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| 5/2/2007 12:00:00 AM

“Gracias por haberme ayudado a tener una infancia tan feliz”

La periodista Sandra Janer, de SEMANA, debía ir a entrevistar a Roberto Gómez Bolaños, para un reportaje. Sin embargo, la fascinación que irradia este hombre fue de tal magnitud que ella, como otros comunicadores, terminó escribiendo un texto de reconocimiento por haber creado a tantos personajes que nos han hecho sonreír durante años.

“Gracias por haberme ayudado a tener una infancia tan feliz” “Gracias por haberme ayudado a tener una infancia tan feliz”
Supongo que muchos periodistas o agentes literarios llegaron a sentir envidia de los 35.000 fanáticos que el domingo ingresaron a Corferias para obtener un autógrafo de su ídolo, su héroe, Roberto Gómez Bolaños, Chespirito. Qué importancia podían tener las largas colas, y las horas de espera si al final era posible expresarle toda la admiración y contarle algo que ya él debe saber de memoria, pero que igual recibe con alegría: “antes me reía yo, ahora se ríen mis hijos...crecimos contigo”.
 
Ese pequeño encuentro no podía ser otra cosa que un emotivo momento lleno de nostalgia...la posibilidad de ser niños a los 50 y pico, 30 y tantos o 15. Estaban permitidos los abrazos y el llanto. No había por qué contenerse. Es cierto que los periodistas que hacían parte de su agenda no tenían que hacer colas, ni esperar horas. Pero un sentimiento de envidia seguramente alcanzó a apoderarse de algunos, por lo menos de mí. Porque suponía que para un periodista es un entrevistado y no hay que olvidarse de ser canchero, mantener cierta distancia, hacer buenas preguntas y ser profesional. Pero el problema es que con Chespirito es imposible serlo.

Cuentan que durante la rueda de prensa una corresponsal de la agencia de noticias AFP no pudo contener las ganas de llorar al intervenir. La entiendo, a mí me embargó un sentimiento similar el sábado en el Hotel Casa Medina donde se hospedaba junto a su esposa Florinda Meza. Cuando entré al salón en el que Chespirito acababa de terminar una entrevista con Telemundo alcancé a escuchar a un colega que se le acercó y le dijo: “Yo he estado con Bill Gates, Bill Clinton y otros personajes, pero nunca había sentido una emoción tan grande”.
 
Yo no he tenido la oportunidad de entrevistar a ninguna de esas personalidades y en ese momento poco me importó porque cuando lo vi, ahí de pie, con su 1,60 de estatura, con sus gafas grandes, un poco más subidito de peso y más arrugado, caí en cuenta de que estaba en frente del hombre que inventó “el programa número uno de la televisión humorística”, cuyas creaciones son famosas en México, América Latina, además de Corea, Rusia y Angola, entre otras latitudes, porque su humor es universal.
 
“Que no panda el cúnico”
 
Del hombre que ha hecho inmortales frases como “Bueno pero no se enoje”, “Todos mis movimientos están fríamente calculados”, “Que no panda el cúnico” y “Es que no me tienen paciencia”, que repiten tanto grandes como chicos y no hay quien no las entienda. Ese que ha hecho reír con torpezas vestido como un saltamontes con antenitas de vinil, o que ha producido nudos en la garganta disfrazado de niño porque su mayor aspiración era poder comerse una torta de jamón.

“Gracias por haberme ayudado a tener una infancia tan feliz”, fue lo único que se me ocurrió decirle cuando me recibió con un cálido abrazo, pues había olvidado todas las preguntas que tenía preparadas. Se lo dije susurrándole en su oído derecho, porque a sus 78 años no oye bien. Florinda ha suplido muy bien la escasez de ese sentido, porque suele repetirle con su voz alta lo que la gente le dice. Pero ella es mucho más que eso.
 
Es su compañera desde hace tres décadas y en ocasiones parece su mamá pese a que es 20 años menor. “Yo te dije que tenías que ir al baño...es que yo sabía”, lo reprendió cariñosamente pero con la firmeza que la caracteriza cuando por causa de una urgencia el comediante tuvo que interrumpir su reunión con un periodista que se había ido a la cita con una gorra del Chavo.

Por eso era difícil no interesarse en esa mujer que para muchos era la pícara Chimoltrufia que aturdía con sus destempladas canciones (“Mentiras todo eran mentiras…él me mintió…”) o una especie de villana con rulos que sólo sabía pegarle cachetadas al pobre de don Ramón. “Las cachetadas eran mentira. En espectáculo todo es fingido, de no ser así no se ve espectacular”, le respondió a una de mis compañeras que aún seguía preocupada por don Ramón interpretado por Ramón Valdés, el único actor que en palabras de Chespirito “me mató y aún me mata de risa”.


Detrás de cada Súper Héroe...
 
Al ver a Florinda organizando las sesiones de autógrafos, regañando a los que no respetan la fila e incluso a los periodistas que no vocalizan bien, se puede deducir que ella es la mano firme del hogar, la que manda la parada a un Roberto más despreocupado que conserva en sus gestos y actitudes mucho de la ingenuidad del Chómpiras y el Chapulín y la inocencia del Chavo.
 
“Sigo educándolo. Yo le he tenido que enseñar muchas cosas”, me contó Florinda en tono confidente para no interrumpir la grabación de la entrevista a su esposo, “no tenía disciplina en muchas cosas antes de que viviéramos juntos, no tenía buenos hábitos alimenticios y se levantaba cuando quería, pues así como iba a ser productivo”, señala.
 
Sin duda la genialidad de Chespirito sumada al empuje de su esposa han sido los motores para que en alrededor de 40 años escribiendo haya acumulado más de 60.000 cuartillas en limpio para televisión.

