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| 7/12/2007 12:00:00 AM

"El último de los emblemáticos": El Nuevo Siglo

El periódico El Nuevo Siglo, de Bogotá, hace una suerte de homenaje a quién considera el último de los políticos ideológicos y lo compara con Álvaro Gómez Hurtado, pese a sus diferencias de pensamiento.

EL domingo pasado, cuando Alfonso López Michelsen mantenía plena lucidez, recién cumplidos los 94 años, no dudamos en calificarlo en estas columnas editoriales como el colombiano vivo más importante. Hoy, al hacer su tránsito espiritual, retornamos al mismo pensamiento de hace un par de días, cuando lo reputamos de clásico.

Ha muerto, como dijo Alberto Lleras de su padre, en acre olor de tempestad. Es decir, presto al combate ideológico. López era el último de los emblemáticos, aquellos que como Álvaro Gómez habían copado el escenario de la política bajo la premisa de que ella era, en primer lugar, un ejercicio de la inteligencia. Revestidos de un numen intelectual, fruto de una cultura que adquirieron como motivación vital, les era imposible tener una aproximación sobre las cosas, que no fuera densa, profunda, fruto de su volumen ilustrado.

Las divergencias entre ambos eran, naturalmente, obvias. Pese a ser enseña de un establecimiento que nunca los comprendió, los dos fueron revolucionarios, ajenos, desde luego, a confundir la batalla de las ideas con el tremor de las armas, tan particular de ésta Colombia herida, y juntos, en una u otra ocasión, se situaron con dureza contra el Régimen. En ello cayó vil e impunemente asesinado Gómez Hurtado, cuando estaba en la cumbre de su brillantez, y López Michelsen así lo hizo al oponerse en solitario al sistema que imperaba en el momento, después de un plebiscito multitudinario. Es decir, que ambos, en una u otra oportunidad, actuaron a contracorriente, donde se curten los espíritus y se aquilatan las convicciones, y en general ninguno mostraba satisfacción con los hechos circundantes porque les dolía Colombia.

El país, ya sin los referentes que por décadas significaron no sólo los dos anteriores, sino Alberto y Carlos Lleras, o Misael Pastrana Borrero, ha quedado expósito de esa generación. A Colombia la embarga cierta sensación de orfandad. Frente a ello no existe en sus dirigentes ninguna tendencia por lo intelectual. Esta ha sido sustituida por eso que denominan pragmatismo y que supone que, pensando presuntamente en lo práctico, se abandonen y sepulten los principios. Así se reciclan los inconvenientes y se vive un entorno regresivo. No existe, pues, una orientación que permita dilucidar el sentido de las cosas que, sin dirección, van prosperando hacia adelante y hacia atrás al capricho de las dramáticas circunstancias colombianas.

La vida de López Michelsen tiene múltiples facetas. Podrá estarse de acuerdo o en desacuerdo, pero en su largo transcurrir palpita el optimismo por Colombia, sus gentes y su cultura. No es ello, ciertamente, lo más evidente en una persona crítica, polémica, que auspiciaba la controversia como método para asentar sus ideales.
Pero vista en conjunto su trayectoria vital, tomada desde sus inicios hasta su deceso, surge en el trasfondo esa característica optimista que lo llevó a pensar en grande en el país, que fue obsesivo del progreso, que quería crecimientos económicos del 9%, proyectar a Colombia como el Japón de Suramérica e insertarla en los tiempos modernos.

López economista, introdujo al país en la era del petróleo; López constitucionalista, siempre activo y vigente, participó del moldeamiento de las instituciones, hasta proponer recientemente el sistema parlamentario, como reemplazo de la reelección presidencial consecutiva, de lo que aún se habla, no como lo pensó, sino para prorrogar una “clase política” desacreditada; López internacionalista, reconocido por toda la América Latina, quiso una política de Estado al respecto, hoy más necesaria que nunca; López civilista, logró incorporar los derechos de las mujeres y abrirles el mercado laboral y la política; López liberal, siempre creyó en la fortaleza de los partidos como indispensable al cauce democrático y republicano; López académico, dictó clases inmersas en la historia; López periodista, mantuvo sus columnas por décadas sin fallar hasta el último de sus días; López literato, escribió novelas, prólogos y ensayos sobre sus contemporáneos; López orador, no sólo fue el primer “anti-veintijuliero”, sino que de continuo adobaba sus entrevistas con frases impactantes y agudas; López humanitario, propuso un acuerdo para liberar a los secuestrados; López social, hasta semanas recientes participaba de tertulias y conferencias para presentar a poetas o inaugurar empresas; López cultural, llevó a la cúspide el folclore, como el vallenato, hasta implantarlo como elemento nacionalista; López bogotano y familiar, vestido con elegancia, por 60 años casado con doña Cecilia Caballero y rodeado de nietas; López amigo y enemigo, siempre de los mejores; López, el irónico; López, reprochado; López, respetado y acatado; López, en fin, multifacético.

Winston Churchill decía que las personas se dividían en tres. Las primeras, que conforman el 90%, que sólo saben hacer una cosa y les va más o menos bien; las segundas, que son el 9%, que hacen dos cosas y ya son importantes; y las terceras, que apenas llegan al 1%, que suelen hacer la mayoría de las cosas bien y viven extraordinariamente. Alfonso López Michelsen pertenecía a éste grupo.



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