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| 12/7/2002 12:00:00 AM

El víacrucis feliz de Derek Walcott en el caribe colombiano

El Nobel de Literatura Derek Walcott estuvo en Barranquilla para asistir a la Primera Feria del Libro de la Gran Cuenca del Caribe durante el pasado mes de mayo. El inadvertido paso de Walcott fue relatado por el investigador Ariel Castillo Mier, quien publicó su crónica en la Revista Aguaita del Observatorio del Caribe y por el cual recibió el Premio Simón Bolívar en la modalidad de Crónica de Prensa.

I UN SUCESO HISTORICO CASI IGNORADO

Dentro de unos años, cuando los historiadores acudan a las hemerotecas o naveguen por las redes cibernéticas en busca de los datos sobre lo ocurrido en Barranquilla en el primer mayo del milenio tercero se encontrarán con que la ciudad y la nación, en medio de la guerra cotidiana, se emocionaban al unísono con las cintas fucsia de la frivolidad: la previsible derrota del Junior como local ante el Boca Juniors de Argentina; la indignación del cuerpo diplomático nacional ante la broma gringa y agresiva de un tonto animador de televisión norteamericano a la reina de la belleza de Colombia; el cachazo en la nariz y el balazo en la ingle al "Bolillo", un paisa técnico de fútbol que dirigía la selección de Ecuador; y la polémica en torno a los méritos del presidente del país para recibir el noruego Nobel de la Paz.

No obstante, al observar con minuciosa atención, los estudiosos podrán darse cuenta de que para el país no todo fue farándula y farolería: refundido en el rincón de una página cualquiera, encontrarán que, por esos mismos días, en medio de la maratón de malas noticias ?el inventario infinito de muertes violentas- se dio un suceso significativo y esperanzador: organizada por el Vicepresidente de la República, Gustavo Bell, y el Plan Caribe ? DNP, se llevó a cabo, en la sede de la Caja de Compensación Familiar Combarranquilla, la Primera Feria del Libro de la Gran Cuenca del Caribe, a cuya instalación asistió, como invitado especial, el tercer Premio Nobel de Literatura del Caribe: Derek Walcott.

Pero no serán muchos los datos que obtendrán los curiosos de la historia acerca de la estada de Walcott en Barranquilla y en Cartagena. ¿Cómo llegó? ¿Qué hizo allí? Para responder a tales interrogantes será preciso apelar al método de la ficción. A menos que se topen con la revista AGUAITA CINCO.

II JUEVES: COMO REGRESAR A CASA

Derek Walcott llegó a Barranquilla en la hora en que se escucha la voz del crepúsculo. La ciudad estaba tranquila, casi paralizada frente a los televisores por el partido de fútbol internacional que había provocado, para facilitar la afluencia de automóviles al estadio, el cierre, en una de sus direcciones, de la principal vía de acceso a la ciudad.



El avión aterrizó en el aeropuerto Ernesto Cortissoz de Soledad a las cuatro y cuarto de la tarde. Minutos después, acompañado de su tercera esposa, su ex alumna Sigrid Nama (galerista de arte en Nueva York, una holandesa de origen alemán que habla cuatro idiomas y quien hubiera vivido en Bogotá de no interponerse problemas de inmigración cuando sus padres, huyendo de la guerra, quisieron residenciarse en la capital de este país), Walcott salió por la puerta lateral de los pasajeros preferenciales. Allí los esperaba la comitiva de recepción con las escarapelas para evitar las colas y agilizar los trámites del ingreso a Colombia.

Vestida de blusa negra con florecitas y pantalón color curuba, magister en Ciencia Política y admitida para el doctorado en Relaciones Internacionales en Cambridge, responsable de las Relaciones Internacionales del Plan Caribe de la Vicepresidencia de la República, Marcela Londoño, caribeña nacida en Bogotá, fue la encargada de recibirlo junto con Ana María Aponte, de la Vicepresidencia, Camilo, guardaespaldas, y Shirley, la motociclista con la misión de seguirlo y de cuidarlo, a sol y a sombra, en cada desplazamiento por las recalentadas calles curramberas.

