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| 7/10/2005 12:00:00 AM

La Marcha de "Make Poverty History"

Andrés González Uribe marchó en Edimburgo en contra de la pobreza y nos cuenta por qué se deprimió.

La Marcha de "Make Poverty History" La Marcha de "Make Poverty History"
La marcha del 2 de Julio en Edimburgo fue sin duda una experiencia. En aquella tarde tuvimos la oportunidad de decirle al mundo, de una u otra manera, que nos preocupamos por el destino de aquellos que se mueren de hambre y que no tienen más remedio que dejar que las moscas hagan picnic en su piel reseca. Fue una oportunidad para decirnos a nosotros mismos que estamos dispuestos a dejar nuestro empleo, el carrito, la oportunidad de comprar ropa de marca o las rumbas en las que nos gastamos la mitad del sueldo, por el placer de ver crecer de manera digna y con acceso a salud y educación a un niño en un continente al que no conocemos.
 
Fue un evento hermoso. Asistieron 225.000 personas de todas partes del mundo, de diferentes razas y corrientes políticas, pero todos abogando por los derechos de otros y gritando a plena voz "Hay que hacer de la pobreza historia". No es justo que Blair y Bush invadan Irak buscando petróleo o que personajes como Idi Amin o Roberto Mugabe vivan como realeza en un continente que sólo parece ser golpeado por debajo del cinturón. No es justo. Ese era el sentimiento generalizado.
 
Pero la paradoja de las marchas, de los conciertos alrededor del mundo y de la inmensa publicidad que promueve igualdad con Brad Pitt y George Clooney chasqueando los dedos (ver www.makepovertyhistory.org ),es que nosotros, aquellos que vestidos de blanco tomamos parte en este carnaval de la misericordia medicinal, estamos utilizando a millones de contagiados de VIH y a niños tuberculosos y moribundos como carnada para alimentar aquello que nos separa tanto de ellos: nuestro egoísmo capitalista.
 
Nos hemos convertido en golosos del espectáculo, y fue eso exactamente lo que sucedió en Edimburgo el sábado pasado. De repente, aquellos que lo tenemos todo, un sistema de seguridad social, casa, trabajo, televisión por cable, nos pusimos la máscara de buenos samaritanos y nos reunimos para pregonar amor al prójimo. No importa que los otros 364 días de 2005 continúen llenos de las pequeñas banalidades que constituyen nuestras vidas "occidentales desarrolladas", como lo describió Susan Sarandon; no importa que en las escuelas los niños compitan para ver quién tiene mas pulseritas blancas porque son "cool" y no por su real significado; no importa que mientras veamos las noticias trágicas en África disfrutemos de una Big Mac. No importa.
 
Somos un pueblo de modas, un pueblo que se preocupa por lo que haya que preocuparse siempre y cuando este "in". Siempre y cuando haya show, estaremos dispuestos, como en Edimburgo, a corroborar las ideas de roqueros intelectuales, caras bonitas holliwoodenses, y ¡gastar, gastar, gastar! Ese es nuestro único credo.
 
Tal vez las manifestaciones que le siguieron a la del sábado, las violentas, las de anarquistas hippies, tengan mayor significado. No porque con vidrios rotos y bombas caseras se alimenten las bocas en África, sino porque al menos existe en estos individuos un deseo de cambio personal, así sea, equívocamente, a expensas de convertirse en fugitivo de un sistema en decadencia.
 
La marcha del 2 de julio fue sin duda una experiencia. Tuve la oportunidad de salir a la calle y ver cómo las avenidas se convertían en pasarelas, en un ir y venir de eslóganes y productos comerciales que abogaban por la riqueza, disfrazados de piedad. Personas comunes y corrientes: abogados, profesores, periodistas. Gente como yo: inmigrantes, pretendiendo ser mejores personas por gastar dinero en camisetas estampadas y pulseras, o pretendiendo que las fotos tomadas eran gratis. Todos fuimos parte de aquel circo. Con nuestra presencia les dimos nuestro voto a aquellos artistas que el miércoles 6, en el último de los conciertos de Live8, hablaron al mundo de pobreza para regresar a sus hoteles 5 estrellas al salir del escenario.
 
Lo del sábado pasado no fue una marcha solidaria, fue un despliegue de superioridad, una muestra del poder económico de un estilo de vida sin morales, sobre uno sin recursos.

*Texto y fotografías

EDICIÓN 1896

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