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| 1/30/2005 12:00:00 AM

Fragmento de 'Las ceremonias del deseo'

Sandro Romero Rey, ganador en la categoría de cuento

Fragmento de 'Las ceremonias del deseo' Fragmento de 'Las ceremonias del deseo'
I
Pasado(s) de moda
Más vale tarde

¿Qué fue primero, el rock o la gallina?, ¿el huevo o la nada?, ¿huevo o nada?, ¿las rocas, las piedras, el huevo duro? Nadie admite responsabilidades, pero sí, hubo un principio, hubo una firme roca para aferrarse, para cantar a voz en cuello, aúuuu, cruce de caminos por donde se sienta a husmear el demonio, correveidile, salí, salimos a merendar en medio de la noche y se nos ocurrió invocar a ese viejo pajarraco Robert Johnson del que tanto se hablaba, Jenny me dijo que si yo no conocía a Robert Johnson, yo no conocía ni a la puta que me había parido, malparida Jenny, claro que yo conocía a mis negritos, me and the devil blues, y había cantado hasta la saciedad en mi infancia eso que se llamaba "Love in vain", que después vine a saber que se trataba de amor en vano, lo que Jenny me había clavado en mi corazoncito ardiente, amor en vano, maldigo a Jenny por el resto de mi existencia, por el ruego de mi insistencia, ella, que se las sabía todas, pretendiendo que yo no sabía nada cuando, puf, yo me la llevaba por delante, a ella que era como el Mago Carrasclás, divina por delante y perversa por detrás, Jenny, Jennycita, rock, gallina, huevo quiero, huevo o nada, me pusiste en los desafíos de tratar de corcharme con preguntas inverosímiles, a mí, por favor, que ya acababa de cruzar el límite fatal de los treinta años, ni por asomo podía quedar mal parado, malparida divina, te concedo lo que quieras, menos tratar de chicanear con mis canciones, por favor, empecemos por el principio. ¿El rock o la gallina? Para mí el rock, eso nadie lo discute, pero, en vista de las circunstancias, era la gallina, eran las ganas de despescuezarla, de despescueznarizorejarla, de ponerla a cantar el himno nacional de la república de Colombia en patuá, con acordeones de Zydeco, kikirikí, gallo templado en medio de un ambiente destemplado, le dije a Jenny que quería conocerla más de la cuenta, yo, con mi barbita de Ericlapton perfumado, de Stratocaster recién destruida, le juré le perjuré que yo ya había estado, que yo no había estado en el motel de Robert Johnson por razones obvias pero que sí, sí había estado en el concierto del principio, invocando las voces salvajes y los pianos y las guitarras esenciales cuando mi dios me lo produjo. Que me caiga un rayo si es mentira. A Jenny yo la veía en los corredores, por ahí, chancleteando y lanzando sus sonrisas verdes al universo y haciéndose la que no quiere la cosa, ella tan independentista, pero enamorada de la carátula de Derek and the Dominos como si fuera el código de Hammurabi, tan ingenua y tan limpia, ella llena de principios rocanroleros, sin haber salido de los inframuros de una ciudad inexistente que se llama Bogotá, capital de Colombia, según dicen, ella tan alegre y tan acelerada, se perdió de la fiesta pero me pilló las ganas que tenía de saborear su piel. A lo que vinimos. Una noche decidí alborotar mis ahorros y gastar mis últimos denarios en una botella de whisky. Jenny me hizo la segunda y me acompañó a mi inquieta morada, ella morada también por los errores del frío. Me pidió canciones, por supuesto, toneladas de canciones, antes de que el séptimo whisky hiciese de las suyas. Los ojos se nos cruzaron, no frente a frente, sino de manera transversal, esto es, mirada de ojo derecho de Jenny en mirada de ojo izquierdo de quien narra. Y mirada de ojo derecho de quien narra contra mirada de ojo izquierdo de Jenny con risa tartamuda, beso, por favor Jenny, y Jenny muerde labio inferior de quien narra hasta hacerlo sangrar, ni crea, huevo o nada, que los besos son así de fáciles, aquí se va pagando peaje, malparido, hasta que me cuente cuándo fue la primera vez que los vio, desde el principio. Rabo de paja, dolor de novio, el huevo y la gallina. Tuvimos que hacer una conciliación abyecta y llegar a un acuerdo, Jenny, deje la bobada, ya es muy tarde, o nos besamos o cambio la música y usted verá, por ahí anda Diomedes Díaz, si se sigue haciendo la difícil se lo pongo. Pero no. Jenny, Jennycita no odiaba a nadie en aquellos tiempos, mucho menos a Diomedes Díaz. Por el contrario, adoraba hasta las más secretas juventudes y tenía la paciencia, eso, la paciencia para que yo flaquease y reptara a mi closet para encontrar el artículo. Y claro, repté hasta el closet, busqué como un perro escarbando los huesos de sus hijos, pero el artículo ya no estaba. Y juro que yo sí estuve, Jenny, ¡cómo me va a decir que no! ¿Quiere que se lo repita?

