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| 5/2/2007 12:00:00 AM

“El muy infeliz empezó a darme puños en la cara”

Esta es la primera parte de los testimonios sobre atracos enviados por nuestros usuarios. La segunda parte será publicada la próxima semana.

“El muy infeliz empezó a darme puños en la cara” “El muy infeliz empezó a darme puños en la cara”
Tristemente la convocatoria fue un éxito. En apenas un par de días recibimos varias decenas de testimonios de colombianos que fueron asaltados en Colombia. A unos les fue mejor que a otros, pero todos coinciden en que las autoridades hicieron muy poco para atrapar a los culpables o devolverles sus pertenencias. También recibimos el testimonio de un colombiano al que atracaron en Madrid, España. El contraste es evidente por la atención que recibió de las autoridades y de los médicos que lo atendieron.

Cali: “la sucursal del miedo”
El domingo 15 de abril fui atacado por hombres armados que me quitaron mi motocicleta, la cual apenas había terminado de pagar. Aún no lloro por dármelas de berraco. Pero quedé sin ánimos, sobre todo, porque después fui víctima de un delito aún mayor: la negligencia de la Fiscalía, el único lugar donde se pueden hacer las denuncias los fines de semana. Allí fui apenas me atracaron, pero tuve que esperar seis horas para que una digitadora en avanzado estado de invalidez mental tomara mi denuncia con los datos al revés. Al ver que no podía hacer nada para recuperar mi moto, un oficial me dijo en voz baja: “lo mejor es que se meta a los ‘huecos’ y ofrezca una recompensa por ahí de 500 mil pesos, y verá que se la devuelven al otro día”. Esto solo ocurre en Cali, la sucursal del miedo.
Osman Sarmiento
Cali

“El muy infeliz empezó a darme puños en la cara”

Salí de mi casa en el barrio Los Sauces (a cuatro cuadras de la avenida primero de mayo, cerca de las mueblerías) el domingo 22 de octubre, como a eso de las 9:30 de la mañana. Me faltaba una cuadra para llegar al puente peatonal, cuando de la nada salió un tipo que me agarró por el cuello, me puso contra una pared y me pidió mi bolso. Yo me quedé inmóvil, el tipo pensó que no le quería entregar las cosas, pero no se daba cuenta que no me podía mover porque no me dejaba respirar. Entonces me sentó en el piso y sin soltarme el cuello comenzó a insultarme y amenazarme, entre otras cosas me dijo que me iba a “coser a puñaladas”. Creo que no llevaba ningún arma porque finalmente no me cortó. Pero el muy infeliz empezó a darme puños en la cara. Yo no podía gritar y no veía pasar a nadie por ahí. Alcancé a ver a algunos vecinos que se asomaban por la ventana y rápido se volvían a entrar. Entre tanto, un compinche del tipo vino a ayudarle. Entonces mientras uno me quebraba la cara a puños, el otro me daba patadas. Un rato después se aburrieron de darme golpes y me dejaron sin robarme nada, eso fue lo bueno. Luego salieron unos vecinos, a quienes les pedí que me dejaran llamar a mi casa para que me recogieran. Pero me cerraron la puerta en la cara, no sin antes preguntarme que si no era mi novio el que me había pegado.

Como si eso no fuera suficiente, después tuve que ir a tratar de poner el denuncio. Fui a la estación de policía de Kennedy y me mandaron a la de Puente Aranda. Cuando llegué estaba muy llena. Entonces el día siguiente fui a la de Paloquemao. Después de una fila de tres horas me remitieron a Medicina Legal, donde me expidieron una incapacidad por ocho días y me dijeron que volviera a solicitar un turno para la denuncia. Finalmente nunca la puse, pues el turno que me asignaron era el 60 y cuando llegué hasta ahora iban atendiendo al turno 12.
Diana Checa
Bogotá

“No podía ni soltar un madrazo por físico miedo”

