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| 9/29/2006 12:00:00 AM

El legado de La Cacica Consuelo Araújo Noguera sigue vigente

Hace cinco años una de las mayores impulsoras del folclor colombiano fue asesinada por las Farc. A pesar de su ausencia, su herencia cultural está intacta no sólo en el departamento del Cesar sino en todo el país.

El legado de La Cacica Consuelo Araújo Noguera sigue vigente La ex ministra de Cultura Consuelo Araújo Noguera fue asesinada por las Farc el 29 de septiembre de 2001.
Justo cuando el mundo vallenato celebra las nominaciones de los artistas vallenatos a esta nueva categoría en los Premios Grammy Latinos, debe abrir la triste página de la historia del 29 de septiembre de 2001, cuando fue asesinada por sus captores de la Farc la mujer insignia del folclor vallenato, Consuelo Araújo Noguera, La Cacica.

Hace cerca de 40 años Consuelo sostuvo un enfrentamiento de opinión con la crítica de arte argentina Marta Traba porque escribió que “el vallenato se parece al tango”. A La Cacica le indignó tanto esta comparación que dijo que no se parecían para nada, porque un tango solo contaba historias de trágicas muertes, mientras que en las canciones vallenatas se moría, pero de amor, y remató con una frase contundente: “Con el pasar del tiempo el vallenato se impondrá en el mundo”.

Y claro que tenía razón. Consuelo sembró la semilla en la década de los 60, cuando nadie daba un peso por la música de esos humildes campesinos, que después de manera osada metió en los salones del Club Valledupar y los inmortalizó con el Festival Vallenato, certamen que trascendió internacionalmente.

Muchos de sus amigos recuerdan en el quinto aniversario de su muerte que ella tenía razón, “avizoró lo que está pasando ahora. Si ella estuviera viva estaría brincando en un solo pie por la felicidad de ver a los artistas vallenatos nominados a un Grammy”, dice con nostalgia el periodista y folclórologo Juan Rincón Vanegas, quien compartió a su lado muchos episodios del folclor vallenato.

Los hijos, nietos, su esposo, los amigos y los artistas vallenatos se niegan a olvidarla, cada año hacen una ofrenda floral en su tumba y una misa en su memoria en la iglesia La Concepción, donde ella cada mañana llevaba flores al Altísimo.

Por eso su legado en las empresas donde se destacó mantienen vigentes sus aportes. En la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata para cada versión que han tenido que hacer sin ella, planean todo como si ella los estuviera viendo y ‘regañando’; en la política su familia y sus amigos de esas lides siguieron luchando para cristalizar sus ideales políticos.

Por ejemplo, su hijo Hernando Molina Araújo es el gobernador del Cesar y uno de sus mejores amigos, Álvaro Morón, es representante a la Cámara; en el periodismo su casa radial de siempre, Radio Guatapurí, así como algunos colegas, viven de su recuerdo y tratan de seguir, sin éxito, su escuela: certera y contundente contra los casos de corrupción administrativa. Carecen de la libertad y el criterio suficiente para el ejercicio.

Así cada uno a su manera trata de mantener vivos sus consejos, sus enseñanzas y su carácter recio para hacer las cosas.

El vallenato, su séptimo hijo
El hijo mayor de La Cacica no es Hernando Molina Araújo como todos creen. Es el Festival Vallenato, el que parió en la vieja casona de Hernando Molina Céspedes, su primer esposo, acompañada de unos quijotes que creyeron en su idea y la acompañaron a hacer de cada abril un mes en el que las mágicas mariposas amarillas de Mauricio Babilonia salen a untar de folclor miles de corazones.

Consuelo profetizó lo que está pasando con el vallenato, es consecuencia de la semilla que ella sembró, porque se la jugó con esos campesinos pobres y sin educación, que abrieron el camino para que hoy el vallenato camine por la alfombra roja de los Premios Grammy Latinos. Creó un Festival en el que nadie creía y demostró de paso que iba a llegar muy lejos porque su carácter pujante, fuerte a veces, la llevó desde los inicios del Festival a pedir, sin pena, la ayuda de importantes personalidades del país, como el ex presidente Alfonso López Michelsen.

Son 39 abriles los que lleva el Festival. Ella maduró la idea y dejó por su prematura muerte, una gran tarea a sus hijos, a su familia, a sus amigos y a los artistas de construir el templo del vallenato: El Parque de la Leyenda Vallenata. Pensó en grande y lo logró, así esté construido en un 40 por ciento.

La política, su otra pasión
Las estrategias de Consuelo siempre funcionaron. Unió el folclor con la política. Sus mejores aliados eran los personajes de la vida nacional. En la casona de Hernando Molina Céspedes, se alojaban, todavía lo hacen, presidentes, ministros, escritores reconocidos como Gabriel García Márquez, y muchas personas que querían disfrutar una buena parranda vallenata.

En medio de las notas del acordeón iba tejiendo la política local, de allí salían alcaldes, gobernadores, candidatos a altos cargos, en fin se hablaba muchas veces la última palabra en materia política.