No le puedo asegurar la estación, porque de eso no se trata. Le puedo adivinar que hacía frío, porque París es bello cuando está helado, el calor no le luce ni lo entiende. La noticia salió en todos los diarios, meses atrás, e incluso la televisión lanzó algunos comentarios sobre la supervivencia de los viejos más jóvenes de la historia. Recuerdo muy bien, Jenny, si deja de morderme, que el concierto iba a ser en un parque que. ¡claro, era verano! ¿Cómo podía ser un concierto en un parque si no hacía un calor de mil demonios? Yo era muy pobre, como una hermosa rata. Vivía con Vivian, que nunca ha sido pobre, siempre hermosa, nunca rata. Ella me había dicho, como regla de convivencia: Tú serás el ministro de cultura. Yo, la ministra de economía. El ministro de cultura deberá convencer a la ministra de economía en qué se invierte nuestro capital de pobres. Pon a trabajar tu poder de convicción. Y, claro, yo traté de hacerlo. Una tarde, fascinado, le dije: ¡Vivian! Qué, preguntó con sus gafas, mientras leía un tratado de derecho administrativo. ¡Vivian!, insistí. ¡Viene James Brown! Sin levantar los ojos del libro, me preguntó: Y ése quién es. Yo no podía creerlo. ¡Por Dios, Vivian! ¡Es el padrino del soul! Ella se quitó las gafas, me miró, con ira, con pesar, se lamió los labios con impaciencia y me dijo: ¿Sabes cuánto vale el pollo que no nos hemos comido en esta semana? ¡No me jodas ahora con tu padrino del soul! Puta vida. Hasta ese momento llegaron mis ganas de hablar de negocios con la ministra de economía. El rock o la gallina. El padrino del rock, la gallina del soul, yo ya no estaba en ninguna parte. Pero no cedí. Aguanté como Jack Lemmon en Irma la Douce y, seis meses después, os lo aseguro, supe la noticia: Bo Diddley, Jerry Lee Lewis, Chuck Berry y Little Richard estarían con nosotros en París. ¡Oh, retos los del destino! Había que convencer a la divina ministra de economía, quien estaba cerrando los créditos de sus bancos. Vivian la Douce, la ministra, estaba como recién salida de un nichito de felicidad, y cuando le dije, Mademoiselle, excuse-moi de vous déranger, ella ya sabía, se adelantó a los astros y me dijo: ¡Claro, mon amour! ¡Cómo se le ocurre que no vamos a ir a ver a los abuelitos del rock! Pero, Vivian, por Dios, ¿por qué al padrino no y a los abuelitos sí? Nunca tuve la respuesta. La respuesta llegó con las boletas, los boletos, como usted quiera, Jennycita, el hecho es que, meses antes, yo contaba los días para que la muerte no estropeara mi camino y me dejase entrar triunfante al panteón de los supervivientes del rock and roll. La efectiva ministra tenía los tickets para ingresar al parque sideral incrustado en la banlieue parisina. Había que comenzar la cuenta regresiva.

