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| 8/8/2008 12:00:00 AM

Hallan nuevas fosas de víctimas de paras de Montes de María

Con la orientación del ex jefe paramilitar Juancho Dique, los fiscales encontraron nuevos cuerpos en Ñanguma, un caserío a orillas del Canal del Dique, Bolívar. Van 1.559 cuerpos rescatados de los miles que dejó la barbarie.

Hallan nuevas fosas de víctimas de paras de Montes de María Alias Juancho Dique, ex jefe paramilitar, acompañó al equipo de fiscales y expertos para indicar dónde estaban enterradas las víctimas. Foto: TM
Ñanguma es un caserío a orillas del Canal del Dique al norte de Bolívar, rodeado de ciénagas, cerca del Golfo de Morrosquillo. En ese caserío el ex jefe paramilitar Uber Bánquez, alias Juancho, tuvo una de las bases del frente que comandaba, el cual cubría 18 municipios de la zona norte del departamento, incluida Cartagena. Ñanguma es un palenque pobre y desconocido a media hora de Marialabaja, la cabecera municipal.

El pasado miércoles 6 de agosto, el exjefe paramilitar del Frente Héroes del Canal del Dique, conocido con el alias de Juancho Dique, regresó a Ñanguma, Maríalabaja, tras cuatro años de ausencia. Fue con el grupo de exhumaciones de la fiscalía de Justicia y Paz, para buscar los cuerpos de varias víctimas sepultadas en los últimos diez años. Fueron hallados cuatro restos humanos en tres fosas. De ellas sólo se sabe que dos eran mujeres, a una le decían “La Mona” o “Luzmary”, y posiblemente perteneció a la organización armada.

La otra mujer fue hallada en una fosa común con unos restos masculinos. Ambas habían sido sepultadas en fincas diferentes a diez minutos del pueblo. Luzmary, hace cuatro años aproximadamente y la otra mujer (NN), hace ocho, según cálculos de Juancho Dique. La comisión salió de Barranquilla a las cinco de la mañana, dirigida por el fiscal de exhumaciones Nivaldo Jiménez Illera, a quien acompañan siempre un antropólogo, un topógrafo, un auxiliar de campo y un investigador de policía judicial. La comisión fue escoltada por treinta policías especializados y agentes del Inpec encargados de la custodia del postulado.

A las 10 de la mañana y gracias a la colaboración de tres guías conocidos por el ex jefe paramilitar, el equipo inició la primera búsqueda en la finca El Comienzo, vereda Cerro Pando, corregimiento de Ñanguma, municipio de Maríalabaja. En una hondonada, a la orilla de un maizal, se abrió la primera fosa. En primer lugar los exhumadores aíslan el terreno con una cinta. La tierra estaba húmeda y había sido removida.
 
Días antes los guías, por indicaciones del mismo Juancho Dique, habían estado verificando los sitios dónde habrían sepultado víctimas. No siempre atinan y el trabajo es dispendioso, porque exige un riguroso protocolo. Los excavadores se enfundan en batas esterilizadas y se cubren con tapabocas y gorros. Identificada y cercada el área, delegan en Luna, una perra Labrador, la tarea de buscar con su olfato una posible sepultura. En donde la perra se sienta, allí comienza la excavación.

El ex jefe paramilitar al principio de la diligencia estaba un poco nervioso de que fuera a fallar la exhumación y no encontraran los restos. Con la orientación del ex jefe paramilitar Juancho Dique, los fiscales encontraron nuevos cuerpos en Ñanguma, un caserío a orillas del Canal del Dique, Bolívar. Van 1.559 cuerpos rescatados de los miles quedejó la barbarie.  “Luzmary” o alias “La Mona”, murió en los primeros meses de 2004. Su cuerpo había sido descuartizado y los presuntos autores del asesinato fueron, según Juancho Dique, los ex jefes urbanos de Cartagena conocidos con los alias de “El pollo” y El flaco pelle”. “La mona”, según información que le dieron otros patrulleros, era de El Guamo.
 