Le gustó tanto la política que en 1997 aspiró a la Gobernación del Cesar. Llamó a sus aliados de siempre, puso como jefe de debate a su amigo y consejero político, Álvaro Morón, y se lanzó a una campaña que no la hizo ganadora, pero sí le sirvió para sembrar lo que años más tarde recogió su hijo Hernando Molina Araújo en su candidatura al primer cargo departamental.

Nando Molina, como le dicen los vallenatos, se califica como no político, “más bien soy un servidor del pueblo, así como nos enseñó ella, porque Consuelo tampoco era política, era más bien una mujer de carácter social y humanístico. Por eso cuando salgo de gira por el departamento del Cesar, cumplo su sueño permanente de escuchar a la gente, de responderle a la gente, es decir la responsabilidad social”, afirma el gobernador del Cesar.

El hijo de esta folclórologa le copió tan fielmente sus preceptos políticos, que su plan de gobierno es el que ‘La Cacica ideó, soñó, fundó y escribió. “No se le ha quitado ni una coma, ni una tilde, ni un punto, es totalmente como ella lo hizo: el de los buenos tiempos”, agrega.

Su estilo de hacer política se complementaba con el de Álvaro Morón, los dos eran una formula ideal que dejaba en sus discursos en plazas públicas a la gente pensando en que podía haber un mejor futuro.

El 24 de septiembre, día de la Virgen de las Mercedes, dijo en Patillal a donde fue a cumplir su papel de devota de la Virgen, que esa misma semana comenzaría la campaña de Álvaro Morón a la Cámara. Lo dijo en un almuerzo en una de las casas tradicionales de ese corregimiento, pero su promesa no la pudo cumplir porque de regreso a Valledupar la secuestró un grupo de hombres de las Farc, que la devolvieron muerta cinco días después.
Muchos temían cuando ella hablaba. No tenía pelos en la lengua para decirle la verdad a nadie. Su discurso era coherente, moral e intenso a favor de los desprotegidos. Era vehemente en su ataque a los corruptos, por eso dejó muchos contradictores, era contraria al caudillismo económico y político que en ese entonces se arraigaba en el Cesar.

Años más tarde la historia le dio la razón y su departamento con la llegada de su hijo Hernando Molina a la Gobernación y la gestión moralizadora implementada y materializada por su esposo Edgardo Maya en la Procuraduría General de la Nación.
Así la recuerda Álvaro Morón, quien también cumplió su sueño de llegar a la Cámara de Representantes recogiendo sus banderas políticas para trabajar las gentes pobres de su departamento, como ella lo reclamaba, podría decirse que este ha sido uno de los mejores intérpretes de su pensamiento y legado político. A Morón y Consuelo los unía hasta el folclor, porque ambos defendían el vallenato clásico, y eran seguidores de los Hermanos Zuleta, hoy postulados a los Premios Grammy Latinos, tarea que ha prolongado Álvaro porque hace cinco años la violencia le arrebató a una de sus mejores amigas y aliadas.

Su vigencia del periodismo
La Cacica Comenta era su espacio periodístico en Radio Guatapurí, la emisora que aún es de su familia. Demoraba 30 minutos, de 12:30 de la tarde. a 1 de la tarde, tiempo suficiente para combatir a su estilo la corrupción administrativa, tumbó funcionarios, peleó cuando tuvo que pelear, denunció en su debido momento y transmitió a varios periodistas su estilo.

Este trabajo periodístico lo hizo al tiempo que escribía en el periódico El Espectador (demoró 20 años) su columna ‘Cartas Vallenatas’, donde polemizó muchas veces y divulgó a su querido folclor vallenato.

“Ella preparó a muchas personas, ella creó una escuela en el periodismo, una escuela que giraba en torno a la verdad, a la argumentación de hechos y acontecimientos para poder fundar una critica constructiva y una critica fustigante. Fundó un estilo de periodismo radical, que se ha perdido un poco porque está sujeto hoy a los vaivenes de la política, al hambre que también existe y lo digo con todo respeto, y eso vuelve débil al periodismo, aunque yo creo y respeto mucho al periodismo del Cesar”, dice su hijo Hernando Molina.

Su aporte al periodismo crítico es invaluable, aunque algunas veces sus emociones hacían desbordar la razón y dejaba salir la pasión que afectaba la objetividad.

Consuelo Araújo Noguera dejó a medias lo que ella concibió como la gran oportunidad de tener una cadena radial, lo que hoy se llama Cacica Stereo, en honor en su nombre.

Así después de cinco años, sus hijos tratan día a día de mantener sus ideas. Rodolfo es el presidente de la Fundación Festival Vallenata, María Mercedes escribe poemas y versos que le salen espontáneos, Andrés Alfredo es un gran lector y escritor, Ricardo dedicado al sector agropecuario y Edgardo José, hoy abogado. Y hoy el vallenato pisa la alfombra roja de los Grammy. El legado de ‘La Cacica’ está vigente y fortalecido.

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