Un medio día de noviembre me atracaron en la puerta de mi casa, cerca al centro Manizales. Mientras sacaba las llaves del bolso vi a dos menores de edad que miraron mi bolso, luego se separaron y cuando iba a introducir la llave en la puerta, me estrujaron y me quitaron el bolso. Yo vivo al terminar una falda y los expertos no bajaron, sino que por el contrario ascendieron lentamente, mientras que yo no podía ni soltar un madrazo por físico miedo. Fue un simple raponazo, pero me dejó angustia y desconfianza hacia cada joven con cachucha y pantalones anchos que veo en la calle. Ahora no cargo más bolsos. Ando con las llaves en la mano y la plata en los bolsillos de la ropa o encaletada. Milena Quintero Uribe
Manizales (Caldas)


“Ocurrió a dos cuadras de la estación de policía de la Circunvalar”
Unos ladrones quebraron el vidrio mi carro, y al mismo tiempo rompieron una botella en la calle para despistar. Después entraron por la ventana y se llevaron la base donde se inserta el radio removible. Antes de salir corriendo se quitaron las gorras y chaquetas de colores llamativos que llevaban puestas. Esto ocurrió en la 53 con cuarta, a dos cuadras de la estación de policía de la Circunvalar.
(El autor pidió mantener su nombre en reserva)

“Las autoridades no pudieron hacer nada”

Cuando volvimos de nuestras vacaciones de semana santa encontramos que los ladrones habían entrado a nuestra casa, en el condominio de La Vega, al sur de Cali. Se llevaron cosas pequeñas, fáciles de sustraer y camuflar: lociones, discos compactos, un discman, una afeitadora, una plancha para cabello, joyas, dinero en billete y monedas (porque las alcancías fueron abiertas y desocupadas) y una tarjeta de crédito. Entonces llamamos a la policía, a la Sijín y a la compañía de seguridad del edificio. Ellos concluyeron que el robo fue perpetrado por residentes del mismo condominio. Pero los agentes de la Sijín manifestaron que no podían proceder a tomar huellas porque la escena estaba muy contaminada; y que tampoco podían inspeccionar las otras 53 viviendas sin órdenes de allanamiento, por lo que se limitaron a realizar una serie de interrogatorios a los guardas, a la administradora, y a nosotros. Como siempre, imperó la ley del silencio, nadie vio ni escuchó nada. Entonces tuvimos que poner la denuncia en la Fiscalía, pero no pasó nada. Allí los mismos agentes nos dejaron aburridos cuando manifestaron lo demorado que esto puede ser, además porque el nuevo sistema penal acusatorio los tiene con las manos atadas, “que está a favor de los delincuentes”, dijeron.
Carlos Javier Ñustes
Cali

“Fui asaltado por dos marroquíes”

Soy bogotano y vivo en Madrid (España) hace año y medio. En agosto pasado fui asaltado por dos marroquíes en el barrio de Lavapiés, donde vivo con mi esposa. Así pasó: ese martes salí temprano para el trabajo y en el recorrido hacia el metro advertí que dos jóvenes marroquíes comenzaban a caminar detrás de mí, pero no les presté mayor atención, tal vez debido a la confianza con la que uno se acostumbra a caminar por Madrid. Recorrí entonces un par de calles cuando sentí que alguien desde atrás me rodeaba el cuello con su brazo. En un principio pensé que se debía tratar de algún amigo que me jugaba una broma, pero luego el tipo no me soltaba y la presión en la garganta se hacía más fuerte, por lo que me di cuenta que me estaban atracando. Perdí la conciencia durante unos dos segundos, y no sé muy bien si el tipo me arrojó o yo me desvanecí, pero lo cierto es que caí sobre la acera y me di un golpe franco en la cabeza.

