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| 12/11/1980 12:00:00 AM

Un indiano viajero

David Roll se ha dedicado a viajar por el mundo y <i>Crónicas de un indiano viajero</i>, su libro, recoge las historias de esos lugares que ha recorrido en la voz del indiano, ese viajero que vuelve a España luego de largas experiencias en tierras hispanoamericanas. Lea el prólogo de Enrique Serrano y un capítulo del libro.

Un indiano viajero Un indiano viajero
El indiano es el español que vuelve a su tierra siglos después, en la piel de sus descendientes, y se reconoce, primero escéptico y luego asombrado. "Hacer las europas" es, para él, una excursión mítica de retorno a los orígenes, una suerte de renacimiento y de extrañamiento, puesto que allí se encuentra, superado ya el choque cultural, con sus iguales, que, sin embargo, no lo reconocen como tal y parecen tener de él una idea exótica, desproporcionada e inculta.

El habitante medio suramericano, de origen ibérico y de acervo occidental, es un modelo relativamente amplio del "latino", cuyo espectro ha crecido inmensamente en tiempos recientes. Sus hábitos y costumbres se conformaron en el cristianismo primitivo y medieval, en los primeros siglos del Islam, en la España arabizada y en el siglo de oro.

Su mentalidad combina los patrones románicos de la Hispania del imperio tardío, con los deberes-y los placeres- de la conversación, el comercio y la molicie árabes y bereberes, traídos del desierto y mezclados con influjos fenicios, griegos, persas e indios. Los bárbaros visigodos supieron así de delicados encuentros de literatos y poetas, supieron de acentos y de inflexiones de la lengua de los hombres antiguos.

A veces, los nativos de la América católica se preguntan cosas sobre sí mismos, y las respuestas que se dan son múltiples y confusas. Este libro es un agradable ejemplo de una aventura en la que el autor arriesga una respuesta: esos nativos son indianos. Indianos son aquellos hijos de Europa que se descubren distintos de los habitantes de la metrópoli, pero parecidos, creciendo y multiplicándose en la lengua de sus conquistadores; son los que se parecen en lo universal a los europeos, pero difieren en lo particular.

Probablemente, los indianos no existan mientras están entre nosotros, y se decubren tarde como tales, generalmente en medio de la ausencia, de la distancia o del exilio. Quizás sólo unos pocos latinoamericanos alcancen la categoría de indianos, porque la desconfianza, la candidez o la ignorancia se los impidan. Pero, al pisar por largo tiempo tierras extrañas, el indiano tiende a surgir de las profundidades, recuperándose del olvido, desde una dimensión secreta.

Un caso raro dentro de su propio entorno, los indianos alcanzan la existencia repentinamente, en viaje de estudios o de aventura, por el sólo hecho de no estar en su hábitat natural, esto es, cuando acceden a otros mundos, frente a los cuales la extrañeza, la admiración y el envalentonamiento nacionalista se mezclan azarosamente. Los indianos son también los latinoamericanos vistos por otros latinoamericanos, que, de esta manera, se ven a sí mismos mirando -y tratando de comprender- a aquellos pueblos tan cercanos pero tan distantes, con los cuales no tardan, sin embargo, en hallar algo en común, y también el motivo para algún pleito.

Por eso, en más de un sentido, los indianos somos todos, aunque no conscientemente, ni todo el tiempo. Son, como diría Spinoza, un modo de nuestro ser latinoamericanos, que no es de fiarse, pero que ayuda a discernir algo de lo que hemos sido y de lo que podríamos ser.

La admiración del indiano se dirige instintivamente hacia Europa, aun con todos los prejuicios ideológicos que ello conlleva, aprendidos en la propia metrópoli. En efecto, Europa ejerce de madre nutricia, aunque también la acusen de haber dejado a su hijo expósito. Los indianos quieren ver el mundo desde su acervo europeo, quieren abrirse a nuevas experiencias y dimensiones, pero no quieren cualquier mundo ni en cualquier orden, sino precisamente el mundo que admiran.

Quieren despojarse de sus prejuicios, pero no pueden: ellos son sus prejuicios. Beben en la fuente de la cultura occidental, a pesar de la sublime indiferencia con que los europeos y otros "verdaderos occidentales" los tratan. Ven a Europa como vieja y nueva al mismo tiempo, como algo prestigioso, pero decadente; como objeto ambicionable, pero inalcanzable. Sueñan con una Europa para ellos, que los recibiese como a hijos pródigos. Se decepcionan y, al regresar, vuelven a emocionarse frente a ese desdén. Como las bellas mujeres, recuerdan mucho a quien no reaccionó inmediata -ni apasionadamente- ante su belleza.

