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| 7/25/2004 12:00:00 AM

El verdadero dilema Santa fe de Ralito Pisar la cabeza del monstruo

El verdadero dilema Santa fe de Ralito 
Pisar la cabeza del monstruo El verdadero dilema Santa fe de Ralito Pisar la cabeza del monstruo
El evidente descalabro creado por la presencia de narcotraficantes en la mesa de negociaciones de Santa Fe de Ralito sería una oportunidad para que el gobierno ingrese pisando duro e imponiendo condiciones que hagan claros tres objetivos: 1) Una desmovilización de los frentes paramilitares en las zonas de influencia, con el inmediato cubrimiento de la Fuerza Pública; 2) El cese del fuego y el compromiso verificable de no cometer más asesinatos ni ataques contra la población civil y 3) La devolución de las tierras y los bienes provenientes de su accionar militar y los negocios con el narcotráfico. Gratuitamente los narcos no pueden contar con facilidades para lavar su pasado, y sería un pésimo error confundir los principales motivos de la negociación, con una alianza vergonzosa de quienes han financiado la guerra durante los últimos años, y quienes son indirectamente los causantes del daño humanitario más grave que ha tenido Colombia contra la población civil. Si este proceso no quiere repetir los errores del Caguán tendrá que demostrar desde ahora hechos sobradamente contundentes. Porque, retrospectivamente, los fallidos intentos al negociar con las Farc radicaron en una sonámbula prolongación de los ritmos y temas impuestos por la insurgencia. Los comisionados del Caguán fueron dulces amas de llaves a quienes 'Don Manuel' regañaba cuando le venía en gana. Bastaría revisar este pasado inmediato para comprender que en la zona de despeje el fusil inspiraba más respeto que los discursos. En las primeras escenas de Santa Fe de Ralito, la sagacidad del comandante Mancuso ocupó todos los espacios. El rostro reluciente de don Salvatore se llevó las fotografías de primera plana. Y aunque el desaliño de fondo resultaba muy natural, los convidados a la mesa por parte del gobierno no fueron lo suficientemente incisivos. Pero ¿acaso pudieron serlo? De ahí que una deshilvanada retórica sobre la prioridad del señalamiento como narcotraficantes a algunos de los negociadores, aunque importe, no es lo central por ahora. Porque este aspecto coloca una carga superior de prueba al lado de las presiones de Estados Unidos, pero nos deja sin fortaleza propia. Allí donde el gobierno tiene la obligación de no ceder es en las tres condiciones previas. Y principalmente en la tercera. Cuando los paramilitares sean obligados a devolver las mejores tierras, cuando sean forzados a entregarle a sus propietarios los bienes que arrebataron por la fuerza, todo en Santa Fe de Ralito comenzará a tener otro color. ¿Por qué este argumento gira en sentido contrario a los lugares comunes de análisis? Porque contiene la almendra en donde caen mediante superposición casi todos los elementos claves de la agenda. Nuestra guerra tiene una extensa connotación territorial y las estrategias que la orientan se deciden en virtud del predominio estratégico que han logrado los grupos armados ilegales sobre los corredores de cultivos ilícitos y economía ilegal. La geografía económica del conflicto colombiano, ya suficientemente estudiada, ha abierto inmensas regiones del país al intercambio de drogas, armas y contrabando. Afectar estos bienes adquiridos mediante el terror de las poblaciones es pisar la cabeza del monstruo. Luego, en lugar de grandes declaraciones, lo urgente es imponer las condiciones mencionadas. Siendo una negociación sin equilibrio de fuerzas, porque los paramilitares no gozan de unidad, ni mucho menos de claridad política (aunque se nos diga lo contrario. No se debe temer por acciones conflictivas de mayor envergadura. Porque no les conviene a los comandantes en Santa Fe de Ralito. En cambio los riegos del proceso dependen en parte del tiempo. Y el tiempo de las negociaciones corre paralelo a la campaña por la reelección. En este caso los colombianos le pueden devolver la propia dosis al presidente. No ven tanto al comisionado de paz, dado que no tiene la fuerza necesaria para confrontar a Mancuso. Y los representantes de la comunidad internacional, apenas sí están reconociendo terreno. El planta cara de don Salvatore exige un cara dura de la estirpe de Uribe. Si el gobernante no tiene la medida y el cálculo estratégico para jugar esta partida, sus sueños como candidato a la reelección se podrían ver esfumados. Y que pena con los argumentos que permiten liberar emociones tan altruistas como aquella de "no estar negociando con ángeles". Porque la trampa de esta falacia consiste en hacernos creer que si la negociación es con verdaderos señores de la guerra, entrenados para mostrar sus afilados dientes, tendríamos que sepultar todas las prerrogativas del Estado de Derecho. Y bueno así para cualquiera que usando un arma pueda intimidar a los ciudadanos y las instituciones democráticas. Pero malo, muy malo, al amparar la figura camaleónica de los señores de la guerra y sus exigencias. *Analista Político, su último libro: Las Metáforas de una Guerra Perpetua, fue publicado en Marzo de 2004 por El Fondo Editorial EAFIT de Medellín.

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