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| 1/4/2004 12:00:00 AM

¿Uribistas hasta cuándo?

Martín Alonso Gómez, investigador de Congreso Visible, hace un análisis porqué el presidente Alvaro Uribe ha perdido el apoyo no solo de una parte de la clase política y de ciertos sectores de los gremios, sino también de los motivos por los que podría perder el apoyo popular.

¿Uribistas hasta cuándo? ¿Uribistas hasta cuándo?
Después del fracaso del Referendo, del hundimiento del proyecto de reelección presidencial, de la crisis ministerial en la que salieron Fernando Londoño y Marta Lucía Ramírez, de los relevos en la cúpula militar, y de los tropiezos que sufrieron en el Congreso proyectos como la Reforma Tributaria y el Estatuto Antiterrorista, tal vez el de la ciudadanía es el mayor apoyo, aunque no el más fuerte ni el más importante, que actualmente tiene el presidente Uribe. Ni la tendencia de la bancada uribista en el Congreso a fragmentarse en torno a temas como el proyecto de alternatividad penal y la reforma estructural del Estado, ni la oposición de algunos gremios a la Reforma Tributaria parecen haber afectado el creciente apoyo popular al Presidente.

De hecho, es probable que la progresiva pérdida tanto de su apoyo político como de la gobernabilidad que han producido todas estas situaciones esté despertando una mayor solidaridad de la ciudadanía hacia Uribe, quien desde la campaña presidencial ha venido prometiendo luchar sin contemplaciones contra dos de los que los colombianos consideran los grandes males del país: el conflicto armado y la corrupción. Sin embargo, el alto nivel de popularidad del presidente Uribe no se debe tanto a sus promesas, pues es bien sabido que mientras la clase política necesite el voto de los ciudadanos para acceder al poder siempre va a intentar decirles lo que quieren oír, sino al tono patriotero que ha utilizado para abordar estos dos temas que siempre están presentes en el discurso de nuestros políticos. Quizá desde la noche del 18 de agosto de 1989, cuando el entonces presidente Virgilio Barco Vargas le declaró la guerra al cartel de Medellín pocas horas después del asesinato de Luis Carlos Galán, ningún político le había hablado al país con tanta firmeza como lo ha hecho Uribe durante los últimos dos años.

De esta manera, el presidente Uribe ha tenido una enorme capacidad de convencer a los colombianos de que va a solucionar dos de los problemas que más les preocupan, y, por lo tanto, cada vez más personas creen que aparte de él nadie más sería capaz de ponerle fin a las crisis que éstos generan. Y es que si hay algo de lo que está convencido un colombiano cualquiera es, por un lado, de que nuestra clase política es corrupta, y, por el otro, de que Colombia es un país violento. Esto explica por qué la mano dura con la que Uribe ha prometido manejar estos dos problemas ha tenido tan buena acogida.

Para el colombiano del común el presidente Uribe parece tener la firmeza que les faltó a los presidentes anteriores, a quienes muchas personas responsabilizan por el crecimiento de la corrupción y por el recrudecimiento del conflicto armado. Las acciones militares de las Farc entre finales de 2001 y principios de 2002, cuando la campaña presidencial empezaba a despegar, convencieron a mucha gente de que Uribe tenía razón con respecto a la necesidad de fortalecer la lucha contra este grupo armado -que con sus ataques terroristas daba a entender que parecía no estar dispuesto a hacer concesiones para llevar a buen término el proceso de paz que en ese momento sostenía con el entonces presidente Andrés Pastrana-.

En medio de la campaña presidencial, para un país acostumbrado a convivir con la corrupción y con la guerra Uribe se convirtió, gracias a su discurso de mano dura, en el único candidato que parecía tener la voluntad y la capacidad de romper con dos males que hasta el momento todos los políticos habían condenado pero que muy pocos habían combatido. Cada vez eran más los sectores de la sociedad colombiana que coincidían en que el país necesitaba un presidente que hiciera uso de la autoridad para imponer el orden. En estas circunstancias, no causó mayor sorpresa el hecho de que el 26 de mayo de 2002 Álvaro Uribe Vélez le ganara la Presidencia a Horacio Serpa en primera vuelta superándolo por casi dos millones y medio de votos.

Desde que su popularidad empezó a ir en aumento durante la campaña presidencial, Uribe ha venido convirtiéndose en un mito viviente. Para quienes lo apoyan, el Presidente es un ejemplo a seguir en la medida en que se dice que tiene virtudes como la fortaleza, la austeridad, la disciplina, el trabajo y la honestidad -que, dicho sea de paso, no son características del estereotipo que se tiene en todas partes del colombiano-. Por esta razón, la simpatía de los ciudadanos del común por Uribe ha venido transformándose en devoción.