“En un matrimonio todo es de dos. El éxito es de dos y el fracaso también”, continuó Florinda quien en los últimos 15 años de grabaciones empezó a escribir con su marido. “Y lo más importante es que uno pueda divertirse con la pareja. Si no es así olvídalo…el sexo es algo apasionante, pero si después no tienen de qué platicar, es mejor dejarlo. Por otra parte nunca se debe querer ganar una discusión, alguien tiene que ceder y hay que saber cuando hacerlo y cuando mantenerse firme”, fueron las palabras con las que Florinda nos reveló el secreto de su feliz matrimonio.
 
“¿No se parece a Jean Paul Belmondo?, era muy guapo”, decía suspirando orgullosa mientras nos enseñaba una foto de Roberto. Ella tenía 27 años y él 47 cuando decidieron vivir juntos. “Ahora empiezo a sentir la diferencia de edad, pero no a lamentarla, que es diferente. La siento porque me sorprendo caminando más rápido y él viene detrás. Pero Rober siempre ha sido muy jovial”.

“¿Y qué hay de los celos?”, le pregunté, “porque siempre eras la pareja de otro, la Chimoltrufia estaba con el Botijas y doña Florinda estaba enamorada del profesor Jirafales”. Estos personajes eran interpretados por Edgar Vivar y Rubén Aguirre quienes conservan una gran amistad con la pareja. Pero aunque Florinda aclara que con ellos no había nada de celos dejó que fuera su esposo el que hablara del asunto: “Yo dirigía la novela Milagro y magia y ella tenía que darle un beso al galán. Me tocaba ver la escena por el monitor y yo sólo esperaba ese momento. ‘Nada más la besas cabrón, no te mandes’…es que ante todo somos seres humanos”. “Entonces ¿intuyes que sentí bonito?”, lo interrumpió Florinda bromeando. “¿Con aquellos?”, preguntó Chespirito riendo.

...Y cómo se llama El Chavo

La nostalgia de quienes crecimos con ellos se refleja en las preguntas que todos hacíamos. Era como si tuviéramos una única y privilegiada oportunidad de que nos contara lo que muchos siempre quisimos saber. “¿Cómo se llamaba El Chavo?”, le pregunté. “Algún día te lo cuento”, me dijo, dejándome con la duda. Siguiente pregunta: “¿Qué tenía el doctor Chapatín en la bolsa?” Respuesta: “el doctor Chapatín tenía…” y dijo algo incomprensible. “¿Qué?”, volvía a preguntarle. “Ya te dije”, me respondió sonriendo, “para qué no oyes”. Y me quedé con las ganas. Un intento más: “El Chavo del 8 nunca terminó, ¿alguna vez se pensó en un final?” Respuesta: “Bueno, yo tenía uno pero mi hija mayor que es sicóloga me dijo que estaba loco. Yo pensaba que un camión lo arrollara por intentar salvar a otro niño que iba a cruzar la calle”. Hubo un grito colectivo que retumbó en el salón, y eso que éramos pocos. No puedo imaginar las protestas y la histeria que ese final hubiera generado. Cuando le hablé de esa respuesta a un amigo me dijo que de ser así hubiera provocado suicidios masivos.

La nostalgia de Chespirito y Florinda también fue evidente cuando empezaron a hacer un viaje al pasado a través de las fotos de la autobiografía del comediante Sin querer queriendo. “¿Ven que sí era igualito a Jean Paul Belmondo”, reiteró ella. “¡Ah!, en esta foto debí haberme tapado las piernas flacas, si hasta cuando era doña Florinda se burlaban con lo de patas de gallina”… “Y en esta bailando y cantando”, señaló ella, pues reconoce que si tuviera una nueva vida escogería ser cantante. Luego aparecieron las fotos familiares con sus seis hijos y 12 nietos. Fue entonces cuando recordaron que uno de ellos cuando era pequeño llegó emocionado a donde su mamá para decirle: “Mamá, a que no te imaginas…el abuelo Rober es el Chapulín colorado”.

Ese personaje, sátira de los superhéroes, que con sus torpezas y dichos, no importa cuán repetidos fueran, ha hecho morir de la risa en distintas partes del mundo, fue rechazado por varios actores. “Ningún comediante quiso hacer del Chapulín, les parecía absurdo”, contó Roberto. “Y desde el primer episodio que tuvo menos de 10 minutos me salieron frases como ‘No contaban con mi astucia’”. También sus populares refranes mezclados, un talento que conserva intacto. “¿Te cuento uno fuertecito?”, me preguntó, y yo muerta de ganas cómo iba a decirle que no. “La suerte de la fea y échate a dormir…no, no, así no es. Cría fama y la bonita la desea…no, así tampoco. Échate a la bonita, y pues a la fea nadie la desea…bueno, la idea es esa”. Le salen sin querer queriendo y mientras todo el mundo se ríe, él permanece serio, como si no hubiera dicho nada.

Sin querer queriendo también escribió su libro: “Todas las autobiografías están llenas de escándalos. Yo en cambio no he matado a nadie, no he robado, he sido heterosexual porque me fascinan las mujeres, pero respeto a quienes no lo son. Por eso pensé que mi vida no sería interesante”. Qué equivocado estaba. ¿Cómo no va a ser interesante la historia de un hombre que reúne a miles de personas para que les firme su libro? ¿Cómo no va a serlo si logra que muchos se vistan con el atuendo desharrapado del Chavo para demostrarle su admiración? Estoy casi segura de que muchos de los que tuvieron la oportunidad de tenerlo cerca le dijeron lo mismo que yo: “Gracias”.

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