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| 6/9/2003 12:00:00 AM

El aborto: ¿un problema de salud sexual?

Otra vez se ha vuelto a discutir el tema del aborto. Y todo a raíz del proyecto de ley no. 58 del 2002, presentado a la consideración del Congreso de la República por la Senadora Piedad Córdoba. La intención de este proyecto es dictar normas sobre salud sexual y reproductiva y modificar el artículo 124 de la ley 599 del año 2000.

El aborto:  ¿un problema de salud sexual? El aborto: ¿un problema de salud sexual?
Los Objetivos señalados responden a necesidades reales como son el velar y cuidar la salud sexual de los colombianos, generar y divulgar programas educativos sobre la sexualidad y reivindicar los derechos de la mujer, muchos de ellos conculcados o ignorados.

El Proyecto pone también de presente una serie de problemas existentes a los cuales el Estado debe conceder especial atención; entre ellos:

- las altas tasas de mortalidad materna, entre mujeres jóvenes

- el porcentaje cada vez mas alto de adolescentes embarazadas,

- el crecimiento del sida y las enfermedades de transmisión sexual

- la falta de una adecuada planificación para prevenir embarazos no deseados

- la ignorancia y la presión intrafamiliar.

Donde se prenden las alarmas es en proponer la despenalización del aborto como parte de la solución a los problemas antes enumerados. De hecho, la experiencia demuestra que en los países donde se ha legalizado el aborto no han desaparecido los abusos sexuales, las violaciones, la violencia física, el acoso sexual, ni las enfermedades de transmisión sexual. Al contrario, estos males se pueden disparar, pues sabemos que las conductas delictivas se incrementan en una sociedad que favorezca la impunidad y el permisivismo moral.

La Iglesia no se opone al aborto por retardataria o intransigente. Se opone por el convencimiento que tiene de que la vida, toda vida humana, tiene un carácter sagrado e inviolable; porque la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente es siempre gravemente inmoral y porque el hombre tiene el derecho de controlar su cuerpo y su saludo pero no tiene derecho ni sobre su cuerpo ni sobre su salud.

Para nadie es un secreto el grave deterioro moral que padece el país. La Conferencia Episcopal Colombiana llegó a afirmar alguna vez que el nuestro es un país moralmente enfermo. A esto tenemos que añadir la pérdida del sentido y del valor de la vida que nos coloca en los primero lugares cada vez que se publica una estadística de muertes violentas, secuestros, violación de derechos humanos.

Cuando se debatió el tema de la pena de muerte a raíz de uno de tantos atentados terroristas, alguien dijo que en lugar de imponer la pena de muerte, lo mejor que se podía hacer era suprimir la pena de muerte que impusieron en Colombia los alzados en armas, los terroristas y los delincuentes comunes.

Con relación al aborto, se podría decir algo parecido. El aborto es una realidad dolorosa que hoy se promueve descaradamente: en la prensa aparecen los avisos donde se indican las clínicas especializadas en problemas del embarazo, en el tratamiento sin dolor del retraso menstrual. Y nadie, que yo sepa, ha sido condenado por estos actos.

No tiene sentido invocar el ejemplo de casos extremos como cuando el embaraza compromete gravemente la salud de la madre, para pedir seguidamente la legalización del aborto.

La Iglesia apoya los esfuerzos que se hacen para ayudar a la reducción de la mortalidad de las madres y de los niños y por asegurar mejoras en las condiciones de salud de la mujer y la supervivencia del niño, dado que está en juego la dignidad de los individuos. La existencia de una alta tasa de mortalidad materna e infantil en cualquier parte del mundo es una llaga en la imagen de un mundo moderno que se jacta de un alto nivel de progreso material, científico y técnico.

De otra parte, rechazamos toda clase de violencia que se ejerza sobre la mujer, sea de tipo físico, sexual, psicológico o moral, así como la incitación al aborto.

“La aceptación del aborto en la mentalidad, en las costumbres y en la misma ley, es señal evidente de una peligrosa crisis del sentido moral, que es cada vez mas incapaz de distinguir entre el bien y el mal, incluso cuando está en juego el derecho fundamental a la vida. Ante esta situación tan grave, se requiere mas que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre , sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación del autoengaño. “el aborto directo, es decir, querido como fin o como medio, es siempre un desorden moral grave,. En cuanto eliminación deliberada de un ser humano inocente” ( Juan Pablo II – e.v.62)

*Obispo- secretario general de la Conferencia Episcopal

EDICIÓN 1896

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