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| 5/9/2005 12:00:00 AM

La parranda es pa' amanecé

Alonso Sánchez Baute se inspira en el pasado Festival Vallenato para contarnos la historia de la mejor parranda del país.

La semana pasada, quien llegaba a Valledupar lo primero que veía sobre la pista del aeropuerto desde la ventanilla del avión era un cartel publicitario que mostraba una inmensa botella de Old Parr, de las 'María Namén', que en tono de broma es el nombre con que los vallenatos designan las botellas de 1000 ml, en clara alusión a una reconocida dama valduparense de gran tamaño; luego, cuando el viajero entraba a la sala de equipaje, era recibido con un trago de whisky y las notas del acordeón del rey vallenato Hugo Carlos Granados, encargado de alegrar la llegada en medio de un sofocante calor que superaba los 42 grados, mientras por la cinta eléctrica se veían desfilar, a la par con las maletas y los bolsos, cajas con el logo de esta misma fábrica destiladora selladas con el tricolor nacional pero marcadas con el nombre de su destinatario: "Para la parranda en casa de los Lacouture", "Para la parranda en casa de los Villazón", "Para la parranda de Fina Castro". No es broma, aunque, ciertamente, al advertir tal equipaje, era imposible no esbozar una sonrisa o incluso soltar una carcajada. Curiosamente, al leer este párrafo resaltan tres condiciones importantes de los vallenatos: su gusto por el whisky, las parrandas y el humor, condiciones que por supuesto van cogidas de la mano. Gracias al contrabando que entraba por La Guajira, desde tiempos inmemoriales la Ciudad de los Santos Reyes -llamada de tal manera por haber sido fundada un 6 de enero- es también conocida como el valle del Old Parr, por ser el whisky el licor más consumido en la ciudad. En realidad no se trata específicamente de esta marca, pues acá el gregarismo también es rey, y así como durante algún tiempo puede estar en boga tomar 'Caballito blanco' o 'Robertico', hay otras épocas cuando la moda es 'bebé Buchanan´s'. Tanto whisky se bebe en esta ciudad que, en la versión número 38 de su famoso festival -ocurrida, como cada año, la última semana de abril-, una distribuidora local reportó ventas, tan sólo a particulares, de 800 cajas durante las fiestas; esto es, excluyendo casetas, clubes sociales, bares y demás lugares de venta al público. Así las cosas, estamos hablando de 9.600 botellas de una sola marca de whisky consumidos en cinco días. De hecho, en el pasado festival dos de las parrandas más importantes fueron ofrecidas por los distribuidores locales de whisky Old Parr y Chivas Regal, lo que a la sazón se convirtió en un verdadero mano a mano. Veamos cómo fueron ambas fiestas: Chivas Regal, uno de los fabricantes de whisky más finos del mundo, ha estado tratando de consolidarse en la ciudad desde hace un año, cuando por vez primera abrió casa distribuidora. Sabiendo que la competencia lleva tantos años arraigada en un pueblo acostumbrado a pagar unos cuantos pesos más por un trago fino, organizó una parranda con la que pretendía tirar la casa por la ventana. Con una invitación que no era más que una botellita de 50 ml de Chivas, se convocaron más de 400 personas a la finca El Pintao, ubicada a la salida de la ciudad. Pero no es esta la única cifra importante: los anfitriones destinaron 25 cajas de whisky Chivas 18 años, 10 cajas de vino tinto, 10 cajas de vodka, 2.000 fritos que se repartieron permanentemente y 100 bolsas de hielo, que fueron insuficientes para los 42 grados bajo sombra. Para colmo, la parranda fue amenizada por ocho conjuntos vallenatos, entre los que se encontraban Los Betos, Nativos, Augusto Yamín, Silvio Brito, y los reyes vallenatos Rolando Ochoa, Chemita Ramos, Álvaro López y Álvaro Meza. Como quien dice, acá sí que cabe la publicidad aquella de "El que quiera más que vaya a Bellsouth". La fiesta de Old Parr, por su parte, ocurrió en la finca El Ensueño, de propiedad del cantante Ivo Díaz, hijo del gran Leandro Díaz, uno de los juglares más celebrados en la región. Fue amenizada por el Chiche Martínez y el propio Ivo Díaz, aunque con frecuencia el viejo Leandro, compositor de Matilde Lina y La diosa coronada, subió a la tarima a dedicarle al nutrido público su sentida música, en especial a su compadre Rafael Escalona y a la familia del desaparecido Tobías Enrique Pumarejo. Como se ve, la de Old Parr fue una parranda en la que el sentimiento vallenato fue el protagonista. Por supuesto, no fueron estas las únicas parrandas organizadas