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| 2/12/2006 12:00:00 AM

Más allá de la muralla

La película '2046' es solo un puente más para acercarse a Oriente, escribe Maria Antonia García.

Más allá de la muralla Más allá de la muralla

Entre la versión sicodélica y caricaturesca de Jackie Chan y epopeyas como El imperio del sol y El último emperador, relatos más decantados y cercanos a la realidad de China y del Oriente comienzan a llegar a Colombia a través de películas y novelas. Esto no sólo estimula el intercambio cultural entre dos naciones tan disímiles, sino que nos recuerda que autores chinos como Gao Xinjian, y japoneses como Yasunari Kawabata, Yukio Mishima y Kenzaburo Oe, esperan en los estantes de nuestras librerías desde hace décadas.

Desde El violín rojo, donde se recrean los días de la revolución cultural maoísta, hasta Lost in translation, sobre dos estadounidenses en Tokyo, se intuye un cambio en el imaginario que construimos de esos individuos que comen con palitos, en medias y en el piso. 2046 tiene también una difusión modesta, pero su presencia es elocuente y nos recuerda la cercanía cada vez mayor del cine chino en estas tierras. 

Estas películas, así como El amante, y novelas como Tokyo Blues, construyen una realidad sólida que desplaza los prejuicios y los conceptos hiperbólicos que tenemos frente a esta sociedad del arroz, del pescado crudo y de un lenguaje tan lejano. La más reciente película del director Wong Kar Wai, 2046, no es la excepción. Wong Kar Wai construye una historia en dos partes, en la que el periodista Chow se enamora de la señora Chen y huye de Hong Kong hasta Singapur escapando de ese amor imposible.

Las imágenes de esa historia de ciencia ficción que escribe Chow representan una ventana a ese mundo tan distante, tan inalcanzable dentro de su magnificencia. Hong Kong y Bogotá coinciden en sus diferencias, pero ver a esos personajes sumidos en la cotidianidad más prosaica, aferrados a amores frustrados, crea la ilusión momentánea de una claraboya que nos permite al menos contemplar su comportamiento frente a las jugadas dolorosas de la vida

2046 contiene un desencuentro amoroso tras otro. Se percibe un dejo nostálgico que permite hurgar en esas vidas marginales sin sentirse ajeno. Tal vez ese entusiasmo frente a las causas perdidas, frente a los amores hundidos en la cotidianidad, es lo que nos acerca a esos personajes sin reparar en diferencias antes infranqueables. Una puerta que se abre entre este trozo de Caribe y esa nación en la que fabrican en plástico todo lo que existe en el mundo. China y Japón dejan de ser una referencia enciclopédica de dinastías y de murallas apoteósicas: en 2046 somos espectadores de un mundo que sorprende, no tanto por sus diferencias, como por sus similitudes.

Todo lo vemos por las rendijas, sugerido apenas a través de un vidrio esmerilado, asomados por un corredor; los rostros se reflejan en los incontables espejos amarillosos que multiplican hacia el infinito las caricias hoscas y el desamor que se cierne sobre ese hotel como una plaga.

La música obra como puente, en especial con esta cultura latina, pues ciertas melodías son familiares y nos llevan de la mano por los callejones siempre oscuros de un Hong Kong lluvioso. De repente oímos ".ven aquí que te quiero, y que todo tesoro eres tú para mí. Siboney" y, más adelante, la escena se llena con la melodía de "Mujer".

En una reseña sobre 2046 se dice que Wong Kar-Wai puede producir adicción: a sus imágenes, a los personajes, a esa música que se repite como si toda la película estuviera dividida en los movimientos de una sonata. No sé si la fascinación producida alcance la intensidad de María en esa colonia de japoneses que llegó a Colombia en busca de los paisajes que describe Isaacs, pero seguro que alguno sentirá el arrojo de conocer esas tierras que, estando tan lejos, a veces están tan cerca.

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