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| 5/2/2006 12:00:00 AM

Una mujer ejemplar

Neidys Carola Coronado fue elegida Mujer CAFAM 2006. El premio fue otorgado a esta ex-trabajadora sexual en reconocimiento a su trabajo con enfermos de SIDA a través de la fundación Luz de Esperanza.

Una mujer ejemplar Una mujer ejemplar
Neidys Carola Coronado nació hace 43 años en El Copey, un pueblo pequeño del Cesar, cerca de Santa Marta. Creció en medio del calor costeño, con sus padres y sus hermanas en una casa humilde. Su padre trabajaba en una finca y su madre lavaba ropa.

El trabajo en el campo era duro y el dinero escaso, lo que llevó a los padres de Neidys a vender su casa y salir con sus hijas para Villavicencio. Las cosas no funcionaron como el padre las tenía planeadas: los negocios naufragaron y cayó enfermo.

Para esta época Neidys tenía diez años y había cursado tercero de primaria. Como alguien tenía que ayudar a la madre, la niña tuvo que dedicarse tiempo completo al trabajo y olvidarse de juegos infantiles. El destino le reservó un trabajo digno como empleada doméstica. A los trece años, una tarde en la que la señora de la casa se había ausentado, el marido la encerró en el baño y trató de abusar de ella. Neidys se defendió, gritó y nunca volvió. Consiguió un nuevo trabajo vendiendo ropa barata en centros comerciales. Así ayudó a su familia, y con el transcurso del tiempo, conoció un mesero joven del que se enamoró a sus 18 años.

El primer fruto de este amor se dio tres años después. Se mudaron para Santa Marta donde con mucho trabajo y la ayuda de un amigo abrieron una tienda. El marido, que hasta entonces se había sabido comportar, comenzó a frecuentar malas amistades y cayó en el oscuro abismo de las drogas. Comenzaron los maltratos. Todo tiene un límite, y a sus 24 años, con su hija al hombro, Neidys dejó el negocio alquilado a un hombre de confianza, sólo para regresar un tiempo más tarde y darse cuenta que se había robado todo.

Sin un peso, con una niña de la mano, otra en la barriga y obligada por la necesidad, Neidys partió de nuevo; esta vez, a Cali. Fue en ese entonces, sin trabajo y sin dinero, cuando su hija mayor cayó enferma. Fue la desesperación lo que la llevó a realizar el trabajo que le envenenó la vida. La niña tenía problemas gastrointestinales y ella, ni un peso para solucionarlos. La niña vomitaba, tenía diarrea y se debatía con la fiebre; no había otra opción más que hospitalizarla y así se hizo. Obviamente no hubo con qué pagar las medicinas. Desesperada, consultó a una de sus amigas, quien le señaló la primera casa en la que se desempeñaría como trabajadora sexual.

La casa no era pobre ni rica, “una casa de familia” como la denominó Neidys. Cuenta Neidys que el primer cliente que tuvo fue “bueno”. Ella contó su historia al desconocido, y finalmente, la compasión se asomó por su vida: ella y su “cliente” terminaron comprando esa noche, las medicinas que su hija necesitaba.

La pobreza aún pesaba y el trabajo todavía debía ser hecho. “La primera vez es muy duro, uno no se imagina que alguna vez estará haciendo eso con gente extraña”, cuenta ella. Neidys dice que afortunadamente, los clientes que le tocaron al principio, eran “suaves”, la trataron “bien”. Ella era la menor del lugar y el dueño de la casa era atento y amable. Para esta época, Neidys contaba ya con 25 años.

Tiempo después, Neidys comenzó a trabajar en un centro nocturno frecuentado por marineros y gente de todas partes del mundo, que pagaban en moneda extranjera. La policía sabía del lugar y frecuentemente organizaba redadas. “Los policías nos maltrataban y nos cobraban por dejarnos ir”. En este lugar, Neidys trabajó cerca de cinco años y varias fueron las veces que vio salir el sol desde la celda. Su madre se encargaba de criar sus hijas. Ella sabía que Neidys era trabajadora sexual, y le recomendaba a veces que hiciera otros trabajos, pero la realidad se imponía.