Que se acuesta después de la medianoche y que a las cuatro de la mañana ya está en pie otra vez. Que trota, monta en bicicleta y hace yoga todos los días. Que le gustan los esferos baratos. Que se sabe de memoria discursos enteros de Bolívar. Que desde que la conoció no ha dejado de recitarle poemas a su esposa Lina. Que le está dando duro a la guerrilla. Que va a acabar con ella. Que él sí es le está poniendo orden al país. Que ahora la gente sí se siente segura. Que no se deja mangonear por nadie. Que no cambia votos por puestos. Que por fin alguien se le paró de frente al Congreso. Que hay que rodear a Uribe. Que quienes se oponen a él son enemigos de la Patria y amigos de la subversión. Que tan churro que es. En fin, que habemus Presidente.

Frases como éstas son las que se oyen todos los días en boca de los ciudadanos del común que respaldan al Presidente. Al ver debilitado a Uribe tras el estruendoso fracaso del Referendo, al cual muchos de ellos contribuyeron al no movilizar a sus electores el día de la votación, varios de los congresistas que hasta entonces lo habían apoyado han empezado a retirarle su respaldo y a cobrarle con creces el trato humillante que les dio al inicio de su gobierno, cuando aún estaba envalentonado gracias a su triunfo arrasador en las elecciones presidenciales.

El Presidente Uribe se ha presentado como el salvador del país, y como tal lo ven los ciudadanos que lo apoyan. En su discurso mesiánico, que se caracteriza por el uso de un tono de viejo patriarca antioqueño, a menudo apela a Dios, a la Patria y al Orden. Éste ha sido tan bien recibido, que, aunque todo lo demás esté en juego -la gobernabilidad, su margen de maniobra, su gabinete ministerial, su reelección-, la fe que tienen en él sus seguidores se conserva intacta. Esto, sin duda alguna, es el producto del manejo de su imagen, que hasta ahora ha comprendido espectáculos como las recompensas de los lunes que hizo al principio de su gobierno, sus Consejos Comunitarios, el traslado de su despacho a Arauca y a Cúcuta, y el bombardeo de propaganda sobre el Referendo -desde correspondencia personalizada a muchos ciudadanos del común, hasta su aparición en Gran Hermano y en Yo, José Gabriel, pasando por llamadas telefónicas con grabaciones y por el envío de mensajes de texto a través de teléfonos celulares-.

Tal vez el lado más vulnerable de Uribe es el manejo de la economía. Austero como buen paisa, Uribe siempre fue claro al decir que con o sin Referendo sería necesario seguir implantando fuertes medidas fiscales que afectarían negativamente el bolsillo de los colombianos. Al principio de su mandato los gremios, los ganaderos, los comerciantes, los pequeños empresarios y toda la clase media aceptaron pagar sin renegar el impuesto al patrimonio y concertaron con el Gobierno, algunos con mayor capacidad de maniobra que otros, la aprobación de sus reformas Tributaria, Laboral y Pensional. Sin embargo, vale la pena preguntarse quiénes van a seguir apoyando al Presidente si después de la aprobación de su segunda Reforma Tributaria éste insiste en implantar medidas que afectan la calidad de vida y el poder adquisitivo -como el IVA a las pensiones, el incremento de la edad de jubilación y de las semanas de contribución para acceder a una pensión, la congelación de la inversión social y el recorte de la nómina estatal-. Probablemente ni siquiera las clases medias y altas que hasta ahora lo han defendido ciega e irracionalmente estarían dispuestas a seguir respaldándolo. Al fin y al cabo nadie defiende a un Presidente que pone en riesgo su estabilidad económica y su capacidad de consumo -ni siquiera los que más creen en sus políticas contra la corrupción ni en su esquema de seguridad democrática-.

Por lo menos en términos políticos el presidente Uribe ha tenido que empezar a padecer, aunque tardíamente, el desgaste que tiene que enfrentar todo Gobierno. La salida forzosa de dos de sus ministros más importantes y las dificultades que ha tenido para sacar adelante su agenda legislativa indican que a raíz de la derrota que significa el fracaso del Referendo Uribe tiene dos opciones: por un lado, seguir ignorando y relegando a la marginalidad a sus opositores y a quienes se atreven a contradecirlo, y, por el otro, escuchar las propuestas y críticas que frente a ciertas coyunturas manifiestan los distintos sectores sociales del país.

Si Uribe opta por seguir pretendiendo llevarse por delante cuanto se le atraviese en el camino con tal de hacer valer su voluntad caprichosa, va a perder en muy poco tiempo lo que queda de la gobernabilidad que logró mantener intacta hasta hace unos meses y se va a quedar gobernando únicamente para los escasos fanáticos que le queden una vez los demás empiecen a verlo como el causante del crecimiento de los bienes y servicios a los que no pueden acceder con sus ingresos. Entre tanto, Germán Vargas Lleras, Rafael Pardo, Enrique Peñalosa, Juan Manuel Santos, Antonio Navarro y algunos otros más, quienes desde ya empiezan a perfilarse como los presidenciables del 2006, empezarán a llamar la atención sobre los errores del Presidente y, por consiguiente, a intentar convencer al país de que ellos son los indicados para salvar al país de los desastres provocados por los errores de Uribe.

*Investigador de Congreso Visible de la Universidad de Los Andes

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