durante la pasada fiesta de acordeones. A vuelo de pájaro, el resumen podría ser el siguiente: en la villa Rancho mío, los notarios homenajearon a su superintendente, Manuel Guillermo Cuello; a la que ofreció Caracol fue toda la farándula; el Chichí Quintero celebró en su casa la visita del ex presidente Samper; el Club Valledupar no se conformó con una fiesta sino que organizó dos, en las que tocaron Iván Villazón, los hermanos Zuleta, Silvestre Dangond y Jorgito Celedón, quien se robó el show con su Ay, hombe! ; Patricia Baute ofreció una pequeña parranda ("sólo para cien personas"), para el gerente de Promigás, Antonio Celia, y su señora Patricia Maestre, nieta de Pedro Castro Monsalvo, reconocido pro hombre de la antigua Provincia de Padilla; como cada año, donde los Araújo Castro -en la única casa cuya parranda es cobijada por un palo de níspero-, la fiesta se prolongó hasta el mediodía del día siguiente, con la presencia de los hermanos Zuleta; y, para colmo, esa misma tarde Fina Castro celebró sus 50 cumpleaños; es decir, los invitados salían al mediodía de la casa del viejo Rafael Castro -abuelo de Conchi-, alcanzaban a darse un duchazo, una pequeña siesta, y a las 3 de la tarde ya estaban de nuevo bebiendo en casa de Pepe Castro: sin duda, no hay mejor síntesis de un festival vallenato. Por supuesto, quien no quería asistir a estas fiestas podía ir al Parque de la Leyenda, una inmensa media torta con capacidad para 25.000 espectadores que se vio colmada, particularmente la noche del jueves 28, con la presentación de Kalet Morales y Diomedes Díaz, quien a última hora firmó contrato con los organizadores del evento. Durante varias semanas la presentación del astro del vallenato estuvo en entredicho, se dice que por la gruesa suma de dinero a la cual aspiraba. En todo caso, la noche de su espectáculo en la tarima la Cachucha Bacana, el parque estuvo a reventar. Nunca, para un festival vallenato, la ciudad había recibido tantos visitantes de tan diversos lugares y estratos sociales, quienes, cómo se colige de lo anterior, bebieron whisky y escucharon las notas de los acordeones hasta el cansancio, bien sea en una calle cualquiera como en una de tantas parrandas. Hablando de esto, a pesar de que 'parranda' es una palabra de reciente factura a escala nacional, en Valledupar es la que ha designado sus fiestas por todos los siglos, fiestas que no siempre giraron alrededor de un acordeón. De hecho, como es de público conocimiento, el 'arrugado' -que es como en la región se conoce con cariño al acordeón- era tan sólo el instrumento utilizado en las 'colitas', que no eran más que las parrandas organizadas, al final de las fiestas de los patrones, por los peones en los patios de las grandes casa-quintas de principios del siglo pasado. O sea, las colitas vendrían a ser los modernos after partys -sólo que en lugar de Tiesto se escuchaba a Colacho-; las cuales fácilmente podían durar dos o tres días, lo que las elevaría a la condición contemporánea del rave. Pero, en un principio, en las fiestas de alta alcurnia no era vallenato lo que se escuchaba, sino tiple, concertina, violín y un instrumento muy curioso conocido como serrucho, pues no era más que esto. Es decir, el mismo serrucho que hoy día utilizan los carpinteros pero al que en Valledupar hacían sonar luego de que lo bañaban en brea y le ataban una cuerda que, al doblar, generaba ciertas vibraciones. Uno de los más grandes interpretes de este instrumento en la ciudad se llamó Carlos Vidal Brugés, e incluso hasta el año pasado era posible escuchar un concierto de serrucho interpretado por Yolanda Pupo, quizás la mujer más parrandera nacida en Valledupar. Era esta la música que escuchaba la sociedad a principios del siglo XX, en tanto el pueblo se divertía con la música de acordeón. Pero bastaron apenas unos cuantos traidores de alta alcurnia para que la ciudad entera se enamorara de lo que hoy se conoce como vallenato. Fueron ellos Hernando Molina Céspedes, Roberto Pavajeau, Tito Pumarejo y Aníbal Guillermo Castro, este último pieza clave, pues influyó sobre su hermano menor, Juan Castro Monsalvo -el abuelo de Tatiana y Carolina Castro, es decir, la reina y la modelo-, para que, cuando fue elegido presidente del Club Valledupar, llevara esta música a las altas esferas sociales. Por entonces, en el resto de Colombia la moda era la cumbia, el chachachá y el mambo (ah, bueno, y el bambuco, la guabina y esas cosas cachacas), y a las fiestas las llamaban saraos o pachangas. Por eso, cuando García Márquez