Los días pasaron y yo me la pasé haciendo listas. No podemos olvidarnos de ninguna. "Hey Bo Diddley", "Mona (I need you baby)", "Carol", "Little sweet sixteen", "Roll over Beethoven", "Breathless", "Great balls of fire", "Long tall Sally", "Tutti frutti", en fin. Estaba empollando mi concierto, el huevo y la gallina, yo no podía creerlo, Jenny, se lo juro, todo esto ya yo lo había escrito. Pasaron los meses como escupitajos, Vivian se leyó trescientos tratados, yo contaba las horas de atrás para adelante, ni para qué le digo lo que hice, hasta que, ¡pum! Dos de la tarde, nos vamos para la banlieue parisina en el RER que tanto me gustaba, busquemos rápido la estación y luego, a caminar, seguro, porque cientos de idiotas como yo, como la ministra, como los compradores de discos, de acetatos, estábamos en la misma ruta, arqueando las cejas para la gran fiesta de las guitarras eléctricas. Yo hacía cuentas: ¿y qué tal que viniese Johnny Johnson? ¿Y qué tal que Jerry Lee trajese a su adolescente ultrajada? ¿Y qué tal y qué tal y qué tal? Caminamos como en una peregrinación hacia La Meca, la meca del rock. Me cago en Dios si yo no llego. Y, por supuesto, claro que llegamos, Jenny, hasta la boca, hasta las fauces de la ballena abierta y nada, se me van, aquí no entran, de aquí no siguen. ¿Cómo así? ¿Qué había pasado? El parque era hermoso, como todos los parques que huyen de las ciudades, a mí no me gustaba, no me gusta huir de las ciudades y sin embargo allí estuve. Estuve para ser testigo, protagonista de la infamia: no hay concierto, no llegaron, no nos da la puta y real gana de abrir las puertas para el ágape al que venían preparados. Yo quería agarrar a piedra la entrada, pero los franceses son gente muy decente y se las tragan todas, incluso la barbarie de cancelar un concierto anunciado con seis meses de anticipación. Nadie me hizo la segunda, ni la tercera, ni el acompañamiento instrumental. Terminé pateando piedritas y, con la ministra, hicimos mutis. Al regresar al camino del RER, juro que vi, que vimos, una black limousine con un adusto negro envuelto en lentejuelas, bigotico de estrella del cine mexicano, bastón con luces de colores y mirada fosforescente. Era Little Richard, Vivian, claro que era él. Pero, ¿por qué no tocan, no tocaron? Misterio, silencio en el ambiente. Si usted está interesado, monsieur, llame a este teléfono donde se le informará en qué sitio se realizará de nuevo el concierto. ¿Cómo así que de nuevo, retrasado mental? ¡Si no han rasgado ni siquiera una nota! O me devuelven mis francos o me quejaré ante la Préfecture de Police, ante los jueces pertinentes, ante monsieur Moreau, ante las grandes ligas del derecho administrativo, a mí no me van a tumbar así como así. Calma, calma, me pidió la ministra de economía. El concierto se va a hacer en los próximos días, deja de ser tan escandaloso. Y sí. En los próximos días llamé al teléfono que se nos informó y allí anunciaron que el nuevo templo era el Coliseo de Bercy, el cual yo no conocía sino por fuera, con sus paredes tapizadas de verde, como si la hierba de un campo de fútbol se hubiese subido a las tribunas. Y no sé por qué, paranoico que es uno, me comenzó la incertidumbre de que Little Richard no iba a estar en la fiesta. ¿Seguro, mademoiselle, que Little Richard va a estar con su piano blanco de cola? Que sí, monsieur, no joda tanto, deje la llamadera diaria que todos los cuatro anunciados van a estar en el concierto, aquí no se va a estafar a nadie. ¿Seguro, mademoiselle? Seguro, meteco infeliz, guárdate tus incertidumbres para otros menesteres, porque el concierto ya va a empezar.