Conoció Aruba, Curacao, San Martin y otras islas del Caribe. No como turista, como prostituta. La última vez que viajó, en San Martin, un cliente de origen japonés pero de nacionalidad francesa, se enamoró de ella y le propuso matrimonio. Neidys creyó vislumbrar el fin de su infortunio. Le dijo que sí y entusiasmada volvió a Santa Marta a arreglar lo poco que tenía. Antes de regresar nuevamente al Caribe, con las maletas hechas y los sueños en alto, se dio cuenta de que las amistades del japonés lo habían convencido de que el amor no daba para tanto. Nuevamente las cartas habían sido jugadas en su contra.

La enfermedad

Hace siete años, un día cualquiera, Neidys comenzó a sentirse mal. Para ese tiempo ya no trabajaba, tenía un amigo que le colaboraba con lo que podía y le costeaba las medicinas de un mal todavía no diagnosticado. Preocupada, fue donde el médico quien le recetó varios exámenes, incluyendo el de VIH. El resultado fue positivo.

“En ese momento pensé que Dios me había castigado”, suspiró cuando se le pidió describir el momento. Dijo que sintió mucho dolor, que creyó que se le venía el mundo encima y que en pocos segundos, se alcanzó a arrepentir de lo que había hecho en toda una vida. Hoy, cuando Neidys se mira en el espejo, ve en su reflejo el rostro de la primera víctima del SIDA que conoció. “Lo único que yo sabía sobre el virus era que le daba a los homosexuales, creí que no tenía nada de qué preocuparme”. La noticia la recibió acompañada de su hija, una de las personas que más la ha ayudado desde que empezó su nueva vida. A diferencia de muchas familias, la de Neidys le brindó todo el apoyo. “No me preguntaron cuándo, ni cómo, ni con quién. Me dijeron que no importaba, que ellos me cuidaban”. Neidys avisó a las personas que frecuentaba, éstas se hicieron los respectivos exámenes y estos salieron negativos.

De ahí pasó a hablar con las trabajadoras sexuales, “lo hacía para que se dieran cuenta que esto era una realidad”. Cuando se recuperó, empezó a visitar hospitales y cuidar gente que no conocía. En el hospital, lugar donde según ella se siente más el desprecio, fue donde pudo ayudar más. Allí encontró una de sus antiguas compañeras de trabajo. Fue la primera persona que llevó a su casa; su amiga murió tiempo después.

Los pacientes eran muchos y los gastos de las medicinas ahogaban al doctor Estrada; de ahí surgió la idea de organizarse como fundación. Las EPS y entidades del gobierno ahora sustentan la organización; hoy hay 350 personas vinculadas y el presupuesto no da abasto. Las personas que hoy pasan por la fundación y por uno u otro motivo, no tienen dónde quedarse, se quedan en el hogar de paso. El hogar de paso, vale la pena aclarar, es la casa de Neydis.

La casa de Neydis según Elsy Zuñiga —otra doctora que trabaja con ella— y el doctor Estrada, da tristeza: el baño está dañado y la casa está sin agua —se deben dos millones y medio de pesos—. Pero Neidys nunca mencionó esto . ¿Qué puede ofrecer una persona en estas condiciones? Según el doctor Estrada, lo más importante que se le puede dar a quien sufre del flagelo —o cualquier persona—: un beso, un abrazo, una caricia, una conversación.

El futuro

Han pasado seis años desde que se le diagnosticó la enfermedad a Neidys. Ha tenido varias recaídas físicas —incluyendo ataques de tuberculosis y una operación cerebral—; también ha tenido otras emocionales —como la muerte de su madre—, que son las que más duro pegan.

Hoy, Neidys sigue trabajando. A su casa llegan los necesitados a quienes ella ayuda sin preguntar. Habla con otras trabajadoras sexuales y trata de explicarles la importancia del preservativo. “Nuestro mayor problema es la ignorancia”, cuenta el doctor Estrada. “A la fundación llegan todas las semanas por lo menos dos personas nuevas”. La doctora Zuñiga cuenta como algunas trabajadoras sexuales tienen doble tarifa: una con condón y otra sin el uso del preservativo.

La salud de Neydis es buena pero frágil. “Yo me cuido mucho porque no me quiero morir”, dice cuando habla del tema. Los médicos la miran con admiración y la ponen de ejemplo cuando se encuentran con pacientes que creen que se les ha acabado la vida. Hoy en día Neydis dice estar enamorada. Un antiguo cliente que siempre le había ofrecido amor eterno, finalmente tuvo la oportunidad de dárselo. Ahora viven los dos en una casa leprosa en la que según el doctor Estrada “saca de la nada, con qué darlo todo”.

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