le pidió a su amigo Escalona que le llevara a Aracataca los mejores acordeoneros de la región para ponerse al día en todo lo que se había compuesto en los siete años que estuvo ausente del país (que la periodista Gloria Pachón de Galán tituló como el 'Gran festival vallenato' y que no es más que la inspiración del que cinco años después, en 1968, comenzó a organizarse cada abril en Valledupar), el Nobel de Literatura escribió una crónica que narra los acontecimientos de esta fiesta, en la que habla de la pachanga del siglo, así hoy los puristas del vallenato pretendan sutilmente cambiar la palabra por la muy vallenata parranda. Y es que 'parranda' es palabra de siempre en el argot vallenato. Prueba de ello son los coplas de su himno más cantado, el Amor amor, aquel que dice -entre versos del Romancero Español- "Este es el amor amor/ el amor de las mujeres/ cuando estoy en la parranda/ no me acuerdo de la muerte", un canto anónimo utilizado por siempre por el pueblo vallenato en su famoso pilón, que no es otra cosa que la alborada con que se da inicio a los carnavales, que en Valledupar eran tan tradicionales. Pero no sólo durante su celebre festival en Valledupar se puede disfrutar de una parranda, a pesar de que en los tiempos modernos organizarlas no resulta tan fácil: ahora hay que pagarles a los músicos. En antiguo, en cambio, como diría Magally Urzola, una de las grandes parranderas de la ciudad, "sólo era necesario llamar a Colacho, reunirse con los amigos y mandar a pedir unas cuantas cajas de whisky". Whisky y parranda siempre han ido de la mano, junto con las costillitas de chivo frito y el bollo limpio. Todo esto, por supuesto, bajo la sombra de las frondosas ramas de un paloe' mango, que es árbol obligado en todos los patios vallenatos. Claro que a estos ingredientes hay que sumarle uno muy importante: el humor, representado en la cuentería. En realidad, la característica más representativa del pueblo vallenato es la literatura oral, la facilidad para echar cuentos, para inventar, para narrar. ¿Que algunas veces son chismes? Sí, es cierto: se trata de un solo chisme al que cada quien le va adicionando su propia sal, que es lo que sucede con tantas leyendas que se cuentan en la región. Porque Valledupar es tierra de leyendas. Curiosamente, la que se celebra desde hace 400 años los dos últimos días de abril no tiene nada que ver con vallenatos, aunque enmarca el festival: se llama 'La leyenda del milagro y las cargas', y cuenta la ocasión en que los indígenas chimilas fueron salvados por la virgen del Rosario -La guaricha- al purificar las envenenadas aguas de la laguna de Sicarare. Esta leyenda, a pesar de ser la más famosa, no es la única que se cuenta en la ciudad: sobre su más famoso juglar, Francisco el Hombre, para no ir tan lejos, existen dos. En la primera, Francisco Moscote, el mismo juglar inmortalizado por Gabo en Cien años de soledad, se hizo a tal mote al ganarle un duelo al diablo cantándole el credo al revés; en la otra, Francisco 'Pacho' Rada es el protagonista de una historia que se desarrolla en la cárcel, cuando el pueblo, tras escuchar a través de los barrotes las notas de su acordeón, se indigna porque un hombre tan talentoso esté privado de su libertad. En cada parranda, en los silencios de los acordeones, los vallenatos aprovechan para contar tales historias, y muchas otras que hablan del diario devenir de un pueblo alegre, dicharachero y musical. De hecho, Andrés Becerra, otro famoso parrandero de la ciudad, sostiene que lo que tanto gusta a los cachacos durante el festival es escuchar la historia de cada canción y tener la oportunidad de conocer a sus protagonistas. Es parte del éxito de las viejas canciones vallenatas, las clásicas: que son crónicas cantadas, son historias que hablan de personajes o situaciones, diversas a los cantos modernos, que hablan, en abstracto y por igual sobre el amor o sobre las canas. Por eso en la ciudad hay tertuliaderos famosos como el de la puerta de Carmen Montero, en plena plaza Alfonso López, donde cada tarde, al caer el sol, los vallenatos se reúnen para contar las anécdotas del día, para escandalizarse con lo que no admiten públicamente que también hacen en privado o simplemente para reírse por los percances ajenos. Por supuesto, no es cosa nueva: es la tradición heredada desde la época de Francisco el Hombre, cuando el pueblo entero se reunía para escuchar las noticias que, acordeón en mano, refería su más famoso juglar.

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