Los restos fueron hallados a menos de cuarenta centímetros de profunidad y la fosa tenía aproximadamente 50 por 50. Se hallaron una prendas de vestir femeninas y un análisis inicial de la pelvis permite al antropólogo afirmar que se trataba de un cuerpo femenino. Se desconoce por qué fue asesinada, pero los familiares de ella habían insistido en que la buscaran.

Después de cuatro horas de excavar y extraer con cuidado cada pieza ósea, clasificarlas y guardarlas en bolsas, se cerró la fosa. Del maizal, la comisión se trasladó a otra finca, Blanca Berta, distante a unos cinco kilómetros atravezando potreros. Los guías llevaron a la comisión hasta una cerca, bajo una ceiba roja Tolúa donde posiblemente habría otro cuerpo.
 
Eran las dos de la tarde y la temperatura bordeaba los 40 grados, se asiló la zona y el olfato de la perra Luna en este caso no fue tan rápido, tardó más en sentarse sobre la sepultura. A 40 centímetros aparecieron los primeros restos: húmeros, rotulas, tibias, peronés, falanges (raíces que se confunden con huesos por el color), medias, camisas, calzado, el cráneo, fragmentos de huesos deshechos.
 
También había sido descuartizado. Cuando ya habían sido hallados casi todos los huesos de una víctima, se dieron cuenta que un fémur era más grueso y largo que otro. ¿Era cojo? ¿Tenía algún defecto? ¿ O se trata de un hueso de otra persona?. Terminó siendo esto último. En la misma fosa había dos cuerpos. Arriba estaban los restos masculinos.

Sobre estas personas Juancho Dique dijo desconocer de quiénes se trataba y las razones por las cuales fueron asesinadas, pero prometió averiguar. Lo que sí cree es que ese sitio puede ser un cementerio.

Buscar muertos en los potreros y en el monte no es fácil. Buscar personas asesinadas por los grupos paramilitares en la guerra irregular de los últimos quince años, mucho más difícil, porque las víctimas fueron sepultadas para desaparecerlas y para que no se supiera dónde quedó su cuerpo ni quién cometió el crimen. También resulta difícil porque, muchos patrulleros encargados de ejecutar órdenes están muertos.
 
Es duro si van familiares de las víctimas, porque abrir un hueco es desenterrar una historia de vida truncada, un sueño interrumpido, un alma perdida para los familiares y amigos que no volvieron a saber de esa persona, algunas con ocho y diez años de estar en una fosa a la orilla de un camino, cerca de una cañada, al pie de un árbol, cubiertos por la maleza o bajo un maizal. Nadie rezó por sus almas, fueron tirados a un hueco.

La historia de una exhumación comienza con una reclamación de un familiar que dice dónde, cómo y –posiblemente- quién, se llevó a su hermano, padre, amigo, hijo, etc., o por la confesión de quien cometió el homicidio. Desenterrados los restos viene una etapa complicada también, porque identificar a una persona desaparecida toma tiempo y exige muchas pruebas genéticas.
 
Si se cree que los restos hallados son de una persona identificada y se conoce a los familiares, resultará menos demorado pero se debe hacer un cotejo a través de pruebas de ADN para llegar a la plena identidad. La carta dental, la historia clínica y las huellas dactilares, son las formas que permiten identificar desaparecidos. Los restos exhumados quedan en una cadena de custodia y son enviados a los laboratorios del CTI y Medicina Legal en Bogotá y Medellín.

En estos dos años de versiones libres, la fiscalía ha abierto 1.293 fosas, ha desenterrado 1.559 cuerpos y ha entregado a los familiares 202 restos por hechos ocurridos en toda Colombia.
 
Aunque todavía no se sabe cuántas personas murieron a manos de los grupos paramilitares, la fiscalía tiene registrados –según las víctimas- la muerte de aproximadamente cincuenta mil personas, pero no todas están sepultadas como NN en potreros y montañas. Muchos fueron arrojados a los ríos, otros desaparecieron a la intemperie.

EDICIÓN 1888

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