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| 4/18/2007 12:00:00 AM

Por quién doblan las campanas

Por quién doblan las campanas Por quién doblan las campanas
Hemingway fue el escritor más grande del siglo XX; sus poses de grandulón, sus heridas de guerra, sus míticas borracheras, su maltrato histórico contra el otro gigante de la literatura anglosajona (su majestad Francis Scott Fitzgerald), sólo han servido para extender su sombra –como la de un pajarraco rapaz– sobre el resto de la corte.
Todos los escritores, malos o aceptables, mediocres o geniales, apenas pueden soñar con una fama tan desmesurada como la suya. Los libros de Papa no necesitan ilustraciones en la portada: se venden con su foto en la cubierta, ¿por qué? El culto por la barba de Hemingway no es sólo por su éxito mediático ni por su manía de matar tiburones blancos con ráfagas de metralleta. Hemingway salvó la literatura del siglo XX de la hecatombe.

Proust, Joyce y todos esos atormentados estaban encerrados en una serie de teorías tan complicadas como sus gustos sexuales y publicaban una sarta de mamarrachos ilegibles que los críticos los presentaban –¡todavía lo hacen!– como “paradigmas” literarios. Lo eran. Lo son, pero… ¿quiénes son ellos al lado de Papa? Hemingway –como anota Juan Villoro en el prólogo de la edición de Debolsillo– aprendió las lecciones de los monólogos interiores del Ulises. Y los hizo legibles. Y atropelló a papirotazos el aburrimiento en la “gran literatura”. Es mucho más claro “oír” los pensamientos de Robert Jordan antes de volar el puente que tiene que volar en Por quién doblan las campanas que los insoportables desvaríos de… ¿cómo se llama? Sí: Molly Bloom.

Esta novela es uno de los aparatos literarios más grandes de todos los tiempos, no sólo porque explota sin misterios esos famosos “monólogos interiores”, en los que los protagonistas de la historia reflexionan sobre todo y sobre nada, sino que tiene al mejor Hemingway en todos los aspectos. El historiador. El Hemingway periodista. El tipo que puede describir un bosque con todos los detalles posibles y hacer diálogos de tres o cuatro páginas. El tipo que hace frases tan fáciles de leer que hacen que el lector crea que también es capaz de producir novelas de 600 páginas que se leen de un tirón. Papa hace que cuatro días condensen la vida de media docena de personajes entrañables. Robert Jordan, un dinamitero estadounidense, se une a un grupo de guerrilleros en una montaña cerca de Segovia para volar un puente y preparar un ataque en gran escala de la República, en esos días se enamora de una muchacha rapada y le hace el amor todas las noches, asesina, ve el desorden de los guerrilleros, bebe vino y absenta, imagina la vida en Madrid, recuerda el suicidio de su papá y devora un par de liebres cocidas, oye historias escalofriantes y el lector se enfrenta con dos hileras de hombres que matan a golpes de pico y pala a un grupo de fascistas, oye los bombarderos de Franco y tiene tiempo para reírse con frases como “Hay que esperar la muerte como si fuera una aspirina” en la boca de un hombre con varios agujeros de bala en el cuerpo. No hay que decir mucho más. Esto es lo mejor de Papa.

EDICIÓN 1894

PORTADA

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