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| 1/9/2005 12:00:00 AM

El libro de los efectos secundarios

El libro de los efectos secundarios El libro de los efectos secundarios
Cerrar cualquier libro de Paul Auster es cerrar una caja que guarda un espíritu: el de un hombre que narra lo que ha visto para seguir su viaje por el mundo, que arma sin fortuna el rompecabezas de su identidad y que carga de significado las coincidencias de cada día con la esperanza de que exista, más allá de este vacío sin respuestas, una realidad que sabe cómo hace sus cosas. Son esos tres ejercicios -narrar, retratar, atar cabos- lo que une al Daniel Quinn de Ciudad de cristal, al M. S. Fogg de El palacio de la luna y al David Zimmer de El libro de las ilusiones con el hombre encerrado en esta caja nueva, La noche del oráculo, un novelista en pena llamado Sydney Orr. Vive en Brooklyn, Nueva York, en 1982. Escribe sin respirar en las páginas mágicas de un cuaderno azul -un cuaderno portugués que tiene vida propia- mientras se recupera de una enfermedad que estuvo a punto de matarlo. Redacta la historia de un editor, Nick Bowen, que comienza una vida nueva desde el momento en que por muy poco, por unos cuantos centímetros, se salva de morir aplastado bajo una gárgola que se ha desprendido de una fachada de piedra. Orr describe, en suma, el escape de Bowen a otra existencia. Pero es él quien desaparece, como un fantasma en paz, cuando se deja llevar por aquella descripción. Cuando escribe deja de ser una presencia desarticulada. Deja de pensar en el comportamiento indescifrable de Grace, su esposa, que no duerme bien en las noches. O en la mirada torcida de aquel vendedor de cuadernos importados, Mister Chang, que parece un enviado especial del infierno. O en la pierna herida de su mentor, el narrador John Trause, que lo desconcierta con sus anécdotas, sus cuentos inéditos y sus favores de último minuto. Porque su mano compone una historia dentro de una historia dentro de una historia (o mejor: escribe que el tal Bowen lee una novela de 1927 titulada La noche del oráculo) como si pusiera un espejo frente a otro, como si una sola ficción no le sirviera de consuelo. Olvida que cuando nos entregamos ciegamente a la imaginación, convencidos de que podemos darle la espalda a los hechos, el mundo consigue poner en escena nuestros peores temores. Recuerda demasiado tarde que las palabras que pronunciamos tienen un efecto en la realidad: "algunas veces sabemos las cosas antes de que pasen", escribe, "incluso cuando no sabemos que lo sabemos". Mientras se lee sin pausa el nuevo libro del norteamericano Paul Auster, ese escritor tan brillante que es capaz de volvernos a todos escritores, ese narrador que consigue crear suspenso sobre la base de nada, se tiene la sensación de que el autor de La invención de la soledad ha terminado por extraviarse en su propio mundo. Quizás sea simplemente la siguiente estación de una obra extraordinaria que ha viajado de la lectura a la traducción, de la poesía a la narrativa, del cine a la recolección de episodios causados por el azar. Tal vez se trate del destino inevitable -una cierta locura- de un inventor de ficciones empeñado en poner en duda lo que vemos. Acaso sea el grito de un narrador acorralado por el triste estado de su país, contaminado por el trabajo en dos o tres películas y herido por los más recientes secretos de su propia biografía. Sea como fuere, cerrar La noche del oráculo es cerrar otro diario cifrado de un maestro de la escritura. Aunque esta vez se quede adentro, en la caja, el espíritu de un hombre condenado a vivir en la arbitrariedad de una pesadilla. *Reseña publicada en SEMANA LIBROS

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