmadas las cuatro cajas, mis leales compañeras, testigos de la entereza con la que afronté sola este flagelo, y logré encontrar el lado positivo a esta situación. Ahí están guardadas, a la espera de la angustia de un nuevo viaje, o la esperanza de juntar los pedazos de mi vida para que marquen el rumbo de mi futuro.
 
*Nombre cambiado para proteger la identidad de la víctima.

Este texto hace parte del libro Crónicas de Vida, publicado por la Comisión Europea para Colombia y Colprensa en una alianza para que desplazados y víctimas de la violencia cuenten sus historias de su puño y letra. Semana publicará las mejores crónicas a lo largo de esta semana

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