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| 1/31/2007 12:00:00 AM

Mi saludo a Bernardo Salcedo

En un artículo exclusivo para SEMANA.COM, la crítica de arte María Iovino, gran conocedora de su obra, le rinde homenaje al artista, quien falleció recientemente.

Mi saludo a Bernardo Salcedo Mi saludo a Bernardo Salcedo
Es difícil expresar bajo enunciados específicos cuál fue el aporte de Bernardo Salcedo al arte y a la cultura en Colombia. Su propuesta, que es enorme, abarca campos tan diversos como las artes visuales, el diseño, la arquitectura, el pensamiento crítico y la publicidad. Además, el trabajo que estructuró es de una originalidad inclasificable, como lo era su personalidad. Salcedo fue un hombre de múltiples facetas en las que su ser se lograba descubrir por la intensidad que depositaba en cada detalle, así como por un análisis amplio, atrevido, implacable, humorístico, sensible y estético que sólo era suyo y que tenía una vibración a la que le queda estrecha cualquier nombre.

Salcedo recibió grado cum laude en arquitectura en la Universidad Nacional cuando ya comenzaba a reconocerse su significativa visión en las artes. Al poco tiempo, su agudeza en el análisis, la imagen y el texto le abrió un importante lugar en la creación publicitaria y enseguida, en la prensa escrita. Nunca estudió música, cine ni literatura, pero era un buen pianista (le gustaba con pasión el jazz, no leía partitura, pero improvisaba con la armonía y delicadeza de un buen músico), era un excelente analista cinematográfico y un sensible conocedor de la mejor literatura. En la escritura crítica deja también una importante herencia, trazada con su humor y coraje. Creó varios personajes, a los que le dio su voz, entre los que definen mucho capacidad en el ensamble crítico: Maltra Taba (en colaboración con Jorge Child), Art Pía, Óscar Cirujano y Germán Lleras.

Como se reconoció cuando su retrospectiva se presentó en el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, en la escena artística latinoamericana Salcedo también fue un adelantado y marca indefectiblemente una etapa. De hecho fue uno de los primeros latinoamericanos que exhibió en la Documenta de Kassel (1972) a través de los proyectos del Cayc. Por ese motivo, y por el uso que Salcedo hizo en su obra del texto y del objeto, se ha insistido en que fue un precursor del arte conceptual en el continente, lo que a pesar de ser cierto, de buena manera tergiversa el alcance de su obra.

El de Salcedo fue el híbrido de modos de expresión que pudo realizar un artista desde este contexto, con su lectura –sin formación en técnicas ni lenguajes artísticos–, con la influencia y gusto que desde niño tuvo por la edición cinematográfica, por el teatro y el diseño de muebles y objetos, pero también por la música y el paisaje.

Si bien en Colombia Salcedo es el responsable de que los lenguajes artísticos ampliaran sus posibilidades a la instalación, al concepto y a lo objetual, es decisivo entender también que en su obra hay un profundo romanticismo que nada tiene que ver con el arte de vanguardia ni con sentimientos transgresores sino, por el contrario, con el respeto por los clásicos. A ese gusto responden su amoroso trato del horizonte y el sentido del equilibrio y la limpieza con que también gobernaba el barroquismo, cuando acudía a él.

En la fascinación que tuvo Salcedo por el campo, se explica también la capacidad con que su obra metamorfosea el mundo visible en paisaje. Sus conversiones de cajas en cielos, de vacíos en atmósferas, de perdigones en estrellas, de lijas en brumas y de sierras en mares, identifican a un admirable observador, que además de analizar con penetración a la construcción humana (en lo material, social y político), se extasiaba en el orden natural.

Quizá pudo ser más cómodo y tranquilizante, en una época aún tan dominada por el racionalismo y por el sentido ilustrado, resaltar la descomunal inteligencia de Salcedo, como su cáustica, en detrimento de su ternura, y desplazar así el reconocimiento de otra instancia que debe ser conocida de su singular, valiosísima e imprescindible presencia.

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