Tras la presentación de rigor, con besos incluidos y los cumplidos de siempre, el honor de tenerlo, etc., mientras Camilo y Ana María se fueron a buscar las maletas, Sigrid comunicó su presentimiento: "Estamos casi seguros de que el equipaje no está aquí". Si habían llegado a Barranquilla era por puro milagro y gracias a la obstinación de Sigrid ya que el avión americano que los traía de Nueva York llegó retrasado a Miami, cuando se vencía el tiempo de la conexión, pero Sigrid, con todos los papeles oficiales ?cartas de invitación, agenda de actividades- en la mano, se acercó a las autoridades aeroportuarias y les explicó que tenían un compromiso con la Vicepresidencia de Colombia, y que la culpa sería de ellas si no paraban la salida del vuelo a Barranquilla. Aunque detuvieron el despegue del avión, no hubo tiempo para el transbordo de los equipajes.

Al rato regresaron Camilo y Ana María con la previsible mala noticia: las maletas llegarían el viernes a las 10 de la mañana. Por fortuna, Sigrid, precavida, traía un equipaje de mano con elementos de urgencia ?interiores, cosméticos-, pero deberían salir volando hacia un almacén para conseguir al menos una corbata marrón que le combinara a Derek con la chompa y la camisa color carmelita. Fue entonces cuando llegó la avalancha de los reporteros gráficos con sus flashes cargados y Walcott, con su voz de setenta y un años y el cansancio acumulado de los tormentosos cambios de avión y la terrible tensión ante el inminente incumplimiento con un compromiso trascendental, les dijo: "Yo no puedo permanecer aquí si antes no voy al baño". Shirley lo acompañó.

Cuando Walcott regresó, ya con el rostro del alivio, Marcela, un tanto temerosa y tensa por las advertencias recibidas sobre el Nobel como persona quisquillosa y cascarrabias, le comentó la intención de los periodistas de formularle unas preguntas. Walcott la interrumpió:

-¿Y tú, cómo te llamas?

Marcela (desconcertada porque se había comunicado con Walcott desde los primeros contactos telefónicos ?con frecuencia monosilábicos-, cuando el viaje del autor de El viajero afortunado a Barranquilla era sólo una ilusión vicepresidencial, y le había escrito numerosas cartas y le había dado todas las indicaciones del viaje, cómo así que ahora ni del nombre se acordaba), le respondió con toda la diplomacia del caso:

-Marcela Londoño.

-El mío es Derek.

-¿Quiere decir que puedo llamarlo Derek?

-Claro. Yo no te voy a decir Miss Londoño.

Fue como si alguien hubiera sacado un punzón potente para partir en pedacitos un intruso hielo que impedía el fluir de la comunicación. Los corazones antes intranquilos regresaron al sosiego de las palpitaciones cordiales.

Eternizados todos en las primeras fotografías (mientras una bocanada juguetona de viento caliente como un vaho animal le anunciaba a los árboles y a los pitirris y a los goleros del aeropuerto la llegada del bardo de las islas de los huracanes), se dirigieron hacia "La Cariñosa", la burbujita van del diario barranquillero El Heraldo, la única blindada y con vidrios polarizados en la ciudad, por lo que el periódico se ha acostumbrado a prestarla cuando vienen visitantes ilustres. Nada formal ni solemne, más bien introvertido, de pocas palabras o de muchos silencios, Walcott se sentó en la silla delantera, al lado de Jose, el conductor, y tras sacarlas de un carcaj invisible, disparó las primeras flechas caribes de su ironía contundente:

-Váyanse ustedes atrás con Sigrid, yo me quedo adelante. Creo que voy a aburrirme muchísimo en Barranquilla con estas mujeres tan feas de funcionarias.

