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Opinión

  • | 2019/08/12 16:45

    A la Guardia Indígena, al liderazgo social, lo asesinan para impedir la democracia

    El reto planteado con los 98 asesinatos ocurridos en los territorios indígenas del país y especialmente en el norte del Cauca, desde la llegada de Iván Duque al gobierno, deberían conmover los cimientos de la sociedad y el alma de todos los colombianos, pero no es así.

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El reto planteado con los 98 asesinatos ocurridos en los territorios indígenas del país y especialmente en el norte del Cauca, desde la llegada de Iván Duque al gobierno, deberían conmover los cimientos de la sociedad y el alma de todos los colombianos, pero no es así. 

Y no lo es, porque el relato promovido oficialmente e instalado en muchos, es que los indígenas organizados en la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN) y en el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), o en otras organizaciones étnicas, comunitarias, gremiales o campesinas, son enemigos del desarrollo, de la productividad, del capital privado, de la tranquilidad ciudadana, del Estado de derecho, del Ejército, la Policía y de la vida en sociedad. 

Se ha sostenido además por décadas que la Guardia Indígena es amiga del terrorismo, del narcotráfico y sotto voce, se dice: los indígenas siempre votan por la izquierda, para más señas, votaron por Carlos Gaviria del Polo y por Petro en las últimas elecciones.  

Ese es el relato moldeado e instalado por algunos periodistas y medios, por algunos funcionarios públicos del gobierno departamental del Cauca, del nacional y también por algunos dirigentes gremiales y políticos. 

Ello sumado a una interpretación conservadora de “Libertad y Orden” que llevó a la senadora y aspirante a la presidencia en el 2022, Paloma Valencia - de origen caucano - a proponer su polémica iniciativa de separar el territorio departamental en dos entidades: un Cauca Mestizo y otro indígena (ver). Se equivocó la senadora. El espíritu constitucional de 1991 es reconocer y fortalecer la autonomía de los pueblos indígenas para fortalecer la democracia. Todo lo contrario a promover separaciones étnicas ante la falta de voluntad en el poder central y en las élites para construir democracia. 

Para la senadora y muchos más -hay que reconocerlo- lo mejor es que “ellos” se vayan con su cuento para ella continuar el que hace siglos tienen con los “suyos”. 

Su propuesta dejó al desnudo la carencia de una visión democrática que reconozca, respete derechos y profundice la inclusión en medio de la diferencia. 

Las violencias de antes y de ahora en el norte del Cauca esconden un elemento central que también esconde la inquina pública e institucional contra la organización de los indígenas: destruir su autonomía y capacidad de organización.

Lo que buscan actores legales e ilegales en el norte del Cauca y en el país, es la involución de lo alcanzado con la constituyente de 1991. Se intenta doblegar la voluntad y la organización indígena, la de pueblos afrodescendientes o de campesinos organizados para que no consoliden organizaciones propias y decisiones autónomas. 

Lo anterior quedó claro en el último enfrentamiento entre gobierno e indígenas derivado de los incumplimientos a los acuerdos firmados sobre tierras e inversión en esa región del país. 

La Presidencia de la República decidió que debían someterse a los términos de la interlocución mestiza (en términos de la senadora candidata) y no a la que históricamente tiene el pueblo indígena:“La minga”.

Las autoridades “mestizas” exacerbaron los efectos derivados del bloqueo a la vía Panamericana que lleva hasta Pasto y negaron la interlocución directa entre la autoridad presidencial y los indígenas. Se promovió la agresión de las instalaciones y de población indígena en Popayán ante la mirada cómplice y complacida de la policía. (Ver

La “victoria” del poder institucional apoyada por los grandes medios y los gremios tuvo efecto por esos días. Fue una victoria pírrica, que hoy se ve desnuda, por la ineficiencia en el control del crecimiento de la violencia y la ausencia de control territorial institucional al igual que en otras regiones conflictivas como el Catatumbo, el Bajo Cauca antioqueño, el sur de Córdoba o el departamento de Arauca, entre otros.  

Queda claro entonces nuevamente que las tierras y las comunidades del norte caucano están inundadas de los mismos problemas que los campesinos y afrodescendientes de otras regiones, dependen de sí mismas, de su organización y liderazgo.

La división propuesta por la senadora y candidata presidencial Paloma Valencia, se hizo carne en el ámbito institucional y se refuerza con la violencia de los actores armados en la zona.

¿A quién reclamar? ¿Al desgobierno por su incapacidad evidente? ¿A los nuevos nombres con los que se amenaza en panfletos? ¿Las Águilas Negras, al Cartel de Sinaloa, a las mal llamadas disidencias, al ELN, etc? 

Habrá muchas lágrimas de cocodrilo por estos días, muchos falsos lamentos en medios de comunicación y hasta en el Congreso de la República, pero el desangre continuará inevitablemente.

A Ezequiel, Feliciano, Lucho, Germán, Francia y a todos los nuevos liderazgos indígenas, campesinos y afros, deberá protegerlos su propia comunidad. 

Cómo siempre las luchas de los sectores populares y sus liderazgos tienen garantizadas el odio de actores armados no estatales que quieren controlar sus territorios y voluntades, la inquina institucional, y la persecución de unas armas oficiales, cuyo voluntad y fin último es preservar el statu quo, representado por una “Libertad y orden” que garantiza los privilegios de unos mestizos blanqueados en el poder.

Resistencia ha sido su vida y resistencia es su destino hasta que alguien represente efectivamente sus intereses en el poder central.

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