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| 1/26/2007 12:00:00 AM

Un muerto indispensable

Una de las charlas de este jueves en Cartagena se concentró en Ryszard Kapuscinski, el reconocido periodista que falleció hace pocos días en Varsovia.

Un muerto indispensable Un muerto indispensable
El quinto participante de la charla sobre literatura y periodismo en la que hablaron Juan José Millás, Elvira Lindo y Jean-Francois Fogel, y que fue moderada por Jaime Abello, murió el pasado 23 de enero. El reportero polaco Ryszard Kapuscinski, sin decir una palabra, abrió y cerró la discusión sobre una de esas preguntas que no tienen respuesta. Los demás autores sólo machacaron cosas sabidas. Colaboraron con sosas anécdotas a una discusión bizantina, de la que sólo se salvó el anuncio aparecido en Segunda mano, periódico español, que rescató Millás: Viuda de militar vende cama casi sin usar.

La obra de Kapuscinski es decisiva para entender cómo el periodismo puede
nutrirse de las técnicas literarias sin traicionar el que quizás sea el único claro distintivo entre los dos oficios: el pacto implícito de verdad del que participan periodista y lector. La literatura no tiene esa obligación. De hecho no tiene ninguna.

Kapuscinski llegó a dominar tan bien las palabras que a juicio de Abello, habría podido ganar el Nóbel de literatura. Fue un impecable narrador, de eso no hay duda, sólo basta leer un aparte de Un día más con vida, libro que Fogel rescata sobre todos los demás firmados por el reportero que desdeñó a la aburrida Europa y encontró la vida en África y Latinoamérica:”Para mí, las nueve era el momento más importante del día, una experiencia única que se repetía noche tras noche. No dejé de escribir un solo día; escribía llevado por un impulso de lo más egoísta, me obligaba a romper mi parálisis y depresión internas para redactar un texto, por más breve que fuera, y a mantener la comunicación con Varsovia, que era lo único que me salvaba de la soledad y del sentimiento de abandono”.

Pero además de su destreza literaria, Kapuscinski honró la única cosa que distingue a un periodista de un creador de ficción (lo demás son vanos asuntos formales que sirven para llenar horas en un teatro). Su obra sobrevivió al tirano mayor, el tiempo, y alcanzó los niveles de la alta literatura gracias a una virtud no literaria. El polaco no desestimó en ningún momento el componente ético de su oficio, el que lo obliga a no mentir, quizás a fabular, recrear, pero jamás a traicionar al destinatario de sus palabras. Por eso es un muerto imprescindible a la hora de hablar de periodismo literario.

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