Apenas arrancó el carro, Marcela le entregó las dos carpetas preparadas en la alta noche anterior con toda la información del evento, los horarios, el programa, la guía para orientarse en la sede de la Feria, la agenda personal del Nobel y una edición de lujo con portada de múltiples azules ("Aquí, la única guerra es una guerra/ de silencio entre el cielo azul y el mar"[1]) de Biografía del Caribe de Germán Arciniegas, hecha por la Presidencia de la República con prólogo de Gustavo Bell. A partir de ese instante como un dolor de cabeza sutil pero incisivo, la gran preocupación de Walcott sería el protocolo. Marcela le informó asimismo que el Vicepresidente había invitado al embajador de Colombia en Jamaica, el doctor en Historia Alfonso Múnera, gran conocedor del Caribe, para que lo acompañara durante su estada en la ciudad y que, si Walcott lo deseaba, podría viajar con él a Cartagena el sábado. Al escuchar el nombre de la ciudad amurallada y colonial, el poeta debió recordar por un brevísimo momento el pasaje de Omeros en el que se menciona una retortijada botella de vino, con costras de oro falso, perteneciente al museo de la isleta, posiblemente proveniente de un galeón al que un huracán arrastró desde el puerto de Cartagena. Pero en seguida regresó, como en una pesadilla, a la conduerma del protocolo.

Cerrada por el partido la vía Circunvalar -tugurios tristes, moteles de amor furtivo, desfile de carros de mula y de llanterías tétricas-, el auto se internó en Barranquilla por el portillo semindustrial de la Calle de las Vacas -avenida central de robles rosados y almendros garciamarquianos, madererías, fábricas de refrescos y de hielo, a lado y lado-. Desviando la mirada del entorno, Walcott se volvió hacia Marcela:

-Supongo que habrá un protocolo. ¿Cómo le tengo que decir al Vicepresidente? ¿Señor Vicepresidente de la República de Colombia? ¿Su eminencia? ¿Y a los demás? Anótamelos en una lista, porque no me voy a acordar.

Antes de llegar al hotel, el auto se detuvo en el centro comercial Villa Country para que Sigrid y Ana María se bajaran a buscar la corbata para la ceremonia. Derek permaneció en el carro: "¿Y la Ministra de Cultura es una mujer? ¡Qué maravilla! ¿Y después habrá coctel o cena? Me imagino una larga mesa con viejitos gordos con bigotes y vestidos de paño hablando a gritos". Y, envuelta en una carcajada franca y sonora, de oreja a oreja, la frase: "No me digas que a eso me trajiste a Colombia".

Cuando le trajeron la corbata, la tomó en sus manos, "qué bonita", y se la tiró a Sigrid. Mientras el minibús atravesaba las calles solitarias y silenciosas de una ciudad sumida en el suspenso futbolero, Walcott volvió sobre el tema: "Pero, cómo es que le tengo que decir al Vicepresidente? ¿Su Excelencia? ¿Por qué no Gus?"

A los Walcott les gustó la habitación pequeña, acogedora y cómoda con dos baños en la suite presidencial: así podrían estar listos mucho más rápido. Al bajar a la recepción, los esperaba Alfonso Múnera, lector leal de la difícil poesía del Nobel en inglés desde cuando Gustavo Bell se la regaló completa, para cuya comprensión ha ido acumulando una colección de diccionarios de todo tipo, pero en especial de modismos caribeños. Marcela los presentó y de inmediato surgió una corriente cálida entre los dos caribeños que incluso se parecen físicamente y habrían de ser confundidos en no pocas ocasiones tanto en Barranquilla, la Bella, como en Cartagena de Indias y Mulatas. En ese momento llamó el Vicepresidente y la comitiva, eufórica, todo perfecto, excelente, están felices. "No nos vamos de una vez. Tomemos un refresco en la piscina" ?propuso Walcott. Pidieron una limonada y no se la habían bebido cuando el Vicepresidente volvió a llamar para avisarles que no había afán y que podían llegar cinco minutos antes de la iniciación del evento.

En el camino hacia la Feria algo que le llamó la atención a Walcott y le produjo nuevas carcajadas fueron los edificios cuyos nombres estaban precedidos por la palabra 'edificio' ?Edificio Josefa, Edificio Miss Universo-: "Esto es realismo mágico. A los edificios y las casas los marcan como en Cien años de soledad. ¿Así es con todos los objetos?"