Según David Roll, los ejemplares más representativos de la especie indiana desprecian y admiran -a la vez, y sin remedio- a los norteamericanos y a su cultura global, sin solución de continuidad y contradictoriamente, puesto que las diferencias entre ellos y sus presuntos "patrones" norteños no hacen más que acentuarse con el paso del tiempo. Los indianos no son, ni pueden ser, gringos, aunque anhelan la "situación" de privilegio en la que se hallan sus vecinos del norte.

Sorprendidos ante el gigantismo norteamericano, desprecian, no obstante, la ingenuidad y el candor con la que estos se ven a sí mismos y a los demás. Anhelan ser pragmáticos, como los businessmen norteamericanos, pero en decididas cuentas, no saben cómo serlo. En esa confrontación, más interna que externa, se desgastan sin saberlo, porque las fuerzas de sus confundidos antecesores luchan en ellos como el ángel y Jacob. Son antiyanquis, pero les gustaría también que el asunto les tuviera ¡sin cuidado!

Los indianos van bien preparados para estudiar en universidades de todas partes, en las que se destacan y no saben por qué. Se parecen a esos provicianos que imaginaron muy duro el reto de la capital, y al cabo de cierto tiempo, se dan cuenta de que, después de todo, no estaban tan mal. La vida de los indianos es apresurada, pero parte de su energía se pierde inútilmente, y su mentalidad plagada de aspiraciones se revela, sin embargo, algo nostálgica. El indiano descubre el paraíso en su tierra nativa, y se lamenta ruidosamente por no tenerlo cerca. Al día siguiente, probablemente, ya habrá olvidado el desliz del sentimiento, para continuar con enjundia con su tarea.

Los indianos no dudan en abandonarlo todo por conseguir su ilusión de ver el mundo en un sentido cósmico, ¡y cómico! Y después lloran, se remuerden la conciencia, y añoran el terruño con apasionado acento. La pasión por "no estar aquí" es casi tan fuerte en su caso como la de "estar allá", en la metrópoli, viviendo, casi siempre, en condiciones por demás precarias. Se acomodan, pero no pertenecen al entorno, ni en el mundo occidental, ni fuera de él.

En cuanto al resto del mundo, los orientales se les disuelven en categorías imprecisas, religiones imprecisas y épocas no definidas. Es víctima plena del Orientalismo occidental. China e India figuran entre los lugares "pobres pero atractivos", de los cuales hay que volver extrañado, quizás admirado, pero sin ganas de entender del todo aquel enredo.

La hispanidad del indiano, esa heredad tan comprometedora, llega a pesarle, sin saber cómo librarse de ella. En una comparsa sin fin, vive los avatares de sus limitaciones católicas, la pereza dulce, la vocación por el alcohol y por la irresponsabilidad controlada, así como las taras derivadas del pertinaz desprecio europeo por España, sin darse cuenta del caso, como si fuera el problema de otro, y sin el desparpajo y olímpica despreocupación de los africanos o de los asiáticos.

A cambio de ello, los indianos brasileños, tan sui generis en sus interpretaciones del legado portugués, parecen poder con su espíritu mestizo, por ser monumentales en sus dimensiones históricas, a pesar del aislamiento en el que el país vivió sus años más decisivos. Saludando todo con una alegría provinciana, saben que, sin embargo, tienen encanto suficiente como para despertar el deseo exótico de los gigantes del mundo. Flotan en ese estado de pseudoconciencia, sin mayores remordimientos y con un innegable optimismo.

Los indianos son, pues, unos sujetos casi inverosímiles, que la dura historia del espíritu europeo ha creado, y que no saben, a ciencia cierta, administrar sus más sentidas contradicciones, pero que lo hacen, sin embargo, de modo improvisado e imperfecto, y cuya identidad puede radicar, precisamente, en el hecho eterno de buscar su identidad, sin encontrarla en absoluto, o sin sentir jamás que la han hallado.



Prólogo del libro escrito por Enrique Serrano

EDICIÓN 1896

PORTADA

El dosier secreto de las Farc

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