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| 4/18/2007 12:00:00 AM

Viaje al fin de la noche

Viaje al fin de la noche Viaje al fin de la noche
Recién al comienzo de Viaje al fin de la noche, Ferdinand Bardamu sostiene: “En suma, la guerra era todo cuanto no se comprendía. Aquello no podía continuar”. Y sin comprender nada, sin pensarlo demasiado, se olvida de su extraña participación en la Primera Guerra Mundial e inicia su propia travesía.

Por supuesto, en este punto de partida se esconde ya la intención de borrar –el propósito del viaje, de la ‘huida’, tiene un carácter curativo– lo que no se comprende. Indudablemente, en esta ‘incomprensión’ (resulta difícil encontrar una palabra que defina mejor de lo que significa la guerra) se funda el viaje inaugural y de paso la novela.
Entonces Bardamu desembarca en las colonias francesas, en África: la mala comida, el calor, la fiebre amarilla, la mierda, la incomprensión, transforman el lugar en una postal del infierno. Bardamu –alter ego del escritor francés Louis-Ferdinand Céline, uno de los escritores más desencantados de que se tenga noticia (de ahí, acaso, la fascinación de Juan Carlos Onetti por el libro arriba mencionado)– no está loco ni enfermo; apenas intuye que la travesía, con todos los purgatorios intermedios, debe continuar.
Y más tarde aterriza en Nueva York.

Descubre que el espectáculo de la novedad, el exceso de energía, las voces en las aceras, le producen vértigo. De modo que resuelve marcharse a Detroit. En esa ciudad tan dinámica, tan industrial, Bardamu empieza a trabajar en la fábrica de automóviles Ford. De vez en cuando, sobre todo después de una jornada de trabajo en compañía de un centenar de inmigrantes amistosos, siente ganas de vomitar. En las noches se enamora de cualquier mujer (o del fantasma de una camarera); mujeres, en cualquier caso, dulces, que no lo hacen sufrir tanto.

Luego regresa a París porque tal vez ya sabe que el infierno privado se conserva intacto en la patria: “Descubres en tu ridículo pasado tanta ridiculez, engaño y credulidad, que desearías quizá pararte en seco de ser joven, esperar que la juventud se desprenda, esperar que te adelante, verla alejarse, irse, contemplar toda su vanidad, tocar con la mano su vacío, verla pasar de nuevo ante uno mismo, y luego marcharse, estar seguro de que ella también se ha ido y tranquilamente, por tu lado, pasar poco a poco al otro lado del Tiempo para mirar realmente cómo son las cosas y las gentes”.

En la patria, sin duda, se encuentran los restos del fracaso: la rabia, las ilusiones perdidas, las falsas concepciones que hacen parte de su identidad. En la patria, por lo demás, también se encuentran –ha llegado el momento de constatar la inutilidad de la travesía– los recuerdos de la guerra, donde la humanidad se refleja en su verdadera esencia. Aquí, otra vez, volvemos a descubrir que las marcas de la guerra no las borran el tiempo ni los viajes (así el viaje conduzca al infierno).

EDICIÓN 1879

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