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Opinión

  • | 2018/07/11 00:55

    ¿Acabar una guerra o terminar envueltos en dos?

    La solución que el gobierno de Iván Duque ofrezca al reto que representa la negociación con el ELN va a definir en gran parte su presidencia. ¿Actuará con pragmatismo y tratará de salvar la negociación? ¿O se mantendrá aferrado a las líneas que anunció durante la campaña?

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Durante su camino a la presidencia el candidato del Centro Democrático señaló que la negociación con el ELN solo podría avanzar si aceptan concentrarse y centrar la discusión en los temas relativos a su desmovilización. El ELN  por su parte ha dicho que esas condiciones son inaceptables y que constituyen un cambio en las reglas de juego en la mitad del partido.

Si el presidente Duque insiste en su posición –que era la misma que tenía el presidente Uribe con respecto a las Farc y que no le permitió iniciar nunca un diálogo durante su período de gobierno - el camino hacia la ruptura de la negociación será inevitable.

El quiebre de la negociación con el ELN puede convertirse en un tiro en el pie. Si la bandera del uribismo es la seguridad, no parece sensato creer que vamos a tener más tranquilidad  con un ELN activo militarmente que con un ELN sentado en una mesa de negociaciones. El regreso a una confrontación militar con esa guerrilla tendrá efectos terribles para la implementación del acuerdo pues retornará la lógica represiva en la relación con los territorios e impedirá concentrarse en la lucha contra las organizaciones narcotraficantes y criminales, lo que facilitará que sigan creciendo mientras el ejército está ocupado luchando contra el ELN.

Pero lo peor de intentar la derrota militar del ELN es que puede llevarnos a una confrontación militar con Venezuela. Por descabellado que esto suene,  la realidad es que nada le resultaría más conveniente a Maduro para legitimar su dictadura que aducir una agresión militar de Colombia. Y las actuaciones del ejército en la frontera, en cumplimiento de su deber de perseguir a esa guerrilla se volverán la oportunidad perfecta para propiciar una escaramuza y una respuesta militar so pretexto de un ataque colombiano.

Así, en lugar de acabar una guerra terminaremos envueltos en dos. Y las ilusiones de la seguridad que tanto anhela recobrar el uribismo se evaporarían.

La otra opción es que el presidente electo entienda que para recuperar la seguridad es más fácil salvar los diálogos con la guerrilla remanente y más bien buscar alternativas que permitan sacar la negociación adelante, por ejemplo, abriendo de inmediato una mesa  de trabajo que aborde los temas de la concentración de los diferentes frentes. Una mesa de concentración lograría varios objetivos como romper la secuencialidad de temas que dificultó el proceso en La Habana; avanzar en lo prometido durante la campaña para conseguir una concentración rápida de esa guerrilla; no distraer al Ejército de las tareas de persecución a grupos armados ilegales; y especialmente, evitar provocar una confrontación con Venezuela.

Una aproximación pragmática que permita salvar el diálogo no solo serviría para cerrar el ciclo de la violencia política en Colombia, sino que mostraría a un presidente realista y capaz de conseguir el objetivo de recuperar la seguridad alejándose de prejuicios ideológicos y sobre todo, evitando dar ocasión para terminar en una situación de beligerancia con un vecino interesado en ello.



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