Cuando recuperé el sentido, vi que se me acercaron unas tres personas que pasaban por el lugar y me socorrieron. Me ayudaron a levantarme y uno de ellos, un chico muy amable, se ofreció a prestarme su celular para hacer las llamadas que necesitara. Le pedí que llamara a Delfina, mi esposa, pero no contestó. Después le pedí que llamara a mi trabajo a avisar y como yo no sé el teléfono (estaba en el celular que ya no tenía conmigo), el chico se tomó el trabajo de llamar a una central de información, pedir el número y llamar. Las otras personas me dijeron que habían visto a dos chicos marroquíes bajar caminando por la calle Lavapiés y decidimos ir tras ellos. Cuando llegamos a la esquina nos encontramos con dos policías a los que les contamos todo. Entonces llamaron a sus compañeros y en menos de dos minutos llegaron otros 15. No sé muy bien por qué, pero decidieron meterse a un portal y allanar un apartamento. Mientras tanto, el amable chico del celular había llamado a la ambulancia. En ese momento, los policías sacaron del lugar a uno de los marroquíes y me pidieron que lo identificara. Yo no pude hacerlo, pero milagrosamente sacaron mi bolso canguro con el celular y su estuche, las llaves y mis documentos (el DNI, el pase colombiano, la tarjeta del seguro y la tarjeta del cajero). Yo reconocí mis cosas, por lo que los policías montaron a los chicos al furgón y se los llevaron.

Para ese momento la ambulancia ya había llegado y una amable paramédica me estaba revisando las heridas. Ella determinó que necesitaban sutura, por lo que me montaron a la ambulancia. Una vez en la clínica de la Seguridad Social tuve que esperar en una silla de ruedas por una hora para que un médico muy amable me atendiera y me cogiera once puntos en la cara (cuatro en el mentón, seis junto a la ceja y uno en la frente). De allí me fui hasta la comisaría de policía, un lugar agradable en el que tuve que esperar una hora más a que me atendieran. Allí me entregaron mis cosas y no lo podía creer. Es que en Colombia uno no tiene la más mínima ilusión de recuperar lo robado. Le conté al policía lo ocurrido, tomó nota y me notificó de la citación al día siguiente para declarar en el juzgado. Salí de la comisaría y sólo hasta ese momento pude hablar con Delfina. A ella la habían llamado en la mañana de Häagen-Dazs a contarle que me habían atracado y que estaba en la comisaría rindiendo declaración. Pero ella no sabía nada de la clínica. Claro, cuando le conté se puso muy nerviosa. Decidimos que lo mejor era salir de dudas y aprovechar el seguro médico para pedir unas radiografías de la cabeza. Cogimos un taxi (lo cubre el seguro) y fuimos a una clínica privada. El médico me hizo unos exámenes de reflejos y equilibrio y me tomaron la radiografía que salió bien. De ahí fuimos a la Mutua de Accidentes Laborales, porque nos habían dicho que los accidentes ocurridos en los trayectos de ida y regreso al trabajo eran accidentes laborales ‘in itinerare’, es decir, tenían los mismos efectos que los ocurridos en el lugar de trabajo. De modo que cogimos otro taxi (también lo cubre el seguro) y en la Mutua me dieron dos días de baja laboral.

Al día siguiente fui al juzgado. Después de esperar durante hora y media me hicieron seguir a una audiencia muy bonita, parecida a las de las películas, donde el juez, el abogado y el fiscal eran mujeres. Nos hicieron comparecer por separado, a los moros y a mí. Cuando me preguntaron si esperaba una indemnización por parte de los agresores, dije que renunciaba a ella, pero sí enfaticé en que quería que ese caso tuviera consecuencias penales porque no sólo yo había sido víctima de esos chicos, sino que en esa calle los vecinos estaban siendo asolados por una pandillita a la que yo creía ellos pertenecían. Nos cruzamos en el corredor después de la audiencia y noté en ellos resignación ante una condena segura. Eso me hizo sentir más seguro. Francamente los ladroncitos resultaron muy principiantes. Primero, roban en su propio barrio; segundo, a una cuadra de donde viven; y tercero, corren a esconderse a su casa con el botín. Con razón los cogieron tan fácil. Es que eso aprenden a no hacerlo los ladrones colombianos en ‘Introducción al Atraco Callejero I’.
Federico García
Madrid (España)

EDICIÓN 1893

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