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| 1/19/2004 12:00:00 AM

Guatemala: la paz a plazos

El mayor reto del nuevo presidente de Guatemala, Oscar Berger, será seguir construyendo la paz perdida en la dictadura del general Efraín Ríos Montt, que paradójicamente fue su competencia en las pasadas elecciones. El guatemalteco Alfonso Gumuncio Dagron analiza el porvenir de la nueva administración.

Esta semana hay un cambio de gobierno en Guatemala, y no es un cambio cualquiera. Asume la presidencia Oscar Berger y la vicepresidencia Eduardo Stein. Es importante mencionar al segundo hombre del gobierno, porque hay quienes dicen que su presencia se hará notar tanto o más que la del propio presidente. Stein, en efecto, es una personalidad que el campo progresista de América Latina conoce desde hace muchos años. Especialista en comunicación, Canciller durante el gobierno de Alvaro Arzú, Stein es quizá la figura política guatemalteca que más vínculos tiene con otros países de la región. Durante el conflictivo periodo que concluyó con la caída de Fujimori y la ascensión de Toledo a la presidencia del Perú, Eduardo Stein estuvo allí como jefe de la misión de la OEA. Quizás como retribución le ha tocado ahora a Valentín Paniagua, el hombre de la transición peruana, ser el jefe de la misión de la OEA en Guatemala durante el proceso electoral que acaba de culminar. Ha sido un proceso cargado de incertidumbres y amenazas. Poco antes de la primera ronda electoral que tuvo lugar a principios de noviembre, se temía que el sanguinario ex dictador General Efraín Ríos Montt (Ríos de sangre y Montt-añas de cadáveres) pudiera regresar a la silla presidencial por las buenas. Lo que pareciera inconcebible, podía suceder gracias a un concurso de circunstancias. Con el partido de Ríos Montt -el FRG-en el gobierno presidido por Alfonso Portillo, el septuagenario candidato de la línea dura tenía todo el apoyo del Estado, y podía permitirse no solamente ofrecer, sino entregar a las comunidades más pobres (es decir, a la mayoría), bolsas de cemento, semillas, obras de infraestructura, escuelas, etc., aunque en algunas comunidades lo sacaron a pedradas. Por otro lado, Ríos Montt es un hábil pastor evangélico, y su prédica le sirvió bastante durante la campaña electoral, utilizando un lenguaje que paradójicamente echaba mano de slogans como "justicia social", "pobres contra ricos", etc. Sin embargo el tiro le salió por la culata al ex dictador, quien carga la responsabilidad histórica de haber instrumentado la política de "tierra arrasada", en virtud de la cual fueron exterminadas centenares de comunidades mayas, con todos sus hombres, mujeres y niños. Las vejaciones más inhumanas se cometieron a principios de los años ochenta, bajo la batuta del dictador que ahora aparece como un manso cordero pascual. Desde que los Acuerdos de Paz se firmaron en diciembre de 1996, no hay mes que no se descubra un nuevo cementerio clandestino, cada uno con decenas de restos de campesinos asesinados a sangre fría. Todo esto está siendo metódicamente documentado por organizaciones de derechos humanos y la Misión de Naciones Unidas para Guatemala (MINUGUA), con la esperanza de que algún día, cuando el ex dictador se vea despojado de la inmunidad -impunidad- parlamentaria que lo protege hasta ahora, pueda ser juzgado como se merece. En los 36 años de guerra interna de Guatemala, más de doscientas mil personas fueron masacradas. Por comparación, Pinochet, Videla, Bánzer y otros dictadores del cono sur aparecen como simples aprendices. Lo que hizo Ríos Montt fue genocidio en gran escala, "limpieza étnica", como en la ex Yugoslavia. De alguna manera, la memoria colectiva se impuso en las elecciones. Es cierto que el Frente Republicano Guatemalteco (FRG), el partido de Ríos Montt, ganó una mayoría de las alcaldías y conservó su fuerza parlamentaria, pero el voto popular relegó al ex dictador a una distante tercera posición. Ríos Montt no tiene más futuro político, aunque su partido lo tenga. Desde la firma de los Acuerdos de Paz, siete años atrás, Guatemala ha tenido dos gobiernos democráticos que no han logrado cumplir con todos los puntos. En particular, siguen pendientes en la agenda los acuerdos que se refieren a la mayoría de la población del país, a los mayas. Los derechos de los mayas fueron ignorados durante décadas, y no es sino en estos últimos años que empiezan a reconocerse, pero de manera muy lenta. El gobierno que ahora asume la dirección del país se ha comprometido a saldar la cuenta pendiente con los mayas. También lo hizo el anterior, y no pudo cumplir a cabalidad. La discriminación contra los mayas se expresa tajantemente en el sistema educativo y de salud, aunque hay progresos notables gracias a las presiones internacionales y a la cooperación de los organismos bilaterales y multilaterales. Algo ha cambiado en los años recientes, y uno lo puede sentir en el ambiente del país, en las calles y en las plazas que antes los mayas no se atrevían a cruzar, y que hoy ocupan de manera festiva, con sus maravillosos colores, su música y su poderosa identidad que no pudo ser aniquilada ni en varios siglos de ocupación colonial, ni en varias décadas de cruenta guerra. El gobierno saliente había tenido el tino de nombrar a una mujer maya, Otilia Lux de Cotí, como Ministra de Cultura, y el gobierno entrante ha hecho lo propio con Manual Salazar Tetzagüic, filósofo y educador maya kaqchikel. Otro signo promisorio es que Rigoberta Menchú, la maya quiché que fue galardonada con el Premio Nóbel de la Paz en 1992, habría aceptado convertirse en Embajadora Itinerante del nuevo gobierno. Sin embargo, nadie canta victoria todavía. El nuevo presidente, Oscar Berger, ex Alcalde de la ciudad de Guatemala, no deja de ser el representante de la clase dominante ladina que ha controlado el país durante décadas mediante un apartheid "sui generis", y que se cuidó muy bien de no enfrentarse a las dictaduras militares. Alvaro Colom, el adversario de Berger en la segunda vuelta electoral, hizo su campaña con un discurso de izquierda, reclamando los votos de los más pobres. Sin embargo, no es un personaje que ofreciera una trayectoria política intachable. El pasado de Colom lo muestra como un hombre inseguro, que puede inclinarse hacia la derecha con gran facilidad. De hecho, es lo que ha empezado a suceder en los primeros días de este año. El partido de Colom, la Unión Nacional de la Esperanza (UNE), ha empezado a entenderse en el parlamento nada menos que con el FRG, el partido de Ríos Montt. El camino hacia la paz de Guatemala está empedrado de buenas intenciones, pero a los lados se ciernen las mismas amenazas que han castigado al país en estos años recientes. Por una parte un ejército que no se resigna a perder el poder y por otro una burguesía con aires de aristocracia que controla con mano férrea la economía más pujante de Centroamérica. Desde las sombras actúan grupos irregulares que mantienen el nivel de violencia en sus índices más altos: secuestros, asaltos y asesinatos son el pan de cada día; el narcotráfico y la corrupción no han disminuido a pesar de las promesas de los dos gobiernos anteriores. La paz está llegando a Guatemala a plazos, y los intereses los está pagando la población más empobrecida. Los cuatro años próximos dirán si el país logra saldar sus cuentas con el pasado y establecer las condiciones para un futuro de convivencia pacífica. Sin duda una mayor presencia de los mayas en la vida política, contribuiría hacia ese objetivo. *Analista guatemalteco.

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