El ingreso a la sede de la Feria, no fue fácil. Tuvieron que abrirse paso entre una multitud abigarrada -bajo los altos cocoteros de sombra inútil del frente y al lado de los laureles recién podados en medio de la ardorosa algarabía nocturna de los grillos indiscretos- que bregaba por entrar al recinto. Adentro no cabía ni un alfiler flaco. Allí estaba el gremio de los libreros y editores y las autoridades académicas y toda la burocracia cultural y la intelectualidad barranquillera: mucha gente encorbatada, empolvada y con mancornas y leontina y camisas acartonadas con anacrónico almidón, pero la mayoría informal, mucha guayabera amarilla, mucha franela fresca de playa, mucho amansaloco, mucho zapato blanco, mucha mochilachimila y escotes esculturales y modas de muerte lenta.

Al entrar Walcott se topó de frente con una pared en la que resaltaba la imagen de dos libros gigantescos, cada uno con un círculo en la portada, en los que se destacaban respectivamente los rostros nada noveles de García Márquez y Derek Walcott. En el segundo piso los esperaba el Vicepresidente en una salita en la que permanecieron unos minutos, hasta la hora acordada para empezar. Al ver a Ana María, le preguntó entre risas: "¿Si ves cómo soy de generoso que mando a dos cachacas a recibir al Nobel?". Y Walcott: "Esto es Caribe como Santa Lucía: como regresar a casa, para nosotros que venimos de New York". Y bajaron.

En la instalación no pudo dejar de aludirse al partido de fútbol y sus posibles consecuencias pedestres: de ganar el Junior habría que olvidarse al día siguiente del titular de primera página para la Feria. Tras varios discursos, en verdad breves, le entregaron a Walcott las llaves de la ciudad y una medalla con la cinta de la bandera de Colombia en la que aparecía su apellido Walcot (sic). Al dirigirse al público, el poeta de Santa Lucía confesó su perplejidad: "¿Qué hago yo aquí entre tanta gente importante?". Asimismo olvidó todas las recomendaciones preliminares: "De lo primero que me hablaron cuando me bajé del avión fue del protocolo, una retahíla de nombres que me hizo entrar en pánico y solo me acuerdo de Mr. Vicepresident y de Mme. Ministro de Cultura y no más. Ustedes saben lo que les quiero decir".

No se había previsto la traducción simultánea y mucha gente del público se quedó sin entender lo que Walcott había dicho en su inglés clásico, caribeñizado a punta de mar y humor y conciencia de lo propio, pero sin ostentaciones ni resentimientos atávicos ni odios arcaicos. Por fortuna, para la prensa barranquillera, el periodista, escritor y cineasta Heriberto Fiorillo estaba detrás del parlante donde los reporteros de El Heraldo tenían sus diminutas grabadoras y les tradujo las palabras del Nobel. Así pudo salir la reseña del día siguiente. La ceremonia inaugural se cerró al ritmo del Caribe con la presentación de un grupo cubano de danzas -vistosos vestidos de colores alegres, eléctricos y movimientos llenos de gracia y erotismo, que Sigrid disfrutó bastante -pese al cansancio del largo y accidentado viaje-, y que el alcalde de la ciudad aprovechó para escabullirse y ver, en vivo y en directo, el partido del Junior.

Esa primera noche, la comida fue en el hotel, bajo un techo que termina en un palo de mango: sopa de pescado con pan caliente. Y Walcott: "Esto es perfecto, lo que yo quería". De vez en cuando caían al piso los mangos de manzanita maduros tumbados por la brisa abrasadora de la noche y al reventarse inventaban islas volcánicas y dulces rodeadas por un mar mínimo y amarillo. Al llegar el Vice y el embajador, Walcott les comentó que con las de ese día eran cuatro las llaves que atesoraba: Texas, Barranquilla y dos más, y que estaba muy contento porque ya podía entrar a Barranquilla. Durante la cena, los temas de conversación recurrentes fueron la historia de Cartagena y la obra de García Márquez.

Lea la crónica compelta "El víacrucis feliz de Derek Walcott en el caribe colombiano" del investigador Ariel Castillo Mier

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