Éramos muchos. A la ministra de economía se le sumaron otros comensales que nos acompañaron a la fiesta rocanrolera. ¿Para ver a quién? ¿A los abuelitos? No les digas así, Vivian, por favor, hay que respetar a los mayores. Y ellos son los mayores, los más grandes. El Coliseo de Bercy estaba abarrotado de gente que no tenía nada que ver con la edad de los intérpretes. Jóvenes hermosos, con sonrisas de oreja a oreja y pintas impecables, se rastrillaban codo a codo, impacientes por ver a los gorilas del zoológico, acercándose a las jaulas para ser testigos de la vida más allá de la muerte. A las ocho de la noche se apagaron las luces y salieron los primeros toros de la tarde. Un cuarteto de bajo, guitarra, piano y batería se lanzó con el chacachaca tribal que identifica los sonidos de la selva y, de repente, sin anuncios ni permisos, apareció Bo Diddley, con su sombrero de cowboy y sus gafas de grueso marco y su guitarra cuadrada. El alarido de emoción del respetable se mezcló con mis recuerdos, Jenny, mis recuerdos de años atrás, cuando había visto, día tras día, la inolvidable cinta Let the good times roll. Antes, con Karen Lamassonne, habíamos hecho un cálculo de cuánto tiempo mínimo podía tardarse un bebedor profesional en tomarse una media de aguardiente blanco del valle y, claro, batimos el récord, diez minutos, un seis de julio, día de mi cumpleaños, celebración etílica en las sillas de la Cinemateca La Tertulia, en Cali, una ciudad que ya no existe. Come on, baby, let the good times roll, allí también estaba Bo Diddley, cocinando en su camerino antes de salir a escena. Y allí estaba Little Richard, mucho más andrógino que Prince, cuando Prince no existía y estaba Chuck Berry, por supuesto y estaba Jerry Lee, The Killer, estaban todos y Karen bailaba sobre las sillas y yo, ahora, me apretujaba a la ministra y a nuestros acompañantes que aullaban "Hey Bo Diddley" sin haberla cantado nunca antes, chillido de guitarras eléctricas con reverberación, bigotico sonriente del jefe de la pandilla, pasito de ganso de sesentón gordito pero impecable, una tras otra se vinieron las canciones del divino maestro, "Mona (I need you baby)", ¡con los mismos skratches del Rolling Stones now! que había comprado por veinticinco centavos de dólar en un flea market de New Jersey, cuando mi voz era una flauta, gracias, Robert Johnson, gracias demonio del cruce de caminos, por hacer que los sueños se hicieran realidad, Bo Diddley a cinco pasos de nuestras narices, apretujados, apercollados, amacizados, Hey, Mona, Bo Diddley no te olvida, nosotros no lo olvidaremos jamás. Cuarenta y cinco minutos, ni más ni menos, Bo Diddley entró y salió con su carcajada contundente, mordiéndose la lengua para acentuar sus solos, thank you, Paris, nice to see you again. La seca de la boca, la risa y la cerveza, salimos del primero, mi querida ministra, cómo se siente, mejor que nunca, ministro de la cultura, gran decisión haber venido a Bercy, el techo se caía de la felicidad, porque en la fiesta de las leyendas vivas se bailaba por los techos, se reptaba, cucarachas fantásticas que bailan al compás del reloj, rock around the clock, decía Bill Haley y clock around the rock decimos ahora, los que sentimos la cuenta regresiva del tiempo, el tiempo que se acaba alrededor del rock, alrededor de un concierto que se escapa.

¿Por qué nos fuimos para atrás del Coliseo de Bercy? Porque nos paramos encima de un vómito. Porque había que respirar, la náusea nos invadía, no había aire, sólo el magma en la penumbra, el vaho fucsia sobre los lentes de los anteojos, Jerry Lee Lewis nos cogió de zopetón, con su vestido blanco y su pelo amarillo, con sus recuerdos y el sinsabor de su nostalgia, sin aliento, breathless, el asesino, el blanco que tocaba como negro, el blanco de todas las miradas, cuando le dio por casarse con su primita menor de edad, demonio del mediodía, lo masacraron en Londres, lo anularon en su godísimo país, lo condenaron al olvido en pleno advenimiento de la década de los sesenta, cuando estábamos ad portas de que todo se permitiera. Deje los celos, Jenny, las pequeñitas también tienen derecho a ser felices, el pubis impúber de la parienta de The Killer fue estigmatizado, agua bendita para el asesino. Y helo aquí en Bercy, treinta y tantos años después, con sus grandes bolas de fuego, zapateando las teclas de su piano como en su mejor adolescencia, él, que luego fue rememorado, homenajeado por Dennis Quaid, estaba dispuesto a todo, con su capa blanca, Capablanca en el ajedrez del rock, botas perla brillantísimas, bota campana blanca, Jerry Lee, sonriendo en una mueca de vejez recién estrenada, como si fueses tu cuasi homónimo Jerry Lewis, cinderella, érase una vez un ceniciento. A la quinta canción, el pianista estaba sin aire, necesitaba respiración boca a boca. Todos los espectadores lo apoyamos con aplausos sincopados y Jerry Lee Lewis se retiró, apoyado en los hombros de sus dos inmensos guardaespaldas. No pedimos más, porque no era necesario. Descansa, Jerry Lee, ya te vimos. Los tuyos te esperan. Pausa en la comedia.

A mí comenzó a entrarme de nuevo la paranoia, buen espectador desconfiado, de que el señor Little Richard no había regresado de su refugio norteamericano. Yo no les creo a las señoritas del otro lado del teléfono, y la ministra de la economía seguía regañándome por terco y por pensar sólo en las malas noticias. Está bien, está bien, pero me sostengo, como diría Galileo Galilei. Media hora más tarde, que se hizo media vida, saltaron los duros del paseo: allí estaba, dios de dioses, Johnny Johnson al piano, igualito a las fotos de tantos y tantos libros leídos ¿para qué? para nada, para la satisfacción personal, para el onanismo que todo lo consuela, saltó tremenda banda de negros perfectos con sus dientes brillantísimos, nunca se les pudren los dientes a los negros, por más pobres que sean, y era la música que todos hemos danzado, aun sin haberla oído, música esencial, himno del planeta Tierra, en el escenario, de rojo fucsia moradito verde, se instaló en el escenario el insigne señor Chuck Berry, a quien le había cogido cierta piedra, por el estupendo documental Hail! Hail! Rock and Roll! de Taylor Hackford, por todo lo que hizo sufrir al alucinado Keith Richards. Vivian, mi querida Jenny, lo odiaba. Le parecía un machista pretencioso, un miserable trepador oportunista y yo le decía que no, señora ministra, él fue el que se inventó todo, sin él no existiría John Lennon, ni los Stones, ni Eric Clapton, ni nuestros primeros padres, le importaba un carajo. Cuando salió al escenario, como un bisonte de otras latitudes, estaba furioso. Salió al escenario con su guitarra terciada, señalando hacia el infinito, como un conquistador, hacia el hueco negro donde estábamos nosotros, los feligreses. No tocaba. No aceptó ninguna explicación y cantaleteaba al aire, hasta que se acercó un paciente asistente calvo, de traje impecable, como los guardaespaldas de los boxeadores. Chuck le señalaba furioso el infinito, hasta que entendimos que se trataba de un fantasma que estaba grabando con una camarita de video y Chuck lo había descubierto, lo había adivinado en la penumbra total, le parecía que estaban filmando la superproducción que iba a opacar el hail hail ya citado, hail, Chuck, manda a matar al camarógrafo que te inventaste, pero empieza a tocar, que te estamos esperando. Chuck entendió el llamado y empezó a tocar, pero lo menos afinado posible, tocaba los tonos que le daba la gana, rasguñeteaba las seis cuerdas de su guitarra, cacofónico, insoportable. ¡Te lo dije!, saltó triunfante la ministra. ¡Es un farsante! ¡Es un estafador! ¡Muera Chuck Berry! Lo están filmando, Vivian, no ha oído usted, señora abogada, hablar del release? Eso es algo muy serio. Más serios somos los que estamos aquí, no lo defienda, señor ministro de la cultura. Y de repente, el paso de ganso y a Chuck se le olvidaron los filmadores, pasó de ser Noel Petro, a quien nadie conoce por estas tierras pero yo sí, estoy triunfando, mami, pasó Chuck de ser Noel Petro, a ser Père Noël Petrus, Papá Noel de piedra y arrancó con su "Roll over Beethoven", con su "Little sweet sixteen", con su "Carol", con la que estaba enloqueciendo a Keith Richards, con su "Little queenie", con su rockandrollmusic y allí la sensación fue a otro precio, hasta la ministra de economía bailó por encima de la bóveda celeste, Chuck es un genio, señor ministro, no me puede parar nadie, una espectadora que teníamos al lado se derritió, se volvió líquido ocre a nuestro lado, se desbarató como Pedro Páramo, como si fuera un montón de piedras, rocas y rocas del rocanrol.

Y todo habría sido la felicidad plena, si no se hubiera ido Chuck Berry, si no hubiera vuelto Chuck Berry, si no hubiera tocado su bis Chuck Berry, si no hubiera terminado con una ovación Chuck Berry y si no hubieran encendido las luces de neón del público. Se acabó, señores. ¡Y nadie dijo nada! ¿Y Little Richard, retrasados mentales franceses? ¿No se dan cuenta de que nos están estafando, que nos están tumbando? ¡A las armas, ciudadanos! Aux armes, les citoyens! ¡Vamos a tomarnos La Bastilla, la Bercylla, a tomarnos la pastilla y atacar a los que se están burlando de los enamorados del rock! Pero no. Nadie dijo nada. Pasaron por encima de mis ruegos como si nada, huevo y nada, san se acabó. Ése es el motivo por el que no hablo de ese concierto, mi querida Jenny. Yo me invento a veces y digo que Little Richard fue lo mejor de la noche, que salió con una capa alada color perla, que se paró encima de su piano de cola de luces intermitentes y que gritó a los cuatro vientos Wapaloobapalambamboom y que se fue con su catarata de Tutti frutti para enloquecer a los enloquecidos asistentes de Bercy. Pero luego caigo en una profunda depresión y la ministra de economía me reclama diciéndome que soy un mentiroso. Por eso no hablo, Jenny. Por eso prefiero callar, como en un sueño que no cesa. Usted me dirá: más vale tarde que nunca. Yo estoy de acuerdo con usted. Pero con Little Richard, ni tarde ni